LOS RICOS NO PIDEN PERMISO

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Por Ulises Bosia
La apertura de sesiones legislativas mostró a un gobierno con vocación de confrontación y de llevar a fondo su política. La construcción de la “herencia recibida” no sólo justifica sus medidas recientes sino las que vienen.
En la previa del primer discurso de apertura de sesiones legislativas del presidente Mauricio Macri se debatía si pondría el acento en sus propuestas a futuro, a tono con el marketing “PRO” y el objetivo de “unir a los argentinos”, o si en cambio se dedicaría a detallar la “pesada herencia” de los años kirchneristas.
A poco de empezar quedó claro que las palabras del presidente serían de abierta confrontación. ¿Por qué lo hace de esa manera? Porque construir un diagnóstico catastrófico es una necesidad para justificar su política de ajuste, endeudamiento y desindustrialización.

El carro y el caballo
Las medidas del gobierno no son el resultado de un diagnóstico de los problemas políticos y económicos de la realidad nacional sino las políticas que necesita el gran capital exportador, las trasnacionales y la banca. Ese es el significado concreto del “sinceramiento” de la economía que vienen reclamando hace varios años.
Es decir que en lugar de proponer políticas que resuelvan los problemas económicos de nuestro país, el macrismo primero formuló las medidas que necesitaba en función de sus propios intereses inconfesables y después construyó el diagnóstico que las justifica. Instalar con fuerza ese diagnóstico fue uno de los objetivos principales del discurso de Macri.
En efecto, según el presidente la mayor parte de nuestros problemas son consecuencia de la “mayor presión tributaria de la historia”; de la ineficiencia, el clientelismo y la corrupción de un Estado “puesto al servicio de la militancia política”; del “aislamiento del mundo”; de la “emisión monetaria descontrolada”, definida como la causa principal de la inflación; del déficit fiscal, que debe solucionarse con una reducción del gasto público.
Nada nuevo bajo el sol. Son los mismos planteos que los economistas liberales defienden hace décadas en nuestro país y en el mundo. Son las bases de las políticas neoliberales de los años noventa y las mismas cuestiones que condujeron a la peor crisis social y política de nuestra historia en el año 2001.
No casualmente los grupos económicos no son mencionados en esta explicación. Su rol en la economía se reduce a ser víctimas de las perturbaciones del Estado. La ilusión que nos venden es la de un mercado donde rige la libre competencia entre iguales, tanto al interior del país como en las relaciones económicas internacionales, en las que no existe la dominación de las potencias y de lo que se trata es de “abrirse al mundo”.

Una primera etapa poco promisoria
Pero la construcción de este relato macrista sobre la “herencia recibida” no está hecha solamente para justificar las medidas tomadas hasta ahora, sino para las que se preparan a aplicar durante los próximos meses: un capitalismo abierto y competitivo se apoya en altos niveles de desempleo y bajos salarios en dólares; tiene su motor en las exportaciones y no en el mercado interno y el consumo popular; requiere la desintegración latinoamericana y la sumisión a los intereses de las potencias económicas.
Entre otras medidas la megadevaluación -que continúa con un dólar que ya superó los 16 pesos-, el levantamiento del mal llamado “cepo”, la quita de retenciones, los despidos, los negociados con la banca internacional al volver a endeudar al país y las subas de las tarifas de servicios ya configuraron una gran transferencia de recursos hacia los sectores concentrados de la economía. Aprovecharon la luna de miel con que cuenta todo gobierno democrático para ponerlas en práctica.
Pero el equipo económico esperaba que gracias a ellas llegara al país la famosa “lluvia de dólares” entre inversiones extranjeras, préstamos y liquidación de exportaciones agropecuarias. Con ese ingreso de divisas proyectaban mantener bajo control el precio del dólar -y la inflación consiguiente- ante la demanda de dólares producto del final del “cepo”.
Como está visto, los dólares aún no llegan y la inflación sigue subiendo al calor de la fuga de capitales. En ese contexto, el techo del 25% para las paritarias se esfumó con el acuerdo docente.
Al mismo tiempo, los anuncios sobre el impuesto a las ganancias consiguieron el resultado de unir a las tres fracciones de la CGT por su carácter contraproducente. Y el paro nacional convocado por ATE el miércoles 24 fue una importante muestra de fuerza y unidad del sector más combativo del movimiento obrero.
Este panorama condujo al gabinete económico a aceptar en toda la línea las pretensiones de los fondos buitre, al punto de ser calificados como “héroes” por el mediador de la justicia norteamericana. Si el gobierno logra conseguir los votos necesarios en el Congreso Nacional, se habrá consolidado una estafa de magnitudes históricas a los intereses de la Nación.

Vienen por todo
La clase dominante no tiene pruritos democráticos ni políticos. No se puede ser ingenuos en esto. Si necesita causar una crisis para justificar un enorme ajuste lo va a hacer, como supieron hacerlo en el pasado. Hay que recordar que la primera etapa del menemismo debió lidiar con los golpes de mercado que causaron las hiperinflaciones. Y que así se justificó el plan neoliberal. Efectivamente no piden permiso.
Tanto en el Congreso del Partido Justicialista como en el movimiento obrero puede observarse la vocación de una parte importante de la oposición de adoptar una política de colaboración con el macrismo.
Siendo así, el inicio de la resistencia social ante la nueva etapa política del país se encuentra en condiciones defensivas. Es decir que por ahora su objetivo es retroceder lo mínimo posible. La unidad popular expresada en las movilizaciones de trabajadores y trabajadoras del Estado marcó un camino. De la madurez de la militancia popular dependerá que se profundice esa línea. De otra manera el gobierno encontrará allanado el camino.

Fuente: Notas

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