LA DIGNIDAD Y LA CARPA VILLERA

Por Eduardo Anguita

El caso de Roxana, a quien le mataron un hijo, es un símbolo de cómo la Ciudad no invierte en mejorar la situación de los excluidos.

Mañana, miércoles 21, la carpa villera cumple un mes. Emplazada en pleno Obelisco porteño, por iniciativa de la Corriente Villera Independiente y La Poderosa –conocidos por La Garganta Poderosa– vecinos de distintas villas de la Ciudad de Buenos Aires tomaron la decisión de mostrarse en plena 9 de Julio y Corrientes sin cortar las calles. En cambio, iniciaron una huelga de hambre que va recambiando a quienes dejan de ingerir alimentos para denunciar la falta de respuestas del gobierno de Mauricio Macri a las demandas de hábitat y vivienda de los sectores más castigados.

El viernes pasado, se sumó Roxana a los huelguistas. Ella enterró a uno de sus seis hijos en septiembre pasado. La muerte de Kevin, de nueve años, fue un hecho conocido: un sábado por la mañana, dos grupos de narcos se tirotearon en una disputa por una casilla desocupada en plena villa 21-24 de Barracas. Una de las balas mató a Kevin.

Roxana peleó para que se esclarezca el caso ante la desidia de las fuerzas de seguridad, ese día en que murió su hijo. Además de luchar, el día en que Kevin cumplía años, lo festejó con todos los pibes del barrio, con payasos, magos, globos, como debe ser un cumpleaños. A la hora de la torta, inmensa, Claudio, el papá de Kevin, les daba la porción a los pibes que se formaban en fila, y Roxana les daba torta a las chicas, quienes también armaron una hilera.
Ahí estaban los compañeritos del barrio y de la escuela, los hermanos, la tía Paola, periodista de La Garganta Poderosa, y muchísimos más. Así, con una alegría que solamente se tiene cuando puede celebrarse la vida, fue recordado Kevin el día en que hubiera cumplido diez.
Ahora, antes de sumarse a esta pelea, Roxana se cercioró de que uno de los hijos –que está por cumplir quince– iba a cocinar para sus hermanos. Claudio, su marido, como todos los días, va a trabajar para parar la olla. Con esa tranquilidad, ella duerme al lado del Obelisco, al lado de los otros huelguistas. Hacen frente al hambre. Ya lo conocían. Eso sí, conocerlo no te mitiga las tremendas ganas de comer. Los jugos gástricos te gritan de todo. La voluntad puede más que las tripas. El asunto es que ese sacrificio contagie, haga pensar, mueva conciencias y, sobre todo, encuentre caminos.
En números, el problema habitacional porteño, el distrito de mayor ingreso por habitante del país, involucra a medio millón de personas –ciudadanos, subrayemos– de los 3 millones que tiene la Reina del Plata. Uno de cada seis habitantes. La gran mayoría son residentes de las casi 50 villas miseria y asentamientos precarios. Si alguien quiere consultar a un urbanista sobre si en esta década decreció o aumentó la cantidad de personas que viven en villas le va a decir que aumentó. Según el censo 2010, el aumento de habitantes de las villas aumentó un 50% en comparación con una década atrás. Y otro dato importante es que se extendió la cantidad de personas que alquilan habitaciones dentro de esos barrios precarios. Desde ya, se hacen sin contratos formales, porque a su vez los dueños de las casillas no suelen tener dominios de propiedad.
Las propias denominaciones de los barrios obedecen a las coordenadas de los mapas catastrales, más allá de que los vecinos les ponen nombres. Esos nombres suelen ser más que indicativos de la precariedad donde se asentaron los barrios, ya sea porque se trata de terrenos húmedos, inundables o lugares donde funcionaron las viejas quemas de residuos. Otros nombres son la expresión de la precariedad de los materiales con que se hicieron las casillas. A su vez, las edificaciones –autoconstrucciones– también son un indicador del esfuerzo que ponen los vecinos por mejorar su hábitat.
El padre José María di Paola, que vivió desde 1997 hasta 2010 en la 21-24 y ahora vive en La Cárcova, en el partido de San Martín, decía algo muy gráfico días pasados: en la Capital, las villas crecen para arriba mientras que en el Conurbano Bonaerense crecen para los costados. En Capital, no hay espacios, en la periferia sí. Pero, en ambos casos, aumentan los habitantes de las villas. En la Ciudad, además, hay gente que vive en inquilinatos y conventillos venidos a menos, ocupan edificios o terrenos fiscales. La última ocupación que tuvo gran repercusión fue a fines de febrero pasado, cuando diversos grupos, la mayoría habitantes de la Villa 20 de Villa Lugano, hicieron campamentos en unos terrenos que están detrás de la Villa 20, que terminan en las avenida Fernández de la Cruz y Escalada, y que desde el punto de vista catastral están en Villa Soldati.
Durante el primer día de ocupación, se produjo la muerte de Osvaldo Soto. Esta vez, a diferencia de los tres muertos de diciembre de 2010 durante la ocupación de los terrenos del Parque Indoamericano –cuando fueron asesinados Bernardo Salgueiro, Rosemary Puña y Emilio Canaviri– la muerte de Soto no fue por balas policiales sino que fue consecuencia de la desesperación y las disputas que genera semejante grado de exclusión y desesperación.
Lo que no tomó suficiente estado público y hoy la carpa villera ayuda a reflexionar, es que esta toma de terrenos de Soldati, que continúa sin solución, tiene responsables concretos y no son precisamente quienes están pasando frío entre maderas y toldos. Ese terreno funcionaba como cementerio de autos incautados por la Policía Federal. Una ley de la Legislatura de la Ciudad –que está por cumplir una década– dispuso la urbanización de la Villa 20. Luego, por una denuncia sobre la contaminación de los autos tirados en el baldío hecha por la entonces defensora del Pueblo, Alicia Pierini, el juez Andrés Gallardo intimó a la Federal a desalojar el predio. Así fue, la policía compactó y retiró los autos hace cinco años. Pero las autoridades de la Ciudad no urbanizaron. Eso sí, de no haber mediado los legisladores María Rachid, Marcelo Ramal y Alejandro Bodart junto a otras personalidades públicas, las fuerzas policiales que rodeaban el lugar esperaban de un momento a otro la orden de desalojo del juez Gabriel Vegas.
En la Ciudad de Buenos Aires, hubo ya dos veces, en 2004 y en 2008, sendas leyes de emergencia habitacional. En ambos casos, a su vez, los gobiernos emitieron decretos dejando de lado algunos de los artículos. En esas leyes se crean fondos para auxiliar a quienes viven en situaciones de alto riesgo. Pero para advertir que el problema no pasa por los fondos, basta ver que los presupuestos que se votan cada año no hacen frente a la creciente problemática de la vivienda. En efecto, los presupuestos anuales no crecen. Pero lo que es mucho más preocupante y marca la injusta situación en que viven casi medio millón de habitantes de la Reina del Plata es que la subejecución presupuestaria ronda el 40% de las partidas destinadas a vivienda popular. Es decir, cuatro de cada diez pesos vuelven a la Ciudad porque no se invierten en mejorar la situación de los excluidos.

Fuente: InfoNews

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