TRATA: UN CASO DE SECUESTRO DE BEBÉ EN CHACO

 

Otro mundo, o los niños de tarifa plana

Por: Pedro Solans
Detrás del impacto mediático que, cada tanto, ocupa el problema de la trata en el escenario de los grandes medios, un complejo entramado se extiende. Apenas un caso: en una localidad chaqueña, un bebé es robado. Es el inicio de una historia de desesperación, tristeza y búsqueda implacable. En estas líneas, la primera parte de una investigación que intenta profundizar en una historia para, desde allí, echar luz a esa otra Argentina por la que transitamos todos los días.

No hay datos precisos sobre los niños que hoy son víctimas de las redes de trata en el país. Pero la directora de Coalición Alto la Trata, Claudia Lascano, contó que en enero de 2008 una sola red de reclutadores en la ciudad paraguaya de Encarnación compró 50 menores. En el camino entre Encarnación y los centros receptores de Argentina, Alto la Trata pudo rescatar a 26 niños solamente. El resto se perdió en las rutas.

En Misiones se reclutan durante las temporadas altas, en los meses de enero y febrero, entre 15 y 20 chicos por semana. Córdoba, Rosario y Buenos Aires son los principales centros receptores y de reventa de niños y niñas de Argentina, pero además ya hay cordobeses, porteños y gente del sur que están reclutando niños y niñas en Misiones, en Chaco, y en Formosa de donde proviene el 80% de las víctimas.

En las líneas que siguen, una crónica sobre el caso de Héctor Damián Varela ocurrido en Sáenz Peña, Chaco, en 1990. En pleno campeonato mundial de Italia, se lo llevaron desde la entrada de su propia casa y nunca más apareció. Fue el caso más resonante en robos de bebés en el Litoral porque estuvieron involucrados policías, enfermeras y médicos.

1. En la Pampa del Infierno la violencia no se nota. Las casas son humildes y los corazones no están abiertos; porque, precisamente, las astillas de esos corazones flotan en el ambiente.

Hieren, y se hieren en un paisaje enrarecido donde la tierra es seca, donde la tierra es dura. Durísima para el apego. Si la pisa un desprevenido, un flojo o un desorientado, rebota sin disimulo. Hay que imaginarse, entonces, si golpea un corazón.

Las astillas están a la espera de un viento, un viento chaqueño, un viento norte, que las aleje. Que las aleje tanto como las alejó el dolor, el desarraigo, el engaño de ese edén prometido, o la implacable obligación de llegar hasta ahí. Están siempre a la espera en posición mutante. Siempre a la defensiva. Ya no son más corazones. Son parte de un paisaje que no es para cualquiera. Son dolores que mutaron en carnes con calores, con el tiempo. Están curtidos a fuego lento. Son dolores en carne viva los dolores de la pampa. Los dolores del infierno. Las mujeres son muy devotas, obsesionadamente demostrativas de sus devociones. Casi tan demostrativas como descreídas. En realidad, las mujeres de las pampas no creen en nada, por eso son serviciales, porque supieron incorporar el servicio y la amargura a su imaginario.

Vergonzosas. ¡Ah, qué vergonzosas! Terriblemente vergonzosas. Tan vergonzosas como audaces. Tan audaces como imprevisibles. Ofrecen asiento, un vaso de agua o un mate con la misma cordialidad y aplomo. Y no dudan. Derrochan esas miradas, que son miradas de recelo. Miradas impregnadas de desconfianza.

En la Pampa conocí a doña Victoriana ¡Qué mujer, qué mujer típica de la zona! Salió del rancho con la paciencia de sus ochenta años. Ya nada la lastima. Supo vivir sin caminos, o en caminos, siempre lejos, sin quejas, sin agua, sin luz. Naturalmente humilde. Y por ello, el sol ya no la abrasa, sino que la broncea para que perdure en charque o en bronce. Quise agasajarla respetando su presencia y me frenó a tiempo. Me dijo:

Así nomás. Así está bien. ¿Para qué más? ¿Qué quiere saber? Estuve todo el tiempo al lado de este hombre-. Lo señala con un gesto a su marido, que fue dueño de la bailanta más antigua de la zona. No tuvo la delicadeza -porque nunca la conoció- de precisar si lo amó, si lo quiso, o si fue feliz con ese hombre.

Don Enrique ni se inmutó.

Doña Victoriana fue partera toda su vida, y conoció al pueblo desde el hospital, pero más lo conoció por la pista de baile donde tropezaban los guapos, y las lenguas pueblerinas eran bandos militares, pregones populares, y hasta a veces, tribunas de fantasías.

Esto es así. Señor. Nunca pasó nada aquí. Hasta que empezaron a irse para Resistencia, para Buenos Aires, y volvieron “sabiondos”, “leídos” y retobados. Parece que aprendieron cosas raras. Cosas de otro mundo ¡De otro mundo! Señor… Otro mundo.

Una siesta se alborotó el pueblo. Salió doña Beti corriendo. Doña Beti gritaba: “¡Me robaron el bebé! ¡Me lo sacaron de aquí!”. Yo la había atendido; señor. Fue un parto normal. El muchachito nació sano, señor; y tenía un buen parecido. Recuerdo bien ese parto porque al otro día mi cuñada me retiró sus cariños por habladurías.

A veces no cuesta nada creer. A veces cuesta un poco. A veces cuesta mucho. Y otras veces, es imposible creer. Imposible creer cuando zumban los rezos. O silban los llantos. O luchan por existir las estampitas de las vírgenes de Itatí, mientras avanza la procesión del Gauchito Gil, de Isidro Velázquez, de la Difunta Correa, o de algunos “santones negros” corridos del Brasil. El alboroto involucró a todos. Todos querían ayudar. La morbosidad hacía lo suyo. No son casos habituales. Tampoco hubo sorpresa.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº 108 – mayo 2012)

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