“PERÍODOS DE EBULLICIÓN POLÍTICA COMO ÉSTE, RECLAMAN Y CREAN MILITANTES”

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Entrevista con Horacio González, en una nuevo aniversario del 17 de noviembre de 1972, cuando la militancia peronista permitió el regreso de Perón a la Argentina, tras 17 años de exilio forzado. El director de la Biblioteca Nacional participó de aquellas jornadas. Cuarenta años después, reflexiona sobre qué significa ser militante.

Por Juan Ciucci

APU: El sábado se conmemora el día del militante ¿Cómo podemos pensar y valorar hoy a la actividad militante?

Horacio González: La actividad militante es algo que no cesa, parece un poco extraño decirlo, cuando algo tiene un día para ser conmemorado se lo propone como un esfuerzo para evitar la posibilidad de que haya un olvido, que no pueda ser restaurado por cierta circularidad del tiempo que tienen las conmemoraciones. En estos últimos años ese día recobró cierta dignidad perdida, porque los períodos de ebullición política y social como es éste, no sólo reclaman al militante sino que crean al militante. Son períodos que sugieren resistencia al militante. El militante, cuando se reconoce como tal y tiene su ámbito conmemorativo, a su vez, sugiere que hay una época conmovedora y en conmoción.
Ignoro quién puso ese día, un día que concentra la conmemoración, tiene que ser un día donde haya ocurrido algo fundador y de carácter dramáticamente importante. No puede ser una ocurrencia banal ni algo que se le ocurre a un pequeño grupo. Por alguna razón se establece colectivamente.
Esa razón es el modo en que esa fecha marca un corte entre los tiempos, el tiempo tiene una continuidad evidente y no menos evidentes cortes e interrupciones. El día del militante, el 17 de noviembre, aparece en la Argentina uno de esos cortes, y ese corte lo hace absolutamente rememorable. Hay días que la estructura del Estado ha devorado, absorbido.
Los grandes días del siglo XIX el Estado debe mantenerlos a rajatabla, hacerlos conmemoración escolar, marcha patriótica, emblema definitivo, porque todos los días que fueron importantes para los que fueron contemporáneos en el pasado y que hoy son figuras diluidas en nuestra memoria, el Estado debe mantenerlos. El día del militante es menos un día estatal que el de una memoria viva.
Puedo decir cuál es la mía de ese día: salimos de nuestro local político, una Unidad Básica, muy de madrugada y empezamos a caminar y efectivamente no era fácil llegar adonde había que llegar, un aeropuerto.
Hoy uno llega al aeropuerto de Ezeiza más fácil pero si hay huelgas o entorpecimiento del tránsito también hay dificultades. En aquel momento eran los tanques del ejército, que con jeeps recorría las calles y los lugares de reunión. Donde yo estaba se paró un camión con soldados conscriptos que tendrían nuestra edad o un poco menos, otros un poco más y nos apuntaron a todos con fusiles. No sé por qué extraña razón, con veinte fusiles apuntando pensé, no puede pasar que todo termine acá, no puede pasar que haya una fusilería como las que comenta Bayer en la Patagonia trágica.
Comencé a agitar una bandera, no sé si tuve muchos actos de valentía en mi vida, ese fue uno, delante de los fusiles, apuntado intuí que nadie quería tirar. Habíamos hecho un cartel como habíamos visto en las grandes revoluciones o en los grandes movimientos que de repente ocupan una ciudad y hacen sacudir un momento de la historia. “Soldado no tires contra tus hermanos”, pensamiento ingenuo, ¿cuántos soldados han tirado contra sus supuestos hermanos? El pensamiento de las revoluciones, de hacer entibiar o debilitar la disciplina militar, que sería el logro mayor al reconocer en la conciencia del soldado la misma conciencia social del que está militando, esto está escrito en la historia de la Revolución Rusa de Trotsky. ¿Qué lo diferenciaba a un soldado de un obrero de la fábrica Putilov? Una delgada capa de tela, el uniforme militar era una mera capa de tela exterior para la conciencia del soldado y la del obrero y viceversa, una delgada capa de tela y el mameluco del obrero pero ambas vestimentas eran pobres membranas frente al reclamo de la historia que reclamaba a los dos por igual.
Llevados por esa ilusión también pintábamos “soldado no tires contra tus hermanos” que dudo que haya sido de gran validez si la cosa se ponía realmente pesada. Seguimos caminando, sorteando tanques y en un momento, de Flores donde yo estaba, a Ezeiza había que caminar y percibí que era posible llegar, percibí que había una semi voluntad represiva, no estaba el soldado hermanado pero había una cierta resignación en el ejército de Lanusse, eso hay que decirlo, impedían pasar pero si uno se empeñaba, terminaba superando las barreras porosas de la fila de soldados. Llegar a Ezeiza era difícil, porque había que atravesar la Ricchieri y ahí, sí había muchos tanques y la Guardia de Infantería de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
Si la rememoración me ayuda con mayor fidelidad, los que tiraban eran los de la Policía Bonaerense, tiraban gases lacrimógenos que en el descampado se disipaban fácilmente. De modo que había avances, retrocesos. Recuerdo que había muchas banderas. Argentinas, bolivianas, peruanas, había una gran movilización, imposible calcular cuanta gente había. En algún momento me recuerdo subido a un tanque – mi otra gran hazaña, junto a muchos otros – y no pasó nada, salió uno, abrió la escotilla y dijo “bajen de aquí”, el clima que había era que se podía pasar con cierta audacia.
El ejército de Lanusse la veía venir, no había una respuesta política precisa. Después, el Río Matanza que yo no logré cruzar, fue un obstáculo de la naturaleza que muchos lograron trasponer y envidié a aquellos que con la cintura bajo el agua, llegaron a tocar el alambrado de Ezeiza mientras descendía el avión de Perón. Esa leve mitología podemos considerarla la arcilla de la militancia, que se compone de varias capas de esa arcilla y una, propia de la época, la militancia armada. Una militancia que generó una épica, una disciplina, generó al hombre armado que en todas las grandes revoluciones o en los procesos de conmoción social y de cambio, es el arquetipo máximo del compromiso. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que esa es la cúspide y que a partir de esa cúspide todos los demás compromisos que se van construyendo gradualmente son de índole menor. Quizás en esa época, admirando al hombre armado, que uno efectivamente no era, eramos los coreutas de aquellos hombres armados y eventualmente partícipes menores de las glorias mayores. Quizás nuestro destino era el cántico, como una especie de acción paralela acompañando las acciones militantes.
Hoy diría que todo lo que tenía que ver con ese núcleo duro y que se iba disolviendo en forma de la militancia que podía ser considerada de inferior calidad, hoy pienso que no lo era, por eso el día del militante es generoso con todos los compromisos. Cuento esta pequeña historia para ponerme a mí mismo como alguien que no reclama ninguna atención sobre su figura, no hay ninguna gloria en lo que hice pero esquivé algunos tanques, subí en uno, en fin, no era una época deliciosa. Imaginábamos que seguirían las luchas, imaginábamos que esa era la máxima dureza que podíamos atravesar, porque no imaginábamos lo que iba a venir. Frente a lo que vino después, el día del militante o no fue conmemorado o se fue disolviendo en la memoria de muchas personas.
No sé cuándo aparece una conmemoración pero hoy conservo la idea de esa marcha hacia Ezeiza, esa gran caminata que permitía pensar que el regreso de Perón iba a permitir espacios históricos y de esfuerzos que obtenían resultados de transformación, que no iban a tener tantas acechanzas, que no había por qué pensar que tantas muertes alrededor sería como otros coros, o guirnaldas lúgubres que acompañaban un período que pensábamos más auspicioso.
Otra lección para el militante. La primera sería: todos lo son, no hay disparidad de compromiso. Una segunda lección sería que en la militancia no hay que hacer descansar la capacidad de pensar que puede pasar lo imprevisto, que pueden pasar cosas que en la primera cartilla auspiciosa de la historia no figuraban y para eso hay que estar también preparado. El militante es alguien que en su entusiasmo, en su optimismo, en su perseverancia, no imagina que nunca está demasiado bien preparado, siempre la historia reserva sorpresas.
Viene la época actual que también comenzó con una gran algarabía, un gran llamado, muchos nos incorporamos a ese llamado y hoy volvemos a vivir, aunque de otra índole, quizás conociendo más cómo se desarman los acertijos de la historia pero vuelve a haber acechanzas, dilemas, inconvenientes. Por eso nada mejor que seguir pensando el día del militante como el lugar donde los viejos militantes de entonces, hoy mayores y ocupando cargos públicos, no debemos desmerecernos por eso; sino pensar que la conciencia militante es una burbuja interna que no desaparece porque uno tiene que contribuir con su voluntad política para que no desaparezca, esté donde esté y en ese sentido no sé si hemos aprendido lo suficiente.
No sé, diría en tercer lugar, si hemos aprendido definitivamente que el militante es aquel que estando donde está sabe abandonar ese lugar que no es enteramente satisfactorio porque su voluntad militante se siente más coaccionada, se siente asfixiado, y volver a la forma más despojada de la militancia. Que es cierto sentimiento, no sé si decir profético, no sería conveniente, de ver en la historia un canto de esperanza, sería aún posible seguir manteniéndolo en términos más despojados. Siento que si uno volviera a los ámbitos de engarce más directo a la militancia quizás, podría volver a decir con más tranquilidad esas palabras. Hoy tengo mis palabras militantes más mediatizadas pero no por eso las considero menos fervorosas.

APU: Se puede pensar la parte de fe que tiene el militante cuando decía esto de la acechanza.

HG: Por partes iguales la palabra militancia tiene algo del compromiso de las grandes responsabilidades que tienen algo de disciplinario. Entonce el militante tiene que pensar qué disciplina acepta y qué disciplina le es inconveniente para su autonomía de conciencia. Y también tiene algo de religioso, tiene que pensar qué religiosidad o no pone ahí. La religiosidad que conviene al militante, si no se es sacerdote o pastor, y si no se está en ninguna iglesia, es tener una suerte de remota sacralidad puesta en términos laicos.

APU: En este presente usted está marcando también ciertas discusiones con la mitología peronista. En “678” discute bastante las lógicas de cómo superar en algún punto esos marcos y cómo encontrar los nuevos.

HG: Es un tema muy duro este. Pasé muchos años en los bordes del peronismo y mi origen político no es el peronismo sino la izquierda universitaria. Los años del peronismo fueron muchos y los más agitados de la época. Eso me da derecho a considerarme aún atesorador de una memoria del peronismo pero lo considero ese horizonte de memoria, ese tejido de memoria que es mucho y me dirá, ¿es sólo eso? ¿No es cantar la marcha hoy?
Eso no lo hago porque considero que mantengo ese tejido de memoria y me sirve para indagar el presente y quizás formularme de vez en cuando la idea de, ni siquiera de renovar el peronismo, eso ya pasó y dio lo que dio. La idea de pensar que como surgió el peronismo, tomando del peronismo lo que sea necesario de memoria, de tejido anímico, pueden surgir otros movimientos sociales más diáfanos en la historia argentina y que conserven la misma vitalidad popular que el peronismo tuvo y que repiensen sus textos, sus cartillas, la forma de liderazgo, esta es la época para hacer eso.

APU: ¿Por qué le parece tan importante que pase eso? ¿Por qué el peronismo no podría darlo?

HG: Porque el peronismo tiene resueltos ciertos problemas que son los que correspondían a los años que van del ´40 a los ´70, y cuando un pensamiento se torna exclusivamente litúrgico, corre el riesgo de no poder pensar enteramente los nuevos problemas. Los nuevos problemas son: una sociedad heterogénea, nuevas tecnologías que interpreto según los días de forma cambiante, nuevas discursividades, lo que los sociólogos suelen llamar vagamente nuevos consumos culturales. El peronismo es producto de una sociedad más homogénea. El desafío de pensar esta sociedad que da identidades difusas, que por comodidades llamamos caceroleros pero tampoco contiene toda la ambigüedad; entonces, es necesario que uno tenga que pensar nuevas indumentarias también.

APU: ¿Le parece que tanto Néstor como Cristina en la construcción discursiva que hacen apuestan a eso, a que aparezcan otros discursos?

HG: Creo que sí, los dos. A veces se nota más a veces menos. Hay ciertos discursos de Cristina que dice “Yo soy peronista”, y se puede interpretar de muchas maneras, como todo lo que dice Cristina, es reacio a la interpretación fácil. Cristina no es un personaje fácilmente interpretable, tiene una discursividad nueva en la Argentina, que alcanza desde enunciados estatales claros hasta palabras tomadas de la coloquialidad más directa. El pasaje de arriba hacia abajo en los niveles del lenguaje es nuevo en Argentina, es una voz estatal y pública que al mismo tiempo recoge todos los detritus del idioma social. Eso la hace muy interesante y la hace deslizarse hacia zonas del lenguaje que enseguida son capturadas por la prensa opositora que se hace festines con eso, pero a Cristina parece no importarle. Cada vez que escucho esas cosas me agarro la cabeza, además yo no hablo así, que puede estar mal, hablo de una forma con velocidad crucero, no bajo a buscar materiales al lugar más barroso.
Cristina sí lo hace y eso le da una peculiaridad que va a quedar como memoria discursiva en Argentina. En eso superan el peronismo, tanto Cristina como Néstor Kirchner y al mismo tiempo se vuelve permanentemente, ese es el movimiento que hay hoy. En todos está la tentación de pasar a otro capítulo en la historia y en todos está la reflexión un poco temerosa, con justificación, de que si ese pasaje nos lleva a un lugar sin banderas, sin memoria, sin entidad. Dependiendo del momento pero de tanto en tanto hay quienes quieren explorar las afueras, como tantos han hecho, y sin embargo vuelve a lo conocido.

APU: En “678” tuvo un debate con José Pablo Feinmann, quien está recuperando una discusión un poco más clásica, referida a izquierdas y derechas peronistas.

HG: Es un historiador, hizo una gran historia del peronismo que muchos le cuestionan por algo que yo no veo cuestionable, sino que ahí veo su fuerza que es su biografía personal. Muchos piensan “¿qué derecho tiene alguien de escribir una historia del peronismo donde está su biografía con sus temores, sus avances, sus retrocesos?”. Creo que es el estilo de Feinmann, es un estilo que yo valoro mucho porque tiene una legibilidad total sin ser vulgar y tiene un núcleo folletinesco sin dejar de tener la gravedad y la tragedia de la historia. Eso lo valoro, he discutido mucho sobre Feinmann con la gente que piensa que la historia del peronismo la escriben historiadores con los papeles en la mano, la adaptación correcta y la hipótesis del caso. Feinmann hizo una historia personalizada del peronismo, novelada aunque también él tenga documentos en la mano y creo que eso es una contribución importante.

APU: En esta actualidad pensar en esos términos de izquierda y derecha peronista y esos temores que él visualiza ¿Cómo los analiza?

HG: Discuto mucho con José porque es un amigo de hace muchos años, esa amistad ha pasado por muchas etapas, alguna muy crítica, todavía me lo recuerda. No es que no siga criticando cosas que dice, pero a nuestra edad ahora tenemos diálogos para seguir apelando a nuestro núcleo de amistad. En mi diccionario siguen existiendo palabras de izquierda y de derecha, un poco provisoriamente. Por ejemplo, si analizo el cacerolazo y le veo muchos matices pero, para no perderme en los matices, le pongo derecha, neoderecha, un poco para recordarme a mí mismo qué efectos de neoderecha va a tener y está teniendo eso. Por más que uno vea cositas de acá cositas de allá y no quiera caer en esquematismos, pero si no querés caer en ningún esquematismo diluís la historia de un conjunto de hechos erráticos, pulverizados en una especie de fragmentarismo histórico que me impide ver que hay amenazas a conquistas democráticas efectivizadas en la Argentina. Después podés seguir pensando nuevas situaciones de la multiplicidad de casos que hay sembrados ahí adentro.
Me niego tanto a estereotiparlo como a no utilizar como ideas las viejas palabras de un diccionario del Siglo XIX o XX, que diría neoderechas, en formación con un origen novedoso y efectos que se pueden comprobar que impactan a la vida social de manera que todavía deberá seguir siendo considerada. Usando con prudencia esas palabras las sigo manteniendo. Si se las sacara por entero habría que recurrir al hilo libertario de la historia; el libertarismo es un componente necesario a cualquier orientación política, diría que menos de la derecha pero no lo descartaría también estilos libertarios en cualquier mundo ideológico más cerrado.
Porque el militante que no es libertario, esté donde esté, pierde un poco la capacidad de reflexionar sobre sus actos. El libertarismo es imprescindible en movimientos donde hay presencia de liderazgo fuerte, como siempre fue el peronismo, antes y ahora. El líder o el conductor también está obligado a ser libertario y que no te sorprenda que muchas cosas de Perón tenían ese origen, es indudable, militar, alguien que dio órdenes a la luz de lo público a una gran masa social, órdenes oscuras también, todo eso se puede decir que es Perón. Al mismo tiempo sus expresiones “soy medio anarquista”… todo eso nos lleva a la famosa figura de Artaúd, el anarquista coronado.
Hay un poder, pero no es nada ese poder si no se piensa que tiene que juntar en sí todo lo que la humanidad dio en materia de orden, de desorden, de libertades, de concentraciones de la orden. El libertarismo basado en sus propias fuerzas tiene una incapacidad organizativa que tarde o temprano se paga fuerte pero un poder concentrado sin una conciencia libertaria también paga fuerte su cerrazón litúrgica y veo que esto es un foco de discusión actual.

Fuente: Agencia Paco Urondo

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