Nadie nos arrastro a la muerte

Por:  Raúl Oscar Ruiz Huidobro

Como viejo militante del PRT que todavía sobrevive ladrando a veces hasta la luna, no soy de entrar en polémicas con los hombres y mujeres que nos acusaban de ser hasta agentes de la CIA para autojustificarse por no ser capaces de ser coherentes entre lo que dicen y lo que hacen o simplemente por dejar toda responsabilidad de hacer y aportar la sangre a la vanguardia de nuestra clase o a la clase o pueblo que dicen querer liberar. Pero al leer a Kelu Antu que acusa a algún compañero de mandar a la muerte a otro compañero, no solo que me quede ciego, sino que hasta el puma que llevo oculto en la sangre se me desbocó irremediablemente. En ese escenario, traté de volver a la fuente, y desde el hueso del partido alumbrándome me retroalimento del amor, la entrega, la ternura, el coraje y la voluntad de poder que nos abrigaba a todos.


En primer lugar le digo a Kelu Antu que a mi tampoco nadie me mando al noviar o confrontar con la muerte, fui al todo o nada por voluntad propia. Por eso estoy orgulloso de haber pertenecido al PRT. En segundo lugar le quiero dejar bien en claro que con responsabilidad y orgullo me hice cargo en la militancia cotidiana y hasta con el cuerpo en las salas de torturas de la Policía Federal y del campo de concentración “La Jefatura” de San Miguel de Tucumán, y sigo haciéndome cargo de todo lo que pueda haber hecho como partido, y como ERP, Compañía de Monte incluida.
Retrotrayéndome en el tiempo, intentare garabatear algunos trazos de los porque y los para que nos jugamos y nos batimos amando. En ese sentido lamento que Kelu Antu no pudiera o pueda sentir en lo más hondo de su materia lo que sentimos nosotros para ser capaces de dar todo por todos. Tal vez Kelu Antu si Usted, hubiese sentido esa rara mezcla de intuición e instinto de clase, ese otro extraño cóctel de inocencia y bronca, o porque no esa alquimia que amalgamaba la credibilidad en el otro que abría la puerta de aspirante eterno a hombre nuevo por el cual empezamos a sentir la comezón de la militancia, quien dice que no pudiera entendernos o haberse jugado con nosotros. De haber vivido esto, a lo mejor, porque no, hubiese entendido que esencialmente por amor al otro se podía y se puede entregar todo y no es necesario que nadie lo mande a la muerte.
En la militancia, fuimos aprendiendo una nueva concepción de vida. Tambien empezamos a crecer y desde lo pequeño a lo grande. Los compañeros como Santucho, Pujals, Urteaga, Gorriaran Merlo, Fote, la Sayo Villarreal, Clarisa Lea Place o tantos otros nos fueron alimentando la intuición de clase con conciencia de clase. Marx, Lenín, Trosky, Fidel, Ché, el tío Ho, Giap, Le Duan, entonces nos daban la razón de ser científica que alimentaba al amor y la entrega en la lucha diaria.
Kelu, tal vez no entienda que para insertar en las condiciones generales de la existencia colectiva sojuzgada por la injusta violencia del atraso, una cultura liberadora que alcance el pan, la paz, la libertad y la felicidad, no se podía, ni se puede hacerlo sin ruptura ni conflicto. En ese sentido, puedo asegurar que la injusta violencia del atraso es la que hace parir a la justa violencia del amor. La justa violencia del amor, entonces fue parida y galvanizada por la injusta violencia del atraso, esa injusta violencia estructural y directa que desarrollaba y desarrolla el sistema capitalista.
La importancia del ejemplo, la voluntad de poder expresada en una práctica coherente de los revolucionarios con Mao, Fidel y el Ché a la cabeza y el peso que todos ellos le atribuían a la violencia del amor, expresada en su último escalón de la toma de conciencia y ruptura con el orden impuesto, el de la lucha armada rural y urbana creó las condiciones para que nosotros tomáramos la posta.
La justa violencia del amor, expresada en la lucha armada en general, se expresó en actos violentos como última forma de defender a la especie humana y terminar con la injusta violencia del atraso. Esta justa lucha revolucionaria por la dignidad y la felicidad plena para todos – por obra y gracia de las mass media o terrorismo mediático del sistema – ha sido instalada en el consciente colectivo o el común denominador de nuestro pueblo como producto de la irracionalidad. Así, los que luchan y asumen todo el compromiso a favor de su clase y pueblo, en vez de ser un hombre que por amor defiende a su especie termina siendo un “idiota útil mandado al muere”,”un tira bomba”, u otro “demonio asesino” negador del sistemático de la ley y el orden establecido por el sistema.
Si bien todos los militantes luchábamos con la contradicción aparente de que “la paz es nuestra, por ella luchamos”, en el fondo asumíamos con la resolución de esa contradicción que toda violencia por la violencia misma era un signo de fracaso. Por eso, también sosteníamos que para realizarse en plena libertad, se debía responder a la injusta violencia del sistema con la justa violencia que por principio condenábamos.
Dicho de otra forma, sí toda la trama de las relaciones sociales, políticas, económicas, culturales e ideológicas colectivas estaba impregnada y socavada por la injusta violencia del sistema. Inevitablemente había que hacer uso de la justa violencia necesaria para poder destruir la racionalidad agresiva, instrumental, estructural y represora que oprimía los espíritus  y explotaba los cuerpos en esencia libres de la sociedad y sistema en decadencia que no podía ni puede satifascer las aspiraciones de las masas del planeta. 
En definitiva Kelu Antu, sería importante que entienda que no fue, ni será posible aceptar la idea de la paz de los cementerios que ofrecía y ofrece el sistema. Paz, según la cual todo atraso, sumisión, servidumbre, y toda muerte como consecuencia de la aplicación de la  injusta violencia del atraso, era una suerte civilizada y cristiana de aceptar el destino y era mejor que la reacción defensiva de la vanguardia y las masas oprimidas y explotadas que asumían la justa violencia del amor a través de las armas, como última forma para alcanzar y garantizar el acceso definitivo a una vida digna, con felicidad plena, creatividad ilimitada y a una sociedad donde el pan, la paz y la libertad para todo ser humano no sea una utopía.
Como podrá apreciar Kelu Antu, jamás nadie nos arrastró a la muerte. Ella – la muerte- jamás pudo paralizarnos. No se equivoque de nuevo pensando que estábamos o estamos locos. No, el amor por una vida en felicidad plena era y es más fuerte que la muerte. Por eso, a pesar que éramos conscientes que podíamos morir en la lucha, entre nuestras tácticas y estrategias, jamás se la formulaba como un obstáculo. En el amor y con la alegría con que nos entregábamos a la lucha revolucionaria la muerte jamás pudo detenernos. Por eso, Kelu Antu, me despido de usted, con un AVOMPLA, que no era, ni es otra cosa que grito consciente con que íbamos al combate “A vencer o morir por la Argentina”.

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