MAURICIO MACRI: LA TEORÍA DEL GESTOR HONESTO

macrigestor

Por Federico Dalponte
Éste fue definitivamente el año de Mauricio Macri. Tanto la osada y triunfante selección de su sucesor al frente del gobierno porteño como la consolidación exitosa de su armado político nacional, se perfeccionan ahora con el privilegio de estar a un paso de la presidencia.
Pero tanto como el mérito de la estratagema, resulta notoria también su capacidad para mantenerse en la escena política argentina convenciendo al electorado de que es un político sin ideología, sin doctrina, sin creencias, que no está amarrado a ninguna convicción y que en definitiva es capaz de gestionar de la manera que cada momento requiera.
Y aun más: es notable que haya logrado convencer a más de ocho millones de personas de que ese lastre dogmático que configura la ideología es un vicio propio del kirchnerismo y de los votantes de izquierda, una mala palabra, una nostalgia de un mundo bipolar extinto.
“Hay que escuchar a la gente y no enamorarse de un modelo ideológico”, dijo en marzo pasado ante el directorio de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA).
Según pregona el candidato de Cambiemos, el futuro viene de la mano de la gestión, del buen funcionamiento de ese Estado convertido hoy en una maquinaria enorme, burocrática y deficiente. Hay que despolitizar, despojar de la administración gubernamental cualquier atisbo de ideología.
Contra ese muro de concreto levantado sobre sí mismo chocan las críticas más feroces de los adversarios de Mauricio Macri. En el tramo final de una campaña que consagrará al reemplazante de Cristina Fernández, no hay apelación posible al «noventismo» ni al trágico final del último gobierno no-peronista que logre inquietarlo.
Las críticas del oficialismo -principal interesado hoy en día en desprestigiar el discurso macrista- se agolpan insulsas frente a dos problemas: el primero, se sabe, es que el candidato del Frente para la Victoria se parece más de lo conveniente a su contrincante; y el segundo es que la virulencia de los ataques refuerzan el discurso provocativo y mordaz que tanto desprestigió al gobierno nacional.
Mientras tanto, a la espera de las bendiciones de Sergio Massa y Adolfo Rodríguez Saá, Macri apuesta mansamente a recibir esos golpes y a hacerse fuerte con ese mentado perfil de gestor eficiente, de administrador honesto, de dirigente desapasionado, desprovisto de toda atadura ideológica.

El costo del servicio
Macri no lo sabe, pero cuando confiesa su admiración por Julio Argentino Roca también se enamora, abraza con fervor su propia ideología inconfesa, su pasión militante.
Admirar a un político reconocido por la sanguinaria masacre indígena, por las leyes represivas, por la instauración del servicio militar obligatorio, por el endeudamiento, por el uso fraudulento y excluyente del sistema político es también ideología.
Como lo es de igual modo creer que los servicios que presta el Estado no deben ser deficitarios. “No podemos perder dos millones de pesos diarios con Aerolíneas”, sostuvo el año pasado en un almuerzo organizado por la Fundación Mediterráneo.
Perder plata, la ecuación económica como determinante de la política. Un Estado que no pierde plata es, por consiguiente, un Estado redituable, un Estado que presta servicios con la intención de obtener ganancias, que es capaz de cobrar un precio excluyente. Tarde o temprano, un Estado que piensa en ganar dinero se termina convirtiendo en una empresa privada.
Desde que en 2012 el gobierno porteño suscribió el convenio para hacerse cargo de la administración del subte, el costo del boleto aumentó un 308% y la cantidad de pasajeros, por supuesto, se halla en una media decreciente.
“Lamentablemente no hay otra alternativa, la inflación es un monstruo que crece y crece, devora y siempre ataca primero a los que menos tienen”, reconoció Macri el año pasado para defender un nuevo aumento del pasaje.
La fijación del precio de los servicios en base a un cálculo empresarial pareciera un mero problema de gestión, excepto para aquellos que no pueden acceder al sistema, para quienes la exclusión se torna dramática.
Cuando a fines del año 2013 se instauró el sistema de inscripción online a las escuelas de la Ciudad, fueron 17 mil los alumnos que no consiguieron su vacante. Lejos de resolverse, al año siguiente la modernidad y la eficacia volvieron a dejar afuera del sistema escolar a miles de ingresantes.
En definitiva, muchas veces el dinero que demanda la prestación de un servicio es mayor que la suma de los aportes de quienes lo usufructúan. Y en término empresariales, ello es deficitario, da pérdida, no sirve.
La ideología, por tanto, no deberá buscarse en el discurso sobre su eficiencia, sino debajo, pasando desapercibida, escondida allí donde en una discusión cualquiera los legisladores de un candidato se oponen al acceso irrestricto y gratuito al sistema universitario.

El poder del que ejecuta
El modo en que se ejerce el poder también revela ideología. El reciente escándalo generado por el «caso Niembro» puso en debate la transparencia y la corrupción durante la gestión de Macri como jefe de gobierno porteño.
A días apenas de que se supiera que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires adjudicaba millonarias contrataciones a empresarios amigos, sin licitación ni publicación en el Boletín Oficial, el aspirante presidencial sostuvo, en pleno debate, que “en ocho años de gobierno no tuvimos una denuncia de corrupción”.
En efecto, no han tenido una sino varias; así lo reconoció hace algunas semanas la candidata a vicepresidenta, Gabriela Michetti, al ser consultada al respecto por el periodista Reynaldo Sietecase. “Es probable que Mauricio no las conociera”, se excusó.
Similar defensa alegó la actual vicejefa de gobierno porteño María Eugenia Vidal cuando le preguntaron sobre los múltiples vetos del ingeniero Macri a diversas leyes sancionadas por la Legislatura porteña en los últimos años.
No ha sido algo masivo, esgrimió Vidal con certera razón. La cantidad, sin embargo, importa poco frente al detalle de las normas vetadas: protección de empresas recuperadas, declaración de emergencia habitacional para impedir el desalojo de familias refugiadas en propiedades del Estado, creación de un laboratorio estatal para la producción de medicamentos, colocación de semáforos para ciegos, creación de un fondo para la localización de niños secuestrados y nacidos en cautiverio, creación de una oficina contra la trata de personas, regulación del procedimiento para la atención de los abortos no punibles, creación de un régimen de subsidios a músicos, obligatoriedad de contar con asientos para personas con obesidad en los establecimientos con atención al público, regulación de la publicidad oficial, etcétera.
Pese a ello, las cantidades son superfluas en comparación con la orientación ideológica que develan las normas vetadas. Por lo demás, ya sea triplicar la deuda externa porteña o pretender que la policía porte las polémicas pistolas Taser, detrás de cada decisión, siempre hay convicciones políticas.

Fuente: Notas

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