Honduras. Con apoyo de EEUU golpe y después elección robada.

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Parece que el gobierno de los EEUU no puede dejar a Honduras solo cuando se trata de elegir sus propios líderes. Durante la Guerra Fría, parcialmente apoyó un golpe militar de 1963 y luego mantuvo casi dos décadas de dictaduras militares. Honduras se convirtió en la base de las operaciones para socavar brutalmente a las fuerzas progresistas en la región. En 2009, el gobierno de Obama demostró que no tenía intención de cambiar esa historia cuando la Secretaria de Estado Hillary Clinton maniobró para permitir que el régimen golpista permaneciera en el poder a pesar del clamor internacional contra la primera toma de poder militar del siglo XXI.
El gobierno de Trump fue uno de los primeros gobiernos en respaldar las elecciones robadas en Honduras, felicitando a Juan Orlando Hernández el 21 de diciembre, pocos días después del pronunciamiento del Tribunal Electoral. El comunicado del Departamento de Estado se refirió brevemente a las “irregularidades” al tiempo que llamaba santurronamente a Honduras a “sanar la división política en el país y promulgar reformas electorales muy necesarias”. Con la población en las calles detrás de pancartas que dicen “¡FUERA JOH!”, sanar la división política es una forma de decir que la oposición debe callarse y volverse a casa. Del mismo modo, llamar a promulgar reformas electorales mientras se apoya activamente y se orquesta la peor forma de violación electoral que existe (subvertir una elección presidencial) es la hipocresía en su forma más descarada.
El reconocimiento de los Estados Unidos después del hecho es solo la parte visible de su apoyo a la antidemocracia en Honduras. El gobierno de los EEUU tiene considerable influencia para reprimir la democracia allí. La estrategia consistió primero en asegurar una victoria para JOH. Eso, sorprendentemente para los estrategas hondureños y estadounidenses, fracasó en las urnas cuando los hondureños se levantaron para derrocar al presidente que ha estado vinculado con actos de represión y corrupción. Ante el inesperado triunfo de la oposición, la segunda fase se centró en manipular el conteo de votos y declarar a JOH ganador de cualquier forma. El respaldo de los EEUU fue un factor clave para convencer al Tribunal Electoral de seguir adelante con el fraude a pesar de la abrumadora evidencia pública de que efectivamente fue un fraude.
Después de que el Tribunal ungiera oficialmente a Hernández, la administración de Trump comenzó a manipular a la Organización de Estados Americanos (OEA) para evitar un desafío internacional al poder del presidente hondureño. Esta era una tarea necesaria porque el informe de la Misión de Observación Electoral de la OEA conformado por expertos de 25 países fue una condenatoria de las elecciones en donde se concluyó que el resultado no tenía credibilidad en términos técnicos. El Secretario General de la OEA, Luis Almagro, hizo un gran esfuerzo para presentar el informe de la Misión Electoral ante la OEA y establecer una posición regional contra las elecciones sucias. Por lo general, es un procedimiento automático para que la organización apruebe sus propios informes.
Pero no esta vez. Según el servicio noticioso de EFE, Estados Unidos obligó a Almagro a dejar de plantear el tema antes de la toma de posesión, enfrentándolo con la legión de EE. UU., México y Colombia, lo que bloqueó la medida hasta que JOH se instaló de forma segura e ilegítima en el poder. Eso significa que el informe ampliamente documentado por la delegación de 82 miembros prácticamente va directamente a la basura.
La administración Trump también ha ignorado e incluso buscado desviar los informes de las terribles violaciones de los derechos humanos y los asesinatos del gobierno en el conflicto postelectoral. El prominente activista de derechos humanos y sacerdote jesuita Ismael Morales me dijo en entrevista: “Juan Orlando Hernández cuenta con un aval, y esto se expresa en que la embajada del gobierno de los Estados Unidos en esta capital hondureña, no solamente ha guardado silencio ante los hechos de represión y de sangre que se han cometido en estos días, sino lo que están haciendo es llamar a la “calma”, insinuando que los responsables de esas muertes y de la desestabilización es por parte de los que no aceptan el veredicto final del Tribunal Electoral”.
El Departamento de Estado de EEUU emitió un informe en el que felicitaba al gobierno hondureño por su historial de derechos humanos justo cuando la policía y los soldados de Hernández estaban atacando a los manifestantes con gas lacrimógeno y balas reales. Cuando los reporteros llamaron su atención sobre esto, alegó que el momento del informe anual era meramente casual.
El gobierno de los Estados Unidos lleva una gran batuta en Honduras. Los hondureños realizaron una manifestación en la base aérea militar de Estados Unidos en Palmerola, operada por el Comando Sur de los EE. UU. (anteriormente dirigido por el Jefe de Estado Mayor de Trump, el General John Kelly) para denunciar el papel de Estados Unidos en las elecciones. El Pentágono y el Departamento de Estado han desarrollado una amplia participación en la policía y las fuerzas armadas hondureñas desde el golpe. Con el pretexto de la guerra contra las drogas y el proyecto regional promovido por Kelly–la Alianza para la Prosperidad– han entrenado y equipado las mismas fuerzas de seguridad hondureñas que mataron a los más de treinta manifestantes. La Policía Nacional de Honduras y una fuerza de seguridad interinstitucional conocida como FUSINA han recibido apoyo directo de los EE. UU. y ahora son fundamentales para sofocar las protestas. La militarización de Honduras desde el golpe de Estado a través de estos programas estadounidenses está haciendo exactamente lo que estaba diseñado para hacer: proporcionar una fuerza represiva contra la oposición política y social a las políticas de las élites.
Finalmente, el control diplomático estadounidense sobre sus estados clientes ha allanado el camino para que la comunidad internacional acepte la flagrante violación de los derechos democráticos. La lista de los primeros países en reconocer el supuesto triunfo de Juan Orlando Hernández incluye los países tradicionalmente más sumisos al poder de los EE. UU. México reconoció incluso antes de los Estados Unidos, ya que la administración de Peña Nieto sigue su intento de congraciarse patéticamente con el presidente racista y anti-México para preservar el TLCAN. Colombia, el otro país latinoamericano codependiente de la ayuda e intervención militar de Estados Unidos, fue uno de los primeros en dar su respaldo, junto con Taiwán, Israel, Corea del Sur, Panamá y Guatemala.
El fraude parecería ser un trato cerrado si no fuera por el único factor que las élites estadounidenses y hondureñas no pueden controlar: el pueblo hondureño. Decenas de miles de personas han estado en las calles a pesar del toque de queda de 8 de la noche a 5 de la mañana y de las órdenes de disparar a matar. Las protestas se desvanecieron un poco durante las vacaciones, luego estallaron en un paro laboral general y una continua movilización con el enfoque de la inauguración. Aunque la oposición estuvo dividida sobre la participación en las elecciones, se ha unificado sobre la defensa de la democracia.
Es fácil descartar a Honduras como una república bananera, o en el lenguaje de Trump, un “país de mierda”. (De hecho, la razón probable de que Trump no incluyera a Honduras en la suspensión del “Estatus de Protección Temporal” para migrantes hondureños era reforzar al amigo y principal operador de Kelly–Juan Orlando Hernández.) Honduras se caracteriza por su inestabilidad, instituciones débiles, falta de estado de derecho y corrupción, la desigualdad y un nivel de violencia sin precedentes.
Estados Unidos tiene una gran responsabilidad al respecto y ahora está coordinando un gigantesco paso hacia atrás. Si la respuesta de la izquierda de EEUU es decir “por supuesto que se robaron las elecciones, eso el imperialismo”, entonces solo estamos hablando con nosotros mismos.
Honduras es una pieza geopolítica clave para el imperialismo estadounidense y lo ha sido durante años, dicho esto, no hay nada inesperado en el rol de la administración Trump en derrotar a las fuerzas democráticas allí. Pero no podemos abandonar el pueblo de Honduras y a nuestro propio compromiso con la democracia descartando como inevitable la farsa histórica que tiene lugar hoy. No podemos descansar en la defensa de los principios democráticos. Cuando el gobierno de EE.UU. actúa abiertamente como promotor de autoritarismo en el mundo, hay que actuar. La juventud no puede ver que abandonemos los ideales democráticos, no en los Estados Unidos y no en Honduras.
24 de enero de 2018
Fuente: Programa de las Américas. www.americas.org

Fuente: www.alainet.net

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