Un “género” que vende: “Feminismo” posmoderno contra feminismo emancipador

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Hace tiempo que algunas voces discordantes venimos advirtiendo sobre los efectos negativos que el abuso del término “género”, perpetrado por las instancias políticas, mediáticas y académicas, podía tener en la conciencia y la lucha feminista -la que considera que nuestra emancipación va estrechamente unida a la de la clase trabajadora a la que pertenecemos la mayoría de mujeres y de feministas. [1] Negativos y perniciosos porque la manipulación a que ha sido sometido el concepto de género durante las cuatro últimas décadas ha formado parte de la cooptación del feminismo realizada por esas mismas instituciones para convertirlo en un trampantojo reformista, individualista y no tan mal avenido con el capitalismo (como ha ocurrido paralelamente con sindicatos y buena parte de la izquierda).
El concepto de género surgió en los años 60 y 70 del seno de los estudios feministas que se desarrollaron en las disciplinas de historia social, antropología social y sociología, sobre todo. Con él se designaba el conjunto de conductas, valores y espacios diferenciados atribuidos a los individuos en función de su sexo y adquiridos durante el proceso de socialización. Es decir, el concepto de género acotaba el carácter socialmente construido de los roles sexuales, que en nuestro ámbito cultural dan lugar a dos géneros: femenino y masculino
Aquellos fueron años muy fecundos en la investigación social, en los que tomó un impulso sin precedentes el estudio de las causas de la subordinación femenina y los mecanismos de su reproducción. Pero también los que vieron el arranque de un nuevo ciclo de acumulación de capital (en respuesta a unas tasas decrecientes de beneficio), que exigía el derribo del Estado Social (abriendo grietas con ello en el Estado de Derecho y la propia concepción de la democracia burguesa).[2] El objetivo era acabar con los derechos sociales que el movimiento obrero había conseguido desde el final de la II guerra mundial. Bien claro lo decía uno de los economistas ultra-liberales que tomaron el timón: “la existencia de normas laborales es el origen de todos los males”. [3] Pero para ello había que amoldar las conciencias a las nuevas condiciones. El posmodernismo llegó para “dar sentido” a esa “transformación”. Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, ya sabemos que la cacareada sociedad pos-moderna traía a la pre-moderna oculta bajo el delantal; lo sabemos sobre todo la clase trabajadora de todos los países del mundo.
El posmodernismo en sus vertientes neocon y progre, y en sus múltiples facetas (pos-industrial, pos-fordista, pos-estructuralista, pos-hegemónico, pos-capitalista, pos-feminista, pos-marxista…), se cocinó, como todas las doctrinas, en los departamentos universitarios. Y, como la academia, la política y las empresas mediáticas son vasos comunicantes, a partir de los años 80, junto a los mantras del “fin del trabajo” y el “fin de las ideologías”, se esparcía por la biosfera la nueva terminología emanada de sus think tanks:globalización, liberalización, control del déficit, reformas estructurales, reconversiones industriales, moderación salarial, flexibilización del mercado laboral, cohesión social, inclusividad, transversalidad, emprendimiento, equidad, sostenibilidad, empoderamiento…, calando de arriba a abajo todo el tejido social. El término género fue incorporado a este neo-lenguaje.
En los años 90 vemos ya perfectamente instalado y generosamente subvencionado el pos-estructuralismo en las ciencias sociales y humanidades. A trazos gruesos, este marco teórico es un declarado enemigo de la historia y del estudio de las estructuras sociales, los modos de relación social en la producción y reproducción de la vida, a lo que despectivamente llama “macro-relatos”; postula que no hay más realidad que la que el lenguaje construye, y por tanto no hay sujetos históricos (y menos de transformación social), sino discursos. Haciendo tabla rasa de la tradición intelectual de los siglos XIX y XX, los conversos al pos-estructuralismoo giro lingüístico arrinconaban como inservibles o poco cool conceptos comoproducción, dominación, desigualdad, explotación, subordinación, clases, conflicto, acción colectiva, emancipación …, para poner el foco sobre lo individual y lo simbólico (el otro, la diferencia, la identidad, la cultura, la subjetividad…). Las conversas en los estudios feministas, consecuentemente,dejaron de tomar como objeto de estudio a los colectivos de mujeres para desviar toda la atención al género y las relaciones de género. Como el lenguaje era lo importante, se convertía en el verdadero terreno de la lucha. De ahí la insistencia en los desdoblamientos de género gramatical (os-as, @, x,),llamado lenguaje inclusivo (no incluyente).
Para entonces los estudios feministas en la universidad se habían convertido en disciplina independiente, con organismos propios (asignaturas, cursos, subdepartamentos, institutos…) aunque no tanto ya como estudios feministas, sino como estudios de género o con “perspectiva de género”. Los años 90 vieron la eclosión del género en los títulos de libros, artículos, ponencias… Como panal de rica miel subvencionada, el género atrajo muchas moscas, se había convertido en un género que se vendía muy bien, sobre todo bajo el ala del llamado feminismo de la diferencia, que se imponía en los departamentos. Ya en los 80 las académicas de esta corriente nos animaban a participar en una ciencia sólo para mujeres. Durante el I Coloquio Internacional sobre Concepto y realidad de los estudios feministas, celebrado en Bruselas en 1987, se nos proponía pensar “desde lo femenino” y pensar lo masculino y lo femenino “fuera de las ideologías” reconociendo la riqueza de “nuestra diferencia”.[4] Esta fue la que impuso su lógica de poder en las Jornadas Feministas celebradas en Granada en 1979, año en que se rompió el movimiento. Su declaración política no dejaba lugar a dudas: “No creemos en revoluciones del futuro (…) Sino que cada día, cada momento, debemos imponer nuestro cambio y nuestra diferencia”.[5]
En la alta política el género también se comía a las mujeres y al feminismo. ElForum Internacional sobre la situación de las mujeres, celebrado en Nairobi en 1985, dejaba patente que en los ámbitos universitarios de casi todos los países se estaban potenciando unos estudios sobre “el género”. La IV Conferencia Mundial sobre la Mujer organizada por la ONU en 1995 en Pekín (o Beijín) ya no hablaba de “mujer y desarrollo” sino de “género y desarrollo”. La Comisión Europea definía la perspectiva de género en eldocumento de 1998 “100 palabras para la igualdad”. [6] A partir de los documentos emanados de estas instituciones supranacionales, los diferentes organismos oficiales que se crearon en estas décadas con el declarado objetivo de alcanzar la igualdad de género (Institutos, concejalías, vocalías, etc. de la Mujer, más tarde de Igualdad) impulsaban el desarrollo de investigaciones desde una“perspectiva de género” y políticas, no ya feministas, sino de género o de igualdad.
Lo mismo daba que al frente de estas instituciones estuviese Bibiana Aído o Ana Botella. El eufemístico género era menos problemático que el término feminismo, que aún tenía fama de radical entre ciertas señoras de la burguesía con aspiraciones de mando. En el género -o la igualdad, la equidad o la cohesión social-, caben todas las sensibilidades políticas, incluso las anti-feministas y anti-obreras, porque no ponen en cuestión el horizonte político y económico en el que se inscriben las instituciones que nominalmente trabajan por la igualdad. En la actualidad el término feminismo, una vez pasado por el dry cleaning de las cátedras de género, no hiere tantas sensibilidades, sobre todo desde que Madonna o Hillary Clinton se venden como iconos feministas, y desde que la revista Pronto saca en portada al trío Letizia-Grisso-Quintana como “Mujeres en lucha para conseguir la igualdad”.[7]
Quizás lo más lamentable sea que el trasiego del género por aulas, despachos y oficinas de redacción acabó por convertirlo en sinónimo de mujeres. A casi cualquier cosa relativa a nosotras se le comenzó a poner la etiqueta “género”,algo que muchas no llegábamos a comprender e incluso resultaba ofensivo, como denunciaba una lectora en un periódico gratuito: “El maltrato a la mujer empieza ya cuando se nos trata de ‘género’ ¿Desde cuándo las mujeres somos ‘género’, que es como suele denominarse, por ejemplo, a la mercancía de un puesto de frutos secos?”.[8] Sin embargo, este uso se filtraba acríticamente en los llamados medios alternativos, cuando se preguntaba a un líder sindical si “trabaja desde la perspectiva de género”, y se ponía el rótulo “Género” a las secciones relativas a las mujeres o al movimiento feminista. Por si no estábamos suficientemente cosificadas… Con ello no sólo alimentamos a la bestia, sino que caemos en peligrosa metonimia: tomar a la parte por el todo al sustituir a las mujeres por un atributo, el género, o al feminismo por uno de sus categorías de análisis. Y, por esta misma lógica ¿los hombres no son género también?
En la universidad es hoy común “ofertar” (porque estamos ya en un mercado) asignaturas, jornadas, cursos de doctorado y másteres sobre la mujer, las mujeres o el género. Esta ‘perspectiva de género’, liderada por catedráticas y profesoras de distintas disciplinas, se ha transformado, en muchos casos, en un auténtico grupo de presión, que, lejos de denunciar la privatización y el deterioro de la universidad, se comporta igual que los clubes masculinos a los que critica, favoreciendo la endogamia, el amiguismo, las redes clientelares, y ninguneando los estudios –feministas o no– que no giren en su órbita. Nada extraño. Es lo que prima en la universidad. No somos diferentes: todas y todos salimos del mismo sitio.
A las generaciones formadas en esta universidad pertenecen las académicas-empresarias bien situadas que hoy se arrogan la representación del Movimiento Feminista en este país y que promovieron la organización de la pasada Huelga Feminista del 8 de Marzo. Íntimamente asociadas al mundo político, ejerciendo como consejeras, consultoras y cargos varios en fundaciones, patronatos y ONGD’s, tienen sus altavoces en medios como Público y eldiario.es, de cuyos grupos fundadores alguna forma parte. Influidas por las corrientes posmodernas, su desconocimiento de la historia, incluso de la del propio movimiento feminista, les permite descubrir mediterráneos todos los días y rebautizarlos con nombres nuevos. Y, por supuesto, no abandonan el confortable sillón del género, no ya sólo porque aboguen por estudios de“impacto de género” para la M-30 de Madrid, lo cual mueve a la risa; sino también porque siguen atrapadas en los modelos esencialistas del género y de la diferencia. De ahí que quieran “feminizar la política” o que tilden de “masculinas”o “femeninas” determinadas conductas políticas.[9]
Otra característica del academicismo burgués de que hacen gala las que hablan por nosotras y en nombre del feminismo desde altas tribunas, es el recurso a un lenguaje críptico, alambicando, rayano en lo místico a veces, que sólo entiende la selecta minoría. Una de las intelectuales de la presunta “nueva ola feminista”, nos explica que en la última década “ha sido la centralidad del cuerpo la que ha llevado a algunas feministas a poner en valor la experiencia del inacabamiento, la finitud y la fragilidad; la de vivir inmersas en un nudo de relaciones concretas que visibiliza nuestra inter/ecodependencia”. Las fuentes de las que esta autora bebe y los objetivos a los que aspira no pueden estar más claros:
“Las mujeres hemos comprendido que la lucha por acceder al poder y a la riqueza en condiciones de igualdad, no podía desvincularse de nuestra diferencia ni de un horizonte de emancipación en el que tuviera cabida un nosotras plural. Y estediscurso anclado en la subjetividad, nos ha permitido subvertir los códigos culturales dominantes, situándonos más cómodamente en un universo posthegemónico que en el de las rígidas ideologías y los grandes relatos. Si hay algo que el feminismo ha dejado claro es que no son los macrorrelatos los que hoy motivan, movilizan y socializan”(énfasis mío). [10]
Evidentemente, no son los que motivan, movilizan y socializan a las mujeres de su clase, a las que ocupan posiciones de poder, sea en la política, la universidad o la empresa, y se sienten cómodas en este capitalismo una vez le hayan lavado el rostro para que parezca humano. Son, sin embargo, esos“grandes relatos” los que motivaron y movilizaron a millones de mujeres en los siglos pasados, y nos siguen motivando a muchas hoy también. No olvidemos que las alicortas políticas actuales de igualdad no habrían sido posibles sin el gran ausente en todo este discurso liberal del género: el Movimiento Feminista que, en el período tardofranquista y durante la llamada Transición, fue capaz de una notable movilización y sensibilización social. Si entró en una posterior fase recesiva fue debido al rodillo del feminismo burgués posmoderno que nos invitaba a mirarnos el ombligo.
El concepto de género o, mejor, de los géneros, es válido si se utiliza bien. Vaya por delante que hay obras merecidamente rescatables que se han hecho desde los llamados “estudios de género”. Lo que no deberíamos seguir consintiendo es su uso como significante de mujeres o de feminismo, o como puerta de entrada a ideologías que no aspiran a la igualdad entre todas las mujeres y todos los hombres, sino, como mucho, a la igualdad entre las mujeres y los hombres de aquellas clases que ostentan el poder político, económico y académico. Debemos oponemos a la naturalización que el uso indiscriminado del término género imprime en los roles sexuales, porque son precisamente los corsés de género, que nos oprimen y ahogan, de lo que tenemos que librarnos mujeres y hombres para avanzar en la igualdad real. Rescatemos nuestro lenguaje, que es parte de nuestra memoria, para reforzar la lucha contra todas las opresiones. Saquemos la teoría y la práctica feminista de las universidades, organizando grupos de formación, estudio e investigación en nuestras asociaciones y reuniones periódicas de intercambio. Con más motivo ahora que la universidad va a marchas forzadas convirtiéndose en una empresa elitista de la que quedará totalmente excluida la clase trabajadora.
Notas y referencias bibliográficas:
[1] Para no extenderme, pongo sólo un ejemplo de disidencia: María Jesús Izquierdo, “Uso y Abuso del Concepto de Género”, en Mercedes Vilanova (comp.): Pensar las Diferencias (Universitat de Barcelona/Institut Català de la Dona, 1994), pp. 31-54.
[2] Un buen análisis, en Carlos de Cabo Martín, La Crisis del Estado Social (Madrid: PPU, 1986).
[3] Palabras de Gary Becker en la conferencia El Futuro del Capitalismo celebrada en Madrid en 1993: El País, viernes 11 de junio de 1993.
[4] Lo cuenta Lourdes Méndez en “Reflexiones sobre la poco común producción de las pequeñas mujeres”, en J. Prat, U. Martínez, J. Contreras e I. Moreno (eds.), Antropología de los pueblos de España (Madrid: Taurus, 1991, pp. 700-709.
[5] La autora del manifiesto, Gretel Amman, pertenecía al grupo Amazonas, que preconizaba el separatismo lesbiano. Está reproducido en Laberint, 25, 1995, accesible en PDF. Comienza con una crítica al uso en el análisis feminista de las herramientas conceptuales del marxismo, del que hace una descripción vulgar y reduccionista, como es habitual en los textos posmodernos orientados a apuntalar el orden social existente.
[6] Véase Lourdes Méndez, “Una connivencia implícita: “perspectiva de género”, “empoderamiento” y feminismo institucional”, en R. Andrieu y C. Mozo (coords), Antropología Feminista y/o Género. Legitimidad, poder y usos políticos, (Sevilla: El Monte, 2005), pp. 203-226.
[7] Véase Pronto (la revista más vendida de España), 17 marzo 2018, nº 2393.
[8] ADN, jueves 10 enero 2008. Cartas a la redacción: “Las mujeres no somos un género” (Graciela Razzano, Barcelona).
[9] Hasta entre ellas mismas se reconoce el absurdo de este planteamiento: http://blogs.publico.es/econonuestra/2017/11/11/retomando-el-debate-sobre-feminizar-la-politica/
[10] http://www.espacio-publico.com/el-despertar-del-nuevo-feminismo
FuenteL lahaine.org

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