PRIMARIAS: EL INSTRUMENTO QUE SE COLMÓ DE CONTRADICCIONES

primarias

Por Federico Dalponte
Aunque desde hace meses se conocen los nombres de los principales candidatos a presidente, recién el pasado 10 de julio comenzó formalmente la campaña para las elecciones primarias. Poco o nada, lo que quedó del anhelo de profundizar la democracia.
Remataron la nota dirigida al Congreso Nacional con un distinguido “Dios guarde a vuestra honorabilidad” y firmaron: Cristina Fernández de Kirchner, Aníbal Fernández y Florencio Randazzo. Ese 28 de octubre de 2009, día en que enviaron al Congreso el proyecto de ley de primarias abiertas, ninguno de los tres sabía que ella, la presidenta, utilizaría en 2015 todo su poder de persuasión para permitirle a uno ser precandidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires e impedirle al otro ser precandidato a presidente.
La norma finalmente sancionada llevó el número 26.571 y se tituló “Ley de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral”. Pero no obstante las modificaciones introducidas respecto a la organización de los partidos políticos, su financiamiento y la declamada modernización del Código Electoral Nacional, lo sustancial de la ley, sin dudas, fue la instauración de las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). En concreto: los candidatos, seleccionados hasta ese momento por lo partidos políticos, pasarían a ser elegidos por el total de la ciudadanía.
En el término de un mes, que es lo que dura la campaña electoral para las primarias, los precandidatos nacionales deben darse a conocer entre los más de 30 millones de personas habilitadas para votar y así luego asumir, si ganan, la representación exclusiva de su partido político en los comicios generales.
“La renovación en el seno de los partidos y en la selección de sus candidatos debe ser una tarea activamente buscada por toda la sociedad”, dijo el Poder Ejecutivo en su mensaje de elevación del proyecto al Congreso. Y así fue: los partidos políticos mayoritarios se desentendieron entonces de la promoción de candidatos y la tarea se transformó en un asunto meramente individual.
Con mayor o menor identidad ideológica, lo cierto es que las candidaturas que más acaparan la atención mediática suelen construirse por fuera de los partidos.
Ejemplos sobran: antes y después de la ley de primarias, Elisa Carrió fue candidata por las agrupaciones Afirmación para una República Igualitaria en 2003 y 2005, por Coalición Cívica en 2007 y 2011, por Acuerdo Cívico y Social en 2009, por Unen en 2013 y lo es por Cambiemos en 2015. Y en igual sentido, en un caso paradigmático del raquitismo del sistema político, Sergio Massa fundó su Frente Renovador, partido con el que ganó en 2013 las elecciones legislativas en el mayor distrito del país, apenas seis semanas antes de las primarias.
El anhelo de “profundizar la democracia en el interior de los partidos políticos” –siempre según el mensaje presidencial– forjó a su propia némesis: sólo los candidatos que cuentan con los recursos económicos, políticos y mediáticos suficientes pueden, con o sin aval partidario, difundir su candidatura seis, ocho, doce meses antes de las primarias.
La democracia argentina no sólo otorga derechos políticos a los pudientes y poderosos, pero a la vista queda que el sistema imperante les permite a diez ricos construir en dos meses lo que a mil pobres les llevaría décadas.

Dudas…
Una de las grandes perplejidades generadas a raíz de la implementación del sistema de primarias es, precisamente, el escaso uso de la herramienta por parte de los diversos partidos políticos.
“Estas organizaciones siempre corren el riesgo de generar y perpetuar cúpulas poco representativas de sus bases”, dijo el Poder Ejecutivo en 2009. En 2011, ninguna de las diez agrupaciones inscriptas para los comicios presidenciales sometió a primarias la elección de su candidato.
En 2015, sólo tres de las nueve agrupaciones aspirantes se someterá a las primarias, aunque en dos de ellas –frentes Cambiemos de Mauricio Macri y Una Nueva Alternativa de Sergio Massa– los ganadores están prácticamente definidos.
Pero en la lista de perplejidades también se destaca el artículo 19 de la ley. Lo que pareciera una mera declaración formal sobre lo obvio –“Todas las agrupaciones políticas procederán en forma obligatoria a seleccionar sus candidatos (…) mediante elecciones primarias”– concluye con una afirmación discordante: “Aun en aquellos casos en que se presentare una sola lista”.
Las consecuencias, a la vista: con agrupaciones políticas que presentan a un postulante único, las primarias sirven exclusivamente como una formidable encuesta, como un grosero ensayo que podría evitarse si sólo participaran de esta instancia los partidos que sí diriman allí sus candidaturas.

… y certezas
Un factor decisivo para la promoción de la ley de primarias fue el propósito, explícito en los fundamentos del proyecto, de reducir la cantidad de partidos de alcance nacional. Eran una treintena al momento de la sanción de la ley y se procuró disminuir las opciones para favorecer a los partidos mayoritarios.
Así, se imaginó un reagrupamiento de las expresiones tradicionales que jamás se concretó. Lejos de eso, se mantuvieron las principales características del sistema político argentino: multiplicidad de candidatos de origen peronista en los comicios generales –Cristina Kirchner, Eduardo Duhalde y Alberto Rodríguez Saá en 2011; Daniel Scioli, Sergio Massa y Adolfo Rodríguez Saá en 2015–, inestabilidad de las agrupaciones centristas –Frente Amplio Progresista, Unión para el Desarrollo Social y Coalición Cívica se convirtieron, tras cuatro años, en los frentes Cambiemos y Progresistas– y fragmentación de las opciones de izquierda –tras la experiencia en 2011 del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, este año serán cuatro las alternativas.
En rigor, lo que pretendió ser el fortalecimiento de los partidos políticos terminó siendo la acentuación de su debilitamiento a manos de los candidatos. Para muestra, basta observar su fluctuación de elección a elección. Los partidos ya no sólo no eligen a sus propios candidatos, sino que ahora son los candidatos los que eligen a través de qué partido van a competir. Y si el candidato cuenta con fuentes de financiamiento propias o con inversores, incluso puede fundar y ser dueño de su propia agrupación. El tiempo medirá los efectos y la democracia, por su parte, esperará.

Fuente: Notas

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