LAS PARADOJAS DE LA PROTESTA

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Por Iván Almeida*

Para el 8 de noviembre se están congregando, en forma más o menos organizada, grupos heterogéneos de personas que quieren manifestar en contra del gobierno nacional. En las convocaciones aparecen consignas de no provocar y de no dar entrevistas a la prensa. Es decir que hablarán sólo las pancartas y las cacerolas.

Ni intereses ni ideales comunes congregarán a esas personas. Tampoco el lenguaje promete ser homogéneo. Algunas pancartas manifestarán el odio, otras, la desesperanza o simplemente el cansancio.

Un estilo respetuoso podrá frotarse con evocaciones al nazismo, con insultos, y hasta con augurios de muerte. Lo que circunstancialmente reúne esta heterogeneidad es sólo el enojo frente al actual gobierno y el deseo, o la invitación, o el proyecto, de que quienes lo componen vuelvan cuanto antes a sus casas. Eso no significa que todos coincidan en una opción de reemplazo. Implícitamente sostienen que cualquier gobierno sería mejor. Ese ya es un punto de coincidencia. El segundo es una razón compartida que los lleva a querer expulsar al Gobierno; con distintas tesituras, volúmenes de voz y modalidades de agresión o de argumentación, todos afirman que en este país se ha perdido la libertad, o incluso que se trata de una dictadura. Estos parecen ser los hechos a los que, sin mayores sorpresas, deberíamos atenernos.
Personalmente, propongo vivir ese acontecimiento como una alta, irónica, y jubilosa celebración de la democracia. En efecto, todas esas personas, ciudadanos libres de un país libre, independientemente del grado de agresión o de racionalidad de sus carteles, podrán hacer escuchar sus voces sin ninguna represión. Viven en un país en el que, curiosamente, está prohibido por ley perseguir penalmente no sólo a quien difamare a un funcionario público, sino incluso a quien lo calumniare. En Francia, cuna de los derechos humanos, no hace mucho un ciudadano fue detenido simplemente por usar, respecto del presidente Sarkozy, la frase irrespetuosa que este mismo había pronunciado contra un pasante. En la Argentina de hoy, eso no podría ocurrir. Tal vez porque Francia es una democracia y Argentina, una dictadura.
Una leyenda de la historia de la filosofía cuenta que, allá por el siglo IV a. de C., Diógenes el Cínico, escuchando una clase de Zenón que negaba el movimiento, se puso a caminar repitiendo que el movimiento no existe. Era su forma paradójica de “celebrar”, con su acción de caminar, el movimiento que su discurso negaba. Y ya en nuestra era, Wittgenstein sostenía que el lenguaje tiene dos funciones, decir y mostrar, y que a veces (como ocurría en su propio Tractatus) puede mostrar lo contrario de lo que dice.
El 8 de noviembre, miles de personas sin duda, en forma más o menos responsable y digna, refutarán el contenido de sus improperios escritos, por el hecho mismo de manifestarlos sin temor a represión. Al decir que en este país no hay libertad, estarán celebrándola en acto. Hasta se podría soñar que, en un futuro más o menos lejano, el 8 de noviembre de 2012 sea celebrado como una fecha histórica, como el día en que, frente al resto del mundo, los más recalcitrantes opositores al gobierno argentino, los reclamadores de libertades perdidas, salieron a la calle a exhibir la paradoja, a mostrar con sus actos, que en Argentina hay una total libertad de pensamiento y de expresión.

* Doctor en Filosofía.

Por Mauro Benente *
Alzar la voz para pedir silencio
La segunda parte de la década de 1990 y los primeros años de este siglo transformaron a la Argentina en un muy interesante laboratorio para pensar los fenómenos de protesta social. Por un lado, los denominados fogoneros y luego piqueteros reclamando por trabajo, educación, salud y, a la vez, apostando por prácticas de autogestión tendientes a solucionar conflictos dramáticos causados tanto por privados cuanto por el Estado. Por otra parte, años más tarde, las denominadas asambleas barriales, inicialmente nucleadas alrededor del “que se vayan todos”, pero luego también volcadas a un espacio de autogestión pública de las problemáticas barriales de comedores, escuelas, salas de primeros auxilios, etc. A pesar de las distancias que separaban a ambos colectivos –fugazmente unidos bajo el canto “piquete y cacerola, la lucha es una sola”–, en el corazón de las demandas y repertorios de protesta se ubicaba la conquista de palabra pública. Por aquel entonces, lo público, lo político ya no se confundía con el Estado.
En una tradición en la cual lo público es asociado a lo estatal, en un contexto en el cual el neoliberalismo había congelado la discusión política porque la resolución de los problemas políticos no transitaba por el sendero de la política, el momento dislocante que acontece en plena crisis es la irrupción de una palabra pública no estatal. He allí un alzamiento de voces, una (re)apropiación de palabra alzada en un ámbito público –el de la autogestión en los barrios, el de discusión política en el barrio y en la asamblea–, no imbricado con el Estado. La de aquellos años era una protesta por resituar diferentes problemáticas en la esfera pública. Muy por el contrario, aquello que se perfila para el cacerolazo del 8 de noviembre parece ser un grito para resituar algunas discusiones en el ámbito privado. O, si se quiere, y de modo inverso a lo que sucedía hace poco más de una década, una protesta que reclama silenciar discusiones que, actualmente, son públicas.
Nunca es fácil dar cuenta de la motivación que está detrás de los episodios de protesta social puesto que, en definitiva, siempre resulta por demás dificultoso detectar con precisión aquello que motiva cualquier acción social. Difícil es saber por qué determinados sectores sociales, que al menos en Buenos Aires hicieron su ingreso a Plaza de Mayo por Diagonal Norte, agitaron sus cacerolas el 13 de septiembre. También resulta complejo hallar las razones de la convocatoria al cacerolazo del 8N. Una novedad que trajo el 13S y que se repite en el 8N es la inexistencia de una organización social claramente identificable por detrás de la convocatoria, algo que, como han mostrado las revueltas árabes y el movimiento #yosoy132 en México, no es un invento argentino. De todos modos, esta situación dificulta aún más identificar la motivación de la acción.
Sin embargo, si nos remitimos a algunas pancartas que aparecieron en el cacerolazo del 13S, frases como “no a la reforma constitucional”, “libertad” y “seguridad” se constituyeron como los reclamos más urgentes. Sobre el primero, cabe aclarar que no hay proyectos de ley con estado parlamentario tendiente a declarar la necesidad de una reforma constitucional en vistas a permitir un tercer período presidencial consecutivo. Sobre los restantes, entiendo que, en principio, reclamos por mayor “libertad” o más “seguridad” son sumamente atendibles. Podemos acordar en exigir “libertad” y “seguridad”; sin embargo, el momento del desacuerdo no se suscita en el nivel de los principios, sino en el sentido –siempre político– que a ellos les otorguemos. Seguridad puede ser seguridad de estacionar un automóvil importado en la calle y que al volver se encuentre allí, pero seguridad puede ser estar seguros de no perder el empleo. Lo mismo sucede con la libertad. Se puede reclamar por tener la libertad de ahorrar en dólares, o por la libertad de no tener que salir a trabajar a los 13 años y así poder escoger, libremente, una carrera secundaria. Sobre los principios tenemos acuerdo, el desacuerdo emerge al momento de dotarlos de sentido, y la situación se puede radicalizar notablemente si llegamos a creer que no es posible garantizar todos los sentidos de la libertad o de la seguridad, en un mismo lugar y al mismo tiempo.
De la convocatoria que surge de www.argentinosindignados.com y como también podía advertirse en algunas pancartas del cacerolazo del 13S, otro de los reclamos exige “basta de mentiras”. Es sabido que la mentira supone su antinomia, la verdad. La mentira es una construcción, edificada en un marco de relaciones de poder. La verdad también es una construcción. También instituida en el marco de relaciones de poder. El punto aquí, según creo, es a qué modo de construcción de la verdad, y a qué verdades se apela para acusar al otro, quien sea, de mentiroso. Sin embargo, el punto más notable del mencionado sitio web es que dota de sentido aquellos grandes principios. Es así que el de la “libertad” se resignifica en “no somos libres de salir del país pues hay que pedir permiso para que te den unos pocos dólares como si fuéramos criminales”, “te dicen en qué divisa tenés que ahorrar”, “no podés negociar tu vivienda de la manera en que se te antoje”. La lista es más extensa, pero aquello que anuda los hilos del reclamo radica en una exigencia de silencio. No discutir por qué usar dólares, por qué ahorrar en determinada manera, por qué negociar la vivienda de cierto modo. Se exige un retiro del Estado. Pero es un destierro, no para erigir una esfera pública no estatal en la que estas cuestiones se discutan, sino para que ellas sean devueltas a la oscuridad del mercado, sean decididas en silencio.
Ahora bien, el punto a destacar es que el retiro de lo público –en este caso bajo la forma estatal–, la sustracción del debate de ciertos asuntos y su refugio en el silencio, no implican el afloramiento de una supuesta libertad esencial de los individuos. La forma de gobierno basada en libertades, es eso: una forma de gobierno, no una ausencia de gobierno. Esa forma, que apela a una subjetividad libre, a una subjetividad empresaria de sí misma, al menos en nuestras pampas ha adoptado un nombre bien preciso: neoliberalismo. Según creo, cacerolazos como el del 13S y la convocatoria al 8N no se constituyen como protestas tendientes a reclamar y a constituir un espacio público no estatal. De lo que se trata es de alzar la voz para pedir silencio. Que haya cosas que no se discutan.

* Profesor de la Facultad de Derecho (UBA), Conicet

Fuente: Página 12

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