LUCIANO, “JUGUITO”, DAIANA Y LA VIDA DE LOS NADIES

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Por Claudia Rafael

“Siento mucha, mucha bronca. Él tiene 16 años. Su misma edad. Fue en una calle. A la noche. Todo igual. Un auto sin patente. Y es el miedo por lo peor, sabiendo lo que pasó con Luciano”. Vanesa Orieta, la mayor de los hermanos, habla de esa película en blanco y negro que no es película y que volvió a repetirse una y otra vez esa noche en su cabeza. En la cabeza de su mamá. Es la historia que se planta y hace retroceder brusca y violentamente en el tiempo hasta aquel 31 de enero de 2009. Pero fue el viernes 3 de agosto de 2012. Y no fue Luciano. Esta vez fue Mario. El mismo Mario que en aquellos días tenía apenas 13 y que entonces no entendía y se llenó de rabia. Y cómo entender si la gente no desaparece así como si nada. Si no se puede ser hoy y mañana ya no, como si jamás antes hubiera existido.

La historia es en tiempo presente. Y Mario ya no tiene 13. Por estos días tiene la misma edad que en aquel enero tenía su hermano mayor, Luciano Arruga. Igual que a él lo pararon en una esquina del barrio, a la noche, tarde. Igual que con él, quienes se interpusieron a sus pasos eran policías.

Mario Arruga vive como entonces en la misma casita de la esquina, en el barrio 12 de Octubre, en Lomas del Mirador. Apenas una manzana que obligadamente dirige los pasos hasta el potrero de a la vuelta. El viernes regresaba del trabajo, como siempre. A las 23.30, entre las sombras pertinaces de la noche, un Duna color champagne, sin patente, empezó a moverse a su paso. De ahí descendieron abruptamente dos hombres, uno de civil, otro, de uniforme. Lo increparon. Lo pusieron contra la pared. Y después de las amenazas lo dejaron ir. Lo hermanaron en ese instante feroz definitivamente con Luciano.

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“Juguito” le decían. Cuando llegó a la vida soñaron para él sueños de gloria y por eso tal vez fue Maximiliano De León. Su vida corta de 14 años no alcanzó para glorias ni para historia. Y quizás intuyéndolo, alguien le asestó el eterno “Juguito”. La suya fue una crónica profundamente roja desde siempre. Esa noche en que –dicen- fue a robar a casa de un policía con otros dos amigos, lo mataron por la espalda. En su cuerpo niño, de las seis entró una bala de la 9 milímetros reglamentaria y se quedó alojada sin más respiros que los de unas pocas cuadras que, ni siquiera, le dejaron llegar con vida al hospital.

Nació y murió en La Plata. Vivía con su mamá y su abuela. Julián Axat –defensor oficial y colaborador habitual de APe- definió: fue “ejecución sumaria: no hubo enfrentamiento ni cruce de disparos”. El cabo Daniel Mannarino cumplió con su deber y frenó al delito asestándole un tiro por la espalda. “El chico se encontraba en estado de vulnerabilidad, y no se hizo nada sobre su persona para restituirle los derechos”, contó Julián. “Los funcionarios no dieron respuestas integrales, en su competencia, para evitar que al niño se lo criminalizara hasta el momento de su muerte”.

Como A.D. el chico platense de 13 años. Perdido. Anónimo. Fugado. Encerrado. Escapado. Con drogas en los pulmones y la sangre desde los ocho años. Hundido. Olvidado. Vulnerado. Internado. Una y mil veces. Con un Estado rabiosamente instalado en A.D. y en “Juguito” para fusilarlos de muerte temprana. Para empujarlos al odio y a querer sacudir las espadas de la violencia sobre el mundo entero que abruma. Para arrinconarlos a aspirar hasta matar o morir. Ante atentos espectadores, listos para aplaudir.

La muerte de pibes como “Juguito”, las ausencias (o regresos, ¿qué importa? Da igual) de A.D. no se evitan. Se sirven en bandeja.

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“Cuando nosotros empezamos a denunciar lo que había pasado con Luciano, lo ubicamos como ejemplo de lo que pasa con tantos pibes en los barrios como el nuestro. Un ejemplo de los pibes a los que la policía trata de cooptar para robar, de los pibes muertos por gatillo fácil, de los pibes que son criminalizados, de los pibes sobre los que reclaman más y más mano dura. Y por todos ellos inundan los barrios de fuerzas de seguridad. Y los niños crecen viendo gendarmes que caminan con itakas en las manos. Y naturalizan esa vida cotidiana rodeada de maldita policía, de bonaerense II, de hombres de uniforme que profundizan esa criminalización, avalados por sectores judiciales, por sectores políticos”, dice Vanesa Orieta.

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Daiana Lorena Santos. 19 años. Padecía síndrome de esquizofrenia. Además, estaba postrada en silla de ruedas. Vivía en Quilmes hasta el final de julio. Hasta ese día en que un comando GAD (Grupo Apoyo Departamental) y de la Comisaría 3ª irrumpieron en su casa. 18 oficiales de policía coparon cada habitación. Estaban sólo ella y sus padres en la casita. Daiana estaba en la cama. Y escuchó los ruidos. Intentó, como pudo, incorporarse y pasar a la silla de ruedas. Entonces el policía Jorge González le disparó: “sintió un ruido raro y se asustó”, dijeron sus compañeros. Ni siquiera llegó con vida al dispensario del municipio. Murió en el camino.

La vida, en los barrios del olvido eterno, parece no tener sentido para el poder. Una, dos, diez balas. Todo vale. Todo sirve. Es un juego macabro en el que el reglamento es el de ellos. Lo instalan. Lo modifican. Lo rehacen. Lo destruyen. Porque hay, en definitiva, líneas claras que guían la historia. Que dividen el ellos del nosotros. Que definen quién sí, quién no. Que establecen bajo qué bala, bajo qué olvido, bajo qué estigma quedará pincelada cada crónica. Que diseñan de qué modo y en qué preciso momento cada “Juguito”, cada A.D., pisarán el círculo que los irá desangelando y les arrancará el nombre, la historia breve, los amores, los miedos hasta deglutirlos y devolverlos nadies.

Fuente: Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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