UN PAÍS ROJO ROJITO

Por Federico Larsen, desde Caracas

La campaña más corta de la historia venezolana cerró ayer. En nueve días se dibujaron los trazos gruesos de los dos proyectos que se enfrentan en el país desde hace casi 15 años.

Caprichito, burguesito, mantenido. Son sólo algunos de los apodos que el candidato chavista a la presidencia venezolana, Nicolás Maduro, esgrimió contra su contrincante conservador Henrique Capriles durante la última campaña. Las elecciones están pautadas para el próximo domingo, y al cierre del periodo proselitista previsto por la ley, los chispazos entre ambos candidatos han tenido banca en la mayoría de las presentaciones oficiales.

Una campaña reducida pero intensa.

“No he dormido casi nada en diez días”, aseguró Maduro durante el cierre del jueves en Caracas. Su gira por el país comenzó el pasado 2 de abril en Sabaneta, tierra natal del comandante Hugo Chávez.
Junto con la familia del líder bolivariano, Maduro se presentó ante miles de personas para comenzar una travesía que en nueve días lo llevó a dar 25 discursos, tocando todos los Estados del país. Es en aquella ocasión en la que nace la ‘figura del pajarito’, una anécdota según la cual Chávez se habría aparecido ante Maduro bajo la forma de un pajarito justamente en su Estado natal. Algo que provocó las feroces críticas de la oposición, que cuestionó duramente al actual presidente encargado. Sin embargo la inventiva popular transformó lo que podía llegar a ser un gaffe en un símbolo, el enésimo, de la campaña chavista. Desde ese entonces Maduro no para de silbar como pajarito en todos los actos, y sus seguidores usan la figura de un pajarito para disfrazarse, pintar carteles o llevar inflables a los mítines.
Una inventiva popular que ha sido la gran protagonista de esta campaña. Según los asesores de Maduro que Marcha pudo consultar, la fantasía desplegada durante las multitudinarias reuniones en todo el país fue uno de los signos distintivos con respecto a las campañas electorales de Chávez. “Ahora no se limitan a pintar carteles divertidos sino que los que participan se disfrazan, pintan su cuerpo por entero, traen maquetas, cuadros pintados en sus casas. Esto antes no era tan común” explicó uno de los encargados de llevar adelante la gira presidencial en lo que es la campaña más corta de la historia del país.
Es que luego del fallecimiento de Hugo Chávez, el gobierno comenzó de inmediato los trámites para llamar a nuevas elecciones, tal como consigna la constitución bolivariana, y el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció el calendario electoral el pasado 8 de marzo.
Así las cosas, ambos bandos debieron apurar sus iniciativas. Maduro, ex chofer de autobuses caraqueños, llegó manejando un colectivo a todos los lugares donde se presentaba. “Voy a conducir el país”, era la frase que acompañaba cada una de estas apariciones. Y sus seguidores se divirtieron creando autobuses de papel, remeras con todo tipo de alusión a la conducción y, en especial, a los bigotes del candidato del Gran Polo Patriótico.
Capriles por su parte mantuvo la estructura elaborada antes de las elecciones del 7 de octubre de 2012, en las que fue ampliamente derrotado. Con la diferencia de tener que enfrentarse a la inmensa conmoción popular creada por la muerte de Chávez.
La primera característica que llama la atención en la campaña opositora es la apropiación de símbolos y discursos históricamente chavistas. El comando de campaña de Capriles se llama “Simón Bolivar”, libertador venezolano y uno de los fundamentos ideológicos más fuertes del socialismo chavista. El mismo candidato apareció en más de una ocasión vistiendo una camisa roja, tal como impulsó el mismo Chávez dentro de su movimiento.
“Maduro no es Chávez”, es una de las escritas más populares en los carteles y las calcomanías que Capriles ha distribuido en todo el país. Una línea llamativa especialmente desde lo político, donde la centroderecha parece haber asumido la irreversibilidad del cambio cultural y social que ha producido la revolución en Venezuela. A tal punto de querer destronar a Maduro del lugar de legítimo heredero del líder bolivariano. Si bien su plan de gobierno tiene una índole fuertemente neoliberal -se propone, entre otras cosas, la privatización de PDVSA-, Capriles ha debido mitigar su discurso empresarial y conservador para mostrarse como un ‘mejorador’ del sistema instaurado por el ex presidente venezolano en los últimos 15 años. Y así cuestionar la legitimidad de Maduro.
Es así como surgen los encontronazos entre ambos bandos, que se resuelven desde los palcos de los comicios más que en las calles. El oficialismo acusó a Capriles de querer desconocer los resultados de las próximas elecciones y generar de esta manera el caos suficiente como para poder desestabilizar el país. La salida de consenso, planteada por el propio CNE, consistía en la firma de un entendimiento entre ambas coaliciones del respeto absoluto a los resultados emitidos por ese mismo organismo. Algo que Capriles se negó a hacer y se presentó con un documento firmado unilateralmente donde se cambia el respeto hacia los resultados emitidos por el CNE, por el respeto “a la voluntad popular”.
Pero el gran espectáculo lo da el pueblo. Son millones las personas que se han manifestado en las calles venezolanas, en recuerdo al comandante Chávez y en apoyo a Maduro. Una lealtad infranqueable que ha volcado a una enorme mayoría del pueblo a sostener el heredero de su líder. Y parece que Maduro ha encontrado la forma de contener a todos aquellos que se sienten afectados por la muerte de Chávez. Las encuestas lo dan como el favorito en todos los planos, y su victoria se da ya por descontada.
Mientras tanto, el ‘bravo pueblo’ venezolano demuestra un despliegue que ningún otro ha sabido demostrar en las últimas décadas. La apropiación y politización de esta campaña han sido inclusive mayores a las de los años con Chávez. A tal punto que Maduro ya lanzó el desafío: juntar 10 millones de votos, que implicaría una diferencia electoral de 15%. Sólo queda esperar al domingo.

Fuente: Marcha

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