LA CORRUPCIÓN, OTRA VEZ CON SU LUGAR ASEGURADO EN TAPA

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Por Federico Dalponte
Si quedaban dudas sobre la corrupción en la gestión saliente, el caso de José López le añadió un grado de tosquedad inédito. El hecho, sin embargo, vuelve a reducir el debate político a un seguimiento profuso de causas penales.
El martes 14 de junio se celebró el congreso de la federación universitaria más importante del país, se debatió en el Senado la ampliación de la Corte y un presidente que tenía 18 millones de dólares en un paraíso fiscal compró finalmente bonos del país que gobierna.
La principal noticia, sin embargo pero con razón, fue que un ex funcionario encargado durante una década de la obra pública nacional fue encontrado en plena madrugada con un arma de guerra, escondiendo diez millones de dólares en un convento. Los billetes, por lo pronto, no parecen ser ahorrados, y por el contrario todo indica que provienen de alguna actividad ilícita. Sea como sea, la corrupción ligada al Frente para la Victoria vuelve a ser noticia de tapa. Y la tapa, como se sabe, también tapa.
“Después yo, y muchos otros, pretendemos que no se hable sólo de corrupción. Así es muy difícil. La culpa es antes que nada de los chorros”, decía Gabriel Sued, periodista de La Nación, con implacable razón.
Y no es el único. A su lado, muchos otros medios, organizaciones, militantes, opinólogos en general estarían más dispuestos a debatir la ley de blanqueo de los evasores que la fortuna de algunos señores y señoras que desfalcaron el Estado.
Aun así, la entidad de la noticia es innegable. Los diarios que hicieron de su postura antikirchnerista su identidad industrial le dedicarán al caso la tapa de las próximas semanas y meses. Los demás, si pueden, intentarán informar sin caer en el infierno monotemático.
Lo masivo, naturalmente, será el discurso de que el millonario del convento era apenas un integrante más de la cadena de corrupción kirchnerista. Se dirá que este hombre detenido declarará tal día, que le preguntaron tal cosa, que respondió tal otra. Se dirá que le negaron la excarcelación, que comparte celda con algún fulano, que a su madre nunca le simpatizó De Vido, que en su auto tenía una calcomanía con la cara de Perón.
El cronista que ose dedicarle al caso una línea de menos seguramente reciba una crítica furibunda. El que escriba una línea de más, seguramente también. En el medio, las pequeñas grandes historias de corruptos seguirán sin decantar en una reforma, por ejemplo, del régimen de compras. Es más, en la provincia de Buenos Aires, la gobernadora María Eugenia Vidal ya flexibilizó los procesos licitatorios y, a nivel nacional, Mauricio Macri aumentó los topes para facilitar las contrataciones directas. Todo al revés.
La corrupción, por supuesto, no tiene ideología, pero los medios sí. Cuestionar todo y a todos es tan importante como darle a cada tema la relevancia que merece. Un corrupto con diez millones de dólares en una valija es tapa un día y está bien. Al segundo, al tercero, al cuarto, uno ya puede permitirse sospechar que hay intencionalidad política.
Por lo demás, el lugar que va quedando para los defensores de las posturas extremas se ve cada vez más angosto. Bienvenidos para el debate los oficialistas de cualquier década y estatura que critiquen a sus propios gobiernos, a sus propios dirigentes.
Con todo, la condena social frente al corrupto tosco y burdo es incuestionable y hasta necesaria. Pero el punto es –si cabe– qué lugar queda para quienes procuran cuestionar la corrupción de la gestión saliente, pero sin tapar las protestas, la exclusión, la violencia estructural.

Fuente: Notas

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