La necesidad de otro modelo agrario

 

Queremos hablar sobre una historia que poco se cuenta. Mucho se esconde por miedo a desenmascarar las razones de las desigualdades sociales históricas, aunque palpables en cada esquina. Y aunque esta última expresión corresponda a una analogía demasiado urbana, tiene relación con el devenir histórico que proponemos plantear en este artículo.
El “otro” campo


Se vuelve interesante pensar las problemáticas y luchas protagonizadas desde el sector agropecuario. Pero no los que “representan” desde las ciudades a este sector, sino los actores que justamente por estar “sometidos” a ese tipo de representaciones son bastante dejados de lado a la hora de reflexionar nuestro territorio. Hablamos de los hombres y las mujeres que trabajan la tierra, que viven del trabajo diario en “sus” campos. Ni los dueños que no (la) trabajan, ni los burocráticos y oportunistas representantes de los trabajadores. No. Hablamos de la clase que vive del trabajo rural. El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria nos explica que “la pequeña agricultura familiar es un tipo de producción donde la unidad doméstica y la unidad productiva están físicamente integradas, la agricultura es un recurso significativo en la estrategia de vida de la familia, la cual aporta la fracción predominante de la fuerza de trabajo utilizada en la explotación, y la producción se dirige tanto al autoconsumo como al mercado”.

La pequeña agricultura familiar 

El campo argentino está colmado de experiencias de denuncias que son calladas por los grandes medios, pero no sólo por ellos. Muchos y muchas que a la historia se dedican hacen oídos sordos a estás demandas. Estas luchas contra las injusticias que viven los trabajadores y trabajadoras de la tierra no son recientes, aunque sus realidades sean cada vez más crueles y visibles.
En los primeros años de la década actual, nos encontrábamos con que el 76% de las explotaciones agropecuarias de todo el país respondían a productores familiares. Estos, incluidos en lo que se denomina Pequeña Agricultura Familiar, poseen, entre todos, sólo el 18% de la superficie agropecuaria. Dicho con números quizás no nos percatamos de las dimensiones que esto supone. Pero los datos cuantitativos sirven para terminar de entender el por qué de las luchas campesinas e indígenas. Veamos algunos otros datos útiles en torno a la realidad actual de nuestro país:
Condiciones de Vivienda:
•De cada 100 viviendas, 60 son viviendas precarias y ranchos.
Educación:
•De cada 100 personas de 10 años y más, 13 “no saben leer y escribir”.
•De cada 100 personas mayores de 15 años, 47 son sin instrucción o primario incompleto.
•Sólo 4 de esos 100 tienen título terciario o universitario.
Área Rural:
•De cada 100 explotaciones agropecuarias, 49 son productores minifundistas
Éxodo Rural.
•De cada 100 personas que vivían en el campo, 30 personas emigraron es estos 10 años.
En nuestro territorio:
•De cada 100 personas: 37 están en condiciones de trabajar.  
De estos:
•24 están ocupados
•13 están desocupados

Soberanía alimentaria: un larga lucha

Los desafíos a los que se deben enfrentar los pequeños productores giran en torno a la escasez de recursos naturales, tecnológicos y organizativos y las dificultades que suponen las luchas por la vivienda y tenencia, la comercialización justa y rentable, la no contaminación ni monocultivo productivo. En fin, por la soberanía y autonomía. En el Foro Mundial para la Soberanía Alimentaria, que se realizó en Roma, en el año 2002, se concluyó que “la soberanía alimentaria es el DERECHO de los pueblos, comunidades, países a definir sus propias políticas agrícolas, pesqueras, alimentarias y de tierra que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias”. Por eso reivindicamos las luchas de las organizaciones rurales.

La propiedad de la tierra: una cuestión central

Teniendo en cuenta las condiciones que describimos y analizamos hasta aquí, es fundamental abrir la necesaria discusión sobre la cuestión de la tierra: posesión, producción, medio ambiente y comercialización. Argentina tiene una deuda muy grande en materia de políticas agropecuarias. Los sectores dominantes no escuchan las claras y desesperadas demandas de los trabajadores del campo. Un claro ejemplo es el Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), integrado por 15.000 familias de siete provincias. Éste fomenta la “organización de los más pobres y marginados del campo argentino, la base de la pirámide rural”. Dos de sus propuestas centrales son la reforma agraria integral y la soberanía alimentaria, lo que implica un cambio de modelo agrario. Ante el avance de los agronegocios, causantes de la contaminación, los desalojos, la desocupación, desaparición de la fauna, el hambre, la migración, etc.; creemos apropiada y necesaria una urgente y radical Reforma Agraria Popular. La democratización de territorios, el trato diferente a la tierra y a los alimentos, el respeto a la multiculturalidad, una política de generación y defensa de empleos para la población del campo, son todas las respuestas que se deberían dar a través de una sólida discusión entre los actores intervinientes en la problemática, en vistas a reformar las políticas asignadas al sector rural.
Sólo la participación activa y la organización campesina podrán fomentar una necesaria conciencia, tanto en el campo como en las ciudades, de la importancia de los pequeños productores agropecuarios. Y no sólo de esto. También habrá que escuchar sus propuestas para darnos cuenta que mucho tienen que ver con la consolidación de una mirada de ver al mundo donde la vida y la naturaleza son los principios más valorados.

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