«EN LAS ISLAS ME LLAMARON TRAIDOR CUANDO ME NACIONALICÉ ARGENTINO»

Por Julián López

Es una tarde soleada de comienzos de otoño en Buenos Aires, tal vez la estación que mejor le queda a esta ciudad, cada vez más llena de autos y de árboles desprolijos, una ciudad que parece repetir su mito de crisol de razas y de contenedora de las historias más diversas. Una de estas historias está en el atelier de James Peck, artista visual que acaba de publicar su primer libro: Malvinas, una guerra privada ( Emecé).

Entre el título del libro —que es el crudo testimonio del hijo de un héroe de guerra kelper— y el nombre del autor, hay una tensión que se explica rápidamente: Peck es el primer hombre nacido en las Islas Malvinas que se nacionalizó argentino y recibió su D.N.I., en junio pasado, de manos de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Nacido en 1968 en las islas, Peck vino a la Argentina por amor, cuando, después de la guerra, la vida de una pareja “mixta” en el archipiélago se hizo difícil. “Quise abrazar la historia de mis propios hijos que nacieron acá —cuenta en un español de erres casi mudas y acento australiano—, yo vivía con la cabeza en medio de esa guerra, sentía que tenía que defender a mi padre, a las islas”.
“Yo tenía sólo trece años cuando estalló el conflicto y aquí nadie me atacó, pero muchos en las islas me llamaron traidor cuando me nacionalicé argentino”, dice.
Como una especie de Hamlet que se despoja del mandato de defender y vengar el honor de su padre, Peck describe en el libro cómo fue crecer en un ambiente que era hostil aún antes de la guerra. Una población de alrededor de 1800 personas, en tiempos en que no había televisión, en un paisaje gris y plano y, cuesta creerlo, sin árboles: “la primera vez que estuve en un lugar con muchos árboles fue en la Patagonia y no pude tolerarlo, necesitaba ver el horizonte, me pareció demasiado hermoso para soportarlo”. En el atelier de Peck están colgados algunos de sus cuadros, llama la atención que sean paisajes pero, para este isleño, los paisajes son una medida del mundo, por eso pinta los picos de la cordillera mendocina, por eso se empeña en describir los accidentes de una geografía que de chata no tiene nada.
Sobre los soldados argentinos que el 2 de abril de 1982 alteraron para siempre la vida de las islas recuerda el hambre, los robos de comida, la ropa miserable. Uno de sus recuerdos aterradores de la guerra no es el estruendo de las bombas, ni el vuelo rasante de los Exocets, ni siquiera de la vez que sacando fotos desde el techo de su casa su objetivo se encontró con el caño de un fusil que le apuntaba de frente: “estábamos en casa y escuchamos que los vidrios de la habitación de arriba explotaban, un ruido horrible, vi debajo de la puerta las sombras de unos pies, por las rendijas de las ventanas tapiadas con frazadas, vi las siluetas de los soldados. Habían tirado una piedra para romper la ventana y entrar a robar comida” —desgrana en un relato que siempre parece al borde de todo—, pero sigue y se aventura a lo que sucede hoy: “lo que pasa en las islas no es genuino, no es inocente y con el referéndum hay mucha manipulación.
Aunque suene muy fuerte lo que digo, por más que algunos isleños digan que quieren tener el control, un tipo de independencia, yo creo que no tienen el coraje de hacerlo y les dejan todo a los británicos. La guerra también se llevó la poca identidad que teníamos”, sentencia.
-¿Había una identidad kelper antes de la guerra?
-Sí, no era muy compleja, una combinación de cosas argentinas e inglesas, galesas, irlandesas, es triste pero eso no existe más. Y me parece que eso es lo que está en mi libro, eso es lo que tenía para decir.
-¿Por eso lo escribiste?
-Sí, para ser el mejor padre para mis hijos y dejar de defender cosas que no quiero defender, no quiero cargar siempre con una guerra privada.
-Tu padre fue el único malvinense que peleó para los británicos…
-Sí, él tenía 43 años y es raro: es la misma edad que tenía yo cuando tramité mi documento acá. El murió en las islas en 2006 pero en esa actitud de tomar posición me parezco a él, yo creo que no se puede permanecer sin hacer nada, creo que hay que actuar según las convicciones y soportar el peso de las consecuencias.
James Peck escribió su propio testimonio sobre Malvinas, ese trauma que se pensó para salvar la dictadura más sangrienta de nuestra historia y se cobró la vida de 649 jóvenes argentinos. Una guerra también entre paisajes: el insular, malvinense y británico, y el continental argentino, una guerra que merece ser revisada una y otra vez para honrar a los muertos y a sus familiares, para resarcir a los heridos y para que el reclamo de soberanía argentina sea tan potente como íntegro.

Fuente: Clarín

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