“EN EL NOSOTROS NO SE PIERDE LA INDIVIDUALIDAD, SE FORTIFICA”

 

Fuente: Nos Digital

En el Centro Cultural Barracas los vecinos viven y su participación en los mensajes de las obras es determinante. Ricardo Talento, su director, es quien maneja los hilos y quien defiende hace 15 años al teatro como un elemento que sirve para luchar contra la xenofobia, contra la discriminación y contra la gente que no se relaciona con gente. El mensaje de base es simple: “Acá somos todos iguales y construimos lo mismo”.

Fotos: Nos Digital.

Si el Sombrerero Loco y el conejo de Lewis Carroll terminaran con la paparruchada del té y del feliz no cumpleaños, y decidieran finalmente encamarse y tener un hijo (vamos, un poco de imaginación…), engendrarían algo parecido a Ricardo Talento, uno de los principales exponentes del teatro comunitario argentino. Un tipo de bigote excéntrico, mente lúcida y un apellido con la virtud de la oportunidad, que decidió usar su formación artística para mejorar la comunidad junto a sus vecinos. ¿Cómo? Antes que nada, conociéndolos.   
Desde el Circuito Cultural Barracas, una sala alquilada con puertas pintadas y plantas de mentirita que dirige desde hace 15 años exactos, lleva adelante un grupo de teatro vecinal que se preocupa primero por transmitir un mensaje y, después, por la poética. Formado en actuación, dirección y dramaturgia, luego de pasar por distintas corrientes teatrales, Talento finalmente se abocó al barrio y se encariñó con él.
- ¿Cómo deciden qué obra encarar?
- Los proyectos van surgiendo a partir de improvisaciones y de las necesidades de los vecinos. En GPS Barrial (turismo humano), por ejemplo, hacemos una broma y decimos que Barracas es el único lugar donde existen relaciones humanas y, por ello, empiezan a caer turistas. Como realmente no es así, la murga le empieza a mentir a los turistas para hacerles creer que está todo bárbaro. Cuando el turista dice “Hay un bache”, ellos responden que es un yacimiento arqueológico urbano para que los chicos sepan que antes había tierra en las calles. Con esa ironía, estamos contando nuestra historia, nuestras costumbres. Lo que a mí me asombra es que los vecinos siempre la pegan con lo que quieren contar. En el ´95, el vecino se preguntaba qué pasaba que había chicos comiendo en los tachos de basura o aspirando Suprabond. Ellos no sabían qué hacer con eso. Y ahí surgió Los chicos del cordel. Se trataba sobre una mujer del barrio que no dejaba de parir, entonces colgaba a sus hijos en una soga. El Casamiento de Anita y Mirko fue en el 2001, cuando los vecinos quisieron hacer una fiesta para contrarrestar la dureza de la calle.
- ¿Participa mucha gente humilde?
- Están mezclados. Estos proyectos son más de clase media, media baja. Creo que es lo interesante porque yo insisto en que si la clase media no es el puente de integración y empieza a ser xenófoba y a desconfiar de todo el mundo, sonamos. En estos proyectos se ve que se puede. Tenés desde el ingeniero que trabaja en la empresa más grande, al taxista que está desocupado o la señora que vive en la villa y viene con toda su familia. Acá somos todos iguales y construimos lo mismo.
Acabo de venir de Medellín (Colombia), en donde hace 15 años se mataban a tiros, y desde lo cultural, y haciéndolo en serio (porque abrieron centros culturales, canchas de fútbol, gimnasios), revirtieron el tema. No eliminaron la droga, pero lograron que el único objetivo de los chicos no sea pertenecer a un cartel. Además, acá hay un concepto muy esquemático de cuáles son los sectores en riesgo. Generalmente se cree que son los que tienen menos posibilidades económicas y yo creo que el sector en riesgo es el sector medio.
- ¿Por qué?
- Porque varía sus pensamientos, sus ideologías. Sus líneas de pensamiento están dadas por medios hegemónicos. Si vos vas a la villa, están más organizados. El sector medio está encerrado; en sus departamentos, en su familia, en sus pequeños círculos. Y mientras siga así, es un sector en riesgo. Un día opina una cosa y otro día opina otra porque salió en tal diario. Vive con miedo, cree que permanece conectado, pero en realidad no tiene encuentros personales o son muy pocos. Ahí se va a producir el gran cambio si se logra volver al contacto con el vecino.
- ¿Qué aprendés vos de los vecinos?
- Una sensación de amparo y de confianza. El hecho de que te conozcan y vos los conozcas. Porque el miedo viene de no conocer al de la puerta de al lado. Eso produce terror. Ahora, si uno se tomara el trabajo de tocar el timbre y decir: “Hola, ¿qué tal? Cualquier cosa, tóqueme la puerta”, se cruza una barrera increíble, te sentís realmente seguro. El año pasado, me iba de vacaciones con toda mi familia, y dudé si avisarle al kiosquero de al lado, aunque mi ideología decía que sí. Finalmente le dije y fue bárbaro porque se robaron los medidores de AySA, se desbordó el agua y él se encargó y me solucionó el problema. El barrio no debe ser un territorio al que uno va a dormir solamente.
- ¿Notás alguna diferencia entre los chicos nacidos en democracia y los que vivieron la dictadura, en ese sentido?
- Se nota mucho sobre todo en los que hicieron la secundaria en la época de la dictadura. Les cuesta participar, interesarse. Me conecto mucho mejor con los que tienen hasta treinta, que con los más grandes. Y después con los de mi generación, con los que ya pasaron los cincuenta. Nosotros tuvimos otro nivel de participación y supimos cuándo guardarnos y cuándo volver a salir. El problema está en los que pasaron la adolescencia bajo un régimen de terror, que es el momento que más te marca.
- ¿Militabas?
- Sí, en el Centro de Cultura Nacional José Podestá. Estaban (Juan Carlos) Gené, Marilina Ross, Emilio Alfaro. Era una militancia desde el arte, desde lo cultural. Establecimos pautas de lo que significaba lo cultural que se siguen usando hasta ahora. Digo, los noventa fueron una revolución cultural que nos marcó (privatización, lo individual, el dinero, el lucro), y eso hay que revertirlo culturalmente. Aprender que en el nosotros no se pierde la individualidad, sino que se fortifica. Son conceptos culturales, el eje fundamental de la construcción humana.
- ¿Y qué otras pautas tenían?
- Estábamos dentro de la corriente peronista, pero establecimos que la cosa no pasaba por la lucha armada. Lo que estoy haciendo ahora tiene que ver con eso. El año que viene, si Dios quiere, va a salir un libro sobre Adhemar Bianchi (el director del grupo de teatro comunitario Catalinas Sur) y sobre mí. Él uruguayo, yo argentino. Habla de cómo esto que estamos haciendo no es producto de una inspiración y de dos tipos que se pusieron a hacer esto. Es producto de que fuimos adolescentes en los sesenta y militantes en los setenta. Es todo una continuidad. Si no, parece que la cosa surge de la inspiración mágica y no de una construcción colectiva. Eso es de Hollywood.
- ¿De qué manera llega la gente al Circuito?
- Antes se empezaba todos los marzos. Pero desde hace cuatro años, los primeros lunes de cada mes, los que quieren se integran a los talleres donde transmitimos las técnicas básicas para poder participar de los espectáculos. Porque si no, se armaban como camadas. Con la entrada continua, se pierde eso del viejo y el nuevo. Por ahí uno que entra ahora pone más energía que uno que está hace diez años. Nadie tiene que pagar ningún derecho de piso. A su vez, hacemos una integración generacional. Las divisiones por generaciones nos han hecho mucho mal y ha sido una forma de dominación. Y eso es casi único del teatro comunitario argentino, porque en otros países de Latinoamérica, por lo general, se da más con gente joven.
- Después de tantos años, ¿cómo se rejuvenecen el proyecto y las ganas?
- Con este continuo movimiento. En un momento creímos que era una debilidad, hasta que nos dimos cuenta de que era una fortaleza. Esto es un proyecto amateur, entonces al vecino, de un día para el otro, le puede cambiar la vida. Se quedó sin trabajo, se mudó, cumplió un proceso, tiene el cumpleaños de 15 de la hija. Viene cuando puede, pero siempre hay otro que toma su lugar. Eso sirve muchísimo para no tenerle miedo al nuevo. Al contrario, es una nueva cabeza, una nueva energía, un nuevo pensamiento que se integra a lo que ya está funcionando.
- ¿De cuántas personas son los elencos?
- Mínimo 50 personas. Cada personaje tiene distintas versiones. Depende del día, cambia el vecino. El compromiso es mucho más de lo que uno cree, la gente no cobra. Todos nosotros pagamos una pequeña cuota mensual que, cuando el proyecto es más grande, es casi simbólica. Es el símbolo de la autogestión: cómo conseguir recursos, cómo relacionarse con el dinero público y con las empresas privadas que están en el barrio. Es una continua retransmisión de saberes horizontales. Uno sabe de violín y le enseña a otro. En realidad, nadie está formado como concertista de violín pero, quizás, a uno le gustó y ahí sí va a un conservatorio. Lo bueno es que pudo probar el instrumento acá antes.
- ¿Cómo funciona la dirección?
- Los que están a cargo tienen que saber. El arte no es democrático. No se puede votar. Tiene que haber alguien que decida y debe estar capacitado. Esos son los que están profesionalizados en estos grupos. Cuanto más se profesionaliza compañeros, más se enriquece el proyecto y más amateur pueden ser los vecinos, más amparados están.
A mediados de marzo se repondrá El Loquero de Doña Cordelia, un espectáculo sobre las pequeñas trampas de cada día: los locos del barrio, influenciados por el Bicentenario, han decidido refundar la Revolución de Mayo. En el fondo, lo que Talento y su séquito de vecinos proponen revelar con esta obra, es que consideran a este tiempo uno bueno para rever varias construcciones. “¿Qué hubiera pasado a nivel social, ético, si en el mundial de 1986 Maradona hubiera dicho: ´No, señor. No cobre el gol, lo hice con la mano´?”, reflexiona Talento. “Como sociedad le dimos carácter místico a una trampa, porque se la llamó la mano de Dios”.
Talento está convencido y es optimista. Es él quien ahora se pone en el rol del entrevistador y pregunta: “¿Por qué hacerse los locos para pensar otro mundo posible? ¿Desde la cordura no se puede?” Y no sabemos qué decirle.

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