LAS MUJERES, UN SUJETO ACTIVO EN LA AGRICULTURA

Fueron mujeres las que inventaron la agricultura, y siguen siendo campesinas e indígenas quienes, desde hace 10 mil años, con sus trabajos garantizan la base de la alimentación de toda la humanidad. Hoy sus luchas adquiere aún más relevancia frente a las crisis alimentarias, climáticas y ambientales, y frente al mayor responsable de estas crisis, las empresas trasnacionales que quieren apropiarse de todo el sistema agroalimentario.

 

 

 

Las mujeres comparten que gran parte de sus contribuciones y tareas sean invisibles, que pese a ser quienes crearon y siguen manteniendo las semillas, base de toda la red alimentaria, en muchas partes no tengan acceso a la tierra, a la vivienda y a muchos derechos básicos.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO), el 43 por ciento de la población rural económicamente activa, a escala mundial, son mujeres. Una cifra que se queda corta, ya que no toma en cuenta muchos trabajos que hacen las mujeres, e incluso que muchas ni siquiera entran en la definición población económicamente activa, porque no han tenido nunca un trabajo remunerado.
La propia FAO admite que no considera en esa estadística trabajos como buscar agua y leña, ni el cuidado de casa y familia. En la mayoría de los casos tampoco aparece el cuidado del huerto y animales domésticos, la recolección de hierbas y frutas silvestres, la selección de semillas, granos y frutos, su almacenamiento y procesamiento, además de la magia de crear y prepara alimentos cada día, como un juego de repetir mil veces lo mismo sin repetirlo nunca, con una pizca más de esto y una gota menos de aquello.
Agreguemos que muchas de estas tareas persisten cuando las mujeres tienen que emigrar a las ciudades, donde permanecen invisibilizadas, aunque las huertas urbanas, mayoritariamente atendidas por mujeres, representen de 15 a 20 por ciento de la alimentación mundial.
Crear diversidad de semillas, de plantas, de alimentos, no es una postura o un destino, es una consecuencia de la dedicación de millones de personas descentralizadas en diferentes culturas, climas y geografías. Por todo eso, que aún existe y persiste, pese a los continuos ataques para desaparecer la vida campesina, las semillas campesinas y sus creadores siguen siendo cruciales para la sobrevivencia de todos y para enfrentar el caos climático.
Pese a que esto ha sido así desde hace miles de años, y a que reconocer y fortalecer la vida y producción campesina de alimentos adquiere aún más relevancia frente a las crisis alimentarias, climáticas y ambientales, estamos ante un ataque de múltiples aristas contra ella. El trasfondo es un puñado de empresas trasnacionales –las mismas que son en gran parte causantes de las crisis– que quieren apropiarse de todo el sistema agroalimentario, desde las semillas a los supermercados, para que no tengamos otra opción que sus semillas transgénicas, su comida industrializada llena de tóxicos y someternos a que los supermercados decidan qué, cómo y a qué precio podremos comer. Para facilitar ese avance se empujan leyes y reformas que permitan más privatización de la tierra, más impunidad para la contaminación transgénica, más destrucción de las asambleas comunitarias.
Una arista más de este ataque a la vida campesina es la invisibilización de su rol central en el sustento, junto a la violencia física contra las mujeres.

Fuente: Ecoportal

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