MURIÓ EL GENOCIDA VIDELA

Por Raul Oscar Ruiz Huidobro

Pasaron algunas horas y estoy cayendo. Murió el genocida. Falleció nomas de muerte natural el asesino. Reventó el secuestrador de nuestros compañeros, hermanos e hijos. Confieso que no puedo escribir con el escaso razonamiento que me habita. Escribo entonces con letras llenas de deserción literaria y más llenas aún de ausencias. Espero que sepan disculparme. Hoy, no siento alegría, siento un poco más de dolor que de costumbre.

Claro que mi dolor es parte de los que nos acostumbramos al luto desde jóvenes y no pasa solamente con la muerte de este sádico y coherente hijo de puta. Ese sufrimiento que nos persigue como la sombra de nuestro destino de perro fiel, no se cancela con el fallecimiento de este sanguinario.

Tal vez por eso, estoy pensando en la familia del dictador. Ellos cuando nosotros andábamos estrenando los DNI – o sin votos estampados en las libretas de enrolamiento – no sintieron el filo de la guadañas que a nuestra juventud les rasgaba una parte de la bella alegría de la lucha. Tampoco vivieron más de 37 años sufriendo por las risas de las flores que nos faltan.
Por ello, a pesar que no sintieron lo que como changuitos nomás supimos sentir cuando comenzamos a llorar nuestros caídos. Sé que hoy lloraran al criminal. Claro, que no me duele su dolor, porque ellos, no supieron sentir lo que como Gurises sentimos cuando la represión nos tatuó el alma con ausencias. Tampoco me regocijo con el llanto de la familia de ellos, a pesar que ellos no conocieron el sufrimiento que de pibitos sentimos cuando no solo vimos caer a nuestros abuelos de muerte natural, sino que también vimos caer a nuestros hermanos de clase, que aunque no se pueda creer eran nuestra mejor familia.
Desde aquí no siento el dolor de ellos y pienso: ¡Palmó Videla! ¡Qué lástima! Confieso que me sube un poco la nostalgia de la adrenalina. ¡Ya no podré ir a la avenida Cabildo a putearlo si le volvían a dar prisión domiciliaria! ¡Tampoco podré disfrutar nunca más como cuando lo veía salir esposado de algún juzgado!
Entonces me pienso y confieso que estoy terminando de escribir en esta compu con sesenta mil manos que no están pero siempre vienen con nosotros y que me dan fuerzas los miles de compañeros y compañeras que cayeron en las calles, casas, diagonales, plazas y montañas combatiendo a la injusta violencia del atraso y la muerte con la justa violencia del amor por la vida.

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