La primera comuna libertaria de América

Por Pedro Jorge Solans

Cada vez que se sospechaba de algún alboroto de la peonada o movimiento político en la provincia de Misiones metían preso a Marcos Kaner. Sin embargo, en 1930, Kaner logró que una huelga de mensúes y tareferos se sintiera en los establecimientos de San Ignacio.
Pasaron los días y la huelga había derrotado al hambre de los sublevados y a las reacciones de los patrones. Un grupo de productores, entre quienes estaban Máximo Roca y Miguel Palacios, decidió  buscar  jornaleros en Corrientes para reemplazar a los huelguistas.
Kaner sentía que la medida de fuerza estaba triunfando y reflexionó: Al menos, el descendiente de Julio A. Roca optó por una respuesta pacífica y no seguir matando gente como está acostumbrado.
Entre los trescientos correntinos que llegaron a San Ignacio, estaban los hermanos Velázquez. Feliciano y Casimiro habían dejado sus ranchos en Punta Alta buscando horizonte. Escucharon que en Misiones, había yerba para hacer dulce y mucha selva para voltear. A Feliciano le tocó quedarse en el establecimiento María Antonia aunque prefería el obraje. En tanto, a
Casimiro lo llevaron para el Alto Paraná.
Una de esas tardes, cuando parece que el calor sella el amor entre el cielo y la tierra colorada, Feliciano vio correr a varios correntinos hacia una enramada. Una seña  salía de lo profundo del yerbal. Allí estaba Marcos Kaner hablando con los jornaleros. Velázquez escapó con Kaner. Anduvieron juntos por el Yabibirí, por Santa Ana,  por Posadas. Pero Feliciano no entendía cuando hablaban de comuna libertaria. Le gustaba escuchar que el jornalero tenía que tener paga, comida y algo para llevar a la casa.
Acompañó a Kaner por la selva misionera donde el anarquista reclutaba militantes revolucionarios.Durante las reuniones donde planeaban el desembarco  oficiaba de guardia de  Domingo y Obdulio Barthe, Carlos Mayol y el prefecto Jorge Cussolitto.

El movimiento empezó a enarbolar las ideas de Rafael Barret, el ejemplo de la Comuna de París, y revindicaban a Oscar Creyd, Ciriaco Duarte y Cantalicio Aracuyú. Obdulio Barthe traía consigo el apoyo logístico que le daba su apellido de fuerte presencia entre los terratenientes de ambas orillas del río Paraná.
Así el grupo desembarcó en Encarnación, el 20 de febrero de 1931, con el objetivo de transformar la villa paraguaya en la primera Comuna libertaria de América. En un operativo que duró 18 horas y sin disparar un solo tiro, los revolucionarios coparon el puerto, la policía, la catedral encarnacena y  los estamentos públicos. Y se constituyeron como autoridades revolucionarias del Paraguay.
A las pocas horas, el gobierno rebelde de Encarnación, recibió un telegrama desde Asunción que anunciaba la llegada de un tren con soldados  y armas para sofocar la revuelta.
Cuando se confirmó que la revolución en otras regiones había fracasado los líderes  decidieron la retirada. Cussolitto cruzó el río y se incorporó a su habitual trabajo en la Prefectura Argentina. Kaner, Mayol, y Barthe, y otros militantes remontaron el Paraná en un barco inglés Bell, de muy buena marcha y veloz, propiedad de la firma Barthe. Se internaron por el río Iguazú para alcanzar el Brasil. La Prefectura Paraguaya sabiendo que su barco no podía competir con el Bell, pidió colaboración a su par argentina que cedió una lancha liviana, de alta potencia, bajo el timón de Cussolitto. La lancha argentina estuvo cerca de atrapar el Bell, pero la astucia de Cussolitto no lo permitió, saboteó el motor de la lancha argentina, y posibilitó la fuga de sus compañeros rebeldes a Foz Iguazú.
En la huída, los revolucionarios tuvieron un enfrentamiento en Toro Cuá con los peones del paraje por quienes luchaban. Allí estaba Casimiro, pero él no quiso tirar.
En el Brasil, la situación de los guerrilleros fue paupérrima. Tuvieron que usar sus fusiles para matar gallinas por la hambruna. Las evidencias de sus paraderos fueron tan obvias que terminaron detenidos por las autoridades brasileñas. Más tarde, el gobierno paraguayo los confinó en un barco cerca de la isla Martín García.
En tanto, el resto de los jornaleros rebeldes huyeron internándose en la selva, y Feliciano logró cruzar el río por Puerto Maní y regresó a Punta Alta.

 

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