Día del trabajador: ¿qué recordamos?

Efemérides

 

En la mayoría de los países (EEUU no lo celebra)  cada 1º de mayo conmemoramos el Día del Trabajador en memoria de los mártires brutalmente asesinados por el Estado, pero también en memoria y como una manera de alzar las banderas de cada uno de los tantos obreros y obreras que dieron su vida por condiciones más justas, por una sociedad diferente.

La lucha por las ocho horas de jornada laboral en los Estados Unidos se remonta al año 1829, varios años antes de los acontecimientos que hoy recordamos cada 1º de mayo en el Día Internacional de los Trabajadores.
Las protestas obreras a favor de esta lucha habían sido interrumpidas por la guerra de Secesión, pero a partir de los años ’80 del siglo XIX la actividad gremial llevada a cabo por socialistas, anarquistas y sindicalistas comenzó a tomar una fuerza que alarmó a las clases dirigentes estadounidenses.

 

En su “Historia del Primero de Mayo”, Mauricio Dommanget, un importante historiador del movimiento obrero, afirma: “Muchos trabajaban aún 14 o 16 horas diarias, partían al trabajo a las 4 de la mañana y regresaban a las 7 u 8 de la noche, o incluso más tarde, de manera que jamás veían a sus mujeres y sus hijos a la luz del día. Unos se acostaban en corredores y desvanes, otros en chozas donde se hacinaban tres y cuatro familias. Muchos no tenían alojamiento, se les veía juntar restos de legumbres en los recipientes de desperdicios, o comprar al carnicero algunos céntimos de recortes”.
Así vivían los obreros que llevaban adelante la lucha por las ocho horas.

Los obreros se levantan

En el cuarto congreso de la Federación Norteamericana del Trabajo de 1884, la central obrera había proclamado que la duración legal de la jornada de trabajo sería de 8 horas de duración a partir del 1º de mayo de 1886.
A medida que esta fecha clave se iba acercando, la prensa burguesa alertaba acerca del “peligro” de la posible implementación de las 8 horas. El 1º de mayo de 1886 la huelga fue masiva en todos los estados de EEUU, con enfrentamientos violentos con la policía en cada uno de ellos y con varios obreros muertos.
En Chicago, sin embargo, la jornada había transcurrido sin violencia. Dos días después los sindicatos de la madera convocaron a una reunión que fue intervenida por la campaña Pinkerton, una suerte de policía privada financiada por los industriales y empresarios. El saldo fue de 6 muertos y medio centenar de trabajadores heridos.
Frente a estos hechos, los anarquistas convocaron a un acto público en el centro de la ciudad que, a pesar de contar con la autorización de las autoridades, fue fuertemente “vigilado” por la policía, Cuando hubo finalizado el acto y los trabajadores se disponían a desconcentrar, alguien reaccionó a la actitud amenazante de la policía arrojando una bomba casera que hirió a varios oficiales. La reacción policial dejó un saldo de varios muertos y más de 200 heridos.
Las autoridades judiciales, con el apoyo de varios políticos y medios gráficos, decidieron detener y procesar a los dirigentes del movimiento sindical anarquistas, abriendo así lo que se conoció como el Proceso de Chicago.

El juicio trucho a los obreros anarquistas

El Proceso de Chicago fue un asunto de Estado; no se persiguió el esclarecimiento de los hechos ni se buscaron pruebas legales para hacer valer la justicia burguesa. No sólo se juzgaron hombres, se juzgaron ideas; el objetivo del Estado norteamericano era escarmentar al movimiento sindical y proscribir las ideas anarquistas que venían expandiendo su influencia a gran escala.
El juicio estuvo plagado de anomalías e irregularidades judiciales: se falsificaron testigos, los miembros del jurado fueron designados fraudulentamente; al contrario de lo que indicaba la ley se juzgó a los acusados de manera colectiva y no individualmente. Se buscaba condenar a los 8 acusados para amedrentar a las ideas anarquistas revolucionarias y frenar de un solo golpe el avance del movimiento obrero y sindical que había paralizado a los EEUU el 4 de mayo.
El juicio se desarrolló de forma tan irregular que los acusados no tuvieron posibilidades reales de defenderse. El fiscal Grinnet, en su alegato, proclamó: “Señores del jurado: ¿declarad culpables a estos hombres? ¡Haced escarmiento con ellos, ahorcadles y salvaréis a nuestras instituciones, a nuestra sociedad!”.

La condena

El 28 de agosto de 1886 el jurado dictó su veredicto: 7 de los acusados fueron sentenciados a la pena de muerte, mientras el octavo fue condenado a 15 años de prisión.
Antes del crimen judicial uno de los condenados, Louis Lingg, fue asesinado. El aparato judicial encubrió el asesinato alegando suicidio.
EL 11 de noviembre Spies, Fisher, Engel y Parsons fueron ahorcados por orden judicial ante periodistas, policías, y el público allí reunido. Fielden, Neebe y Shwab (los demás acusados) lograron, unos años después, la prisión perpetua y luego el “perdón absoluto”, gracias a la movilización de las fuerzas sindicalistas y el accionar de algunos políticos influyentes.

EL DÍA DE LOS TRABAJADORES EN ARGENTINA

A propósito de este día el escritor Osvaldo Bayer recuerda: “El primer acto en el país se realizó en 1890 en el Prado Español de Buenos Aires, y fue convocado por los integrantes del Club Alemán, aunque los integrantes de este Club eran socialdemócratas y los “mártires de Chicago” eran anarquistas. A ese acto concurren obreros con distintas ideologías y cado uno va a hablar en su idioma; alemanes, italianos, portugueses… Así comienza en nuestro país esta tradición de recordar siempre el 1º de Mayo, como el Día de los Trabajadores”.
El Día del Trabajador, por supuesto, no era oficial y estaba prohibido; a pesar de ello, miles y miles de obreros se reunieron para reivindicar las luchas y conquistas de los trabajadores.
La lucha por las 8 horas de jornada laboral y el ejemplo dado por los mártires de Chicago sembró en Argentina numerosas movilizaciones y protestas. El centenario de la Revolución de Mayo encontró a nuestro país inmerso en un contexto de protesta social y fuerte represión estatal; en 1904 un acto obrero del 1º de Mayo convocó a 70 mil obreros anarquistas. La presidencia de Julio Argentino Roca  reprimió duramente a los trabajadores y asesinó a un joven obrero de 18 años que fue velado en el local de La Protesta.
En su libro La Patagonia Rebelde, cuenta Bayer: “En el festejo del 1º de Mayo del año 1909, en la Plaza Lorea, se sacan la careta los militares y la policía. En un ataque cobarde, comandado por Ramón Falcón, atacan a la concentración obrera la policía a caballo y los fusileros. Al día siguiente, en las crónicas de La Nación y La Prensa aparece la pregunta a Ramón Falcón: ¿Por qué mandó a atacar a los obreros si no había ningún disturbio? Y el respondió que los obreros en vez de usar la bandera Argentina, usaron la bandera roja. ¡Que mezquindad la de este hombre!”.

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