LOS CIUDADANOS PALESTINOS SIEMPRE SERÁN ENEMIGOS EN UN ESTADO JUDÍO

israel o palestina

Por Amjad Iraqi
El informe de la Comisión Or sobre los acontecimientos de octubre de 2000 fue una acusación simbólica de la “doctrina del enemigo de Israel” hacia sus ciudadanos palestinos. Pero Israel no ha absorbido las lecciones del informe, ya que las demandas de igualdad siguen siendo un anatema en la razón de ser del Estado.
Hace doce años, en su informe sobre los acontecimientos de octubre 2000, la Comisión de Investigación que lleva el nombre de Or, escribió un comunicado que no tenía precedentes en la historia de la minoría palestina de Israel. Después de criticar extensivamente la conducta violenta de la policía, la comisión llegó a la conclusión: «La policía debe inculcar entre sus agentes de la inteligencia de que la comunidad árabe en su conjunto no es su enemigo y no debe ser tratada como un enemigo».
Aunque quizás no en forma intencional, la declaración de la Comisión equivale a una acusación simbólica de larga data acerca de la «doctrina del enemigo» que sostiene Israel hacia sus ciudadanos palestinos. Por primera vez, un organismo oficial israelí reconocía la hostilidad sistémica detrás de las políticas del Estado desde 1948 y determinó que esas actitudes deberían cambiar a fin de resolver las raíces de las quejas de la gente.
Doce años más tarde, sin embargo, está claro que Israel no ha incorporado las lecciones del informe. Lejos de revisar su doctrina de quién es su enemigo, el Estado la ha intensificado. Los ministros del Gobierno encargados de hacer cumplir la ley refuerzan el discurso racista para deslegitimar los derechos de los ciudadanos palestinos. El Shin Bet supervisa rutinariamente y acosa a los activistas palestinos por asistir a las manifestaciones o por escribir mensajes en las redes sociales contra las políticas israelíes. Ahora los agentes de policía tienen permiso para abrir fuego contra los palestinos que lanzan piedras en Israel tal como lo hacen contra los palestinos en los territorios ocupados.
Estas persistentes tendencias revelan que la idea del enemigo interno sigue siendo una fuerza poderosa en la política israelí. Representan a grandes porciones del público judío que sostienen al Gobierno y marginan a los críticos de sus métodos, y son la base de unión del Estado y la sociedad frente a los supuestos peligros planteados por los «otros» ciudadanos israelíes. Nadie cuestiona las políticas de violenta represión de las protestas contra la guerra, así como nadie parpadea cuando palestinos como Kheir Hamdan son injustificadamente baleados por la policía. Netanyahu ni siquiera tuvo que dar detalles el mes pasado para justificar el uso de armas de fuego real contra los árabes en el Naqab; todo lo que tenía que hacer era decir que había gente tirando piedras en el sur y el público lo entiende.
La doctrina del enemigo no sólo es intrínseca al aparato de seguridad de Israel, sino que también impregna todos los aspectos de la vida social y política. Los ciudadanos palestinos de hoy encuentran que son el blanco de leyes que niegan su derecho a vivir donde quieran, que les coartan hablar de las pérdidas de sus abuelos en la guerra de 1948 y que se les prohíbe casarse con palestinos de los territorios ocupados. Los partidos políticos árabes que quieren escaños en la Knesset se enfrentan a mociones de descalificación y campañas dirigidas contra sus plataformas y sus representantes. Contrarias a las afirmaciones de un espíritu democrático, las leyes y las políticas de Israel muestran que se teme todo lo relacionado con su minoría: su presencia, su narrativa, sus votos, y aun de sus hijos.
Hay otra cara de la situación en la que muchos ciudadanos palestinos, si no la mayoría, ven al Estado con la misma mentalidad de enemigo que el Estado los ve a ellos. Pero la hostilidad de una población discriminada hacia un estado opresivo no es lo mismo que la hostilidad de un Estado opresivo hacia una población discriminada. No es sólo el hecho de que Israel es un Estado colonial que se constituyó sobre una sociedad nativa, sino que es un Estado que hace del racismo la piedra angular de su régimen y se expande de formas aún más graves a través de su ejército de ocupación. Este sistema, que la mayoría judía considera justificado con el fin de proteger el «Estado judío», no garantiza nada a los palestinos, excepto su desigualdad permanente.
Para Israel, la solución para poner fin a su doctrina del enemigo es que los palestinos del Estado acepten una ciudadanía jerarquizada. Pero para los palestinos esto es inaceptable. Su ciudadanía no se supone que sea una herramienta maleable que se pueda configurar como la mayoría judía crea conveniente; debe ser una garantía de sus derechos a la tierra, que les pertenece a ellos tanto como pertenece a los judíos.
Por lo tanto, la lucha de los ciudadanos palestinos por la igualdad es un anatema para la razón de ser de Israel y a su vez los convierte en un enemigo permanente al que hay que vigilar y controlar. Si eso implica una lucha continua sobre la identidad y el carácter del Estado, entonces aparecen los mismos factores que impulsaron las protestas de octubre de 2000 y las igualan a las de 2015. La única esperanza de los ciudadanos palestinos es que otros se dan cuenta de que es mejor ser un enemigo de la desigualdad racial propugnada por el Estado que ser un defensor de ese régimen.

Fuente: 972mag

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