¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN EL ESTADO ESPAÑOL?

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Por Brais Fernandez, desde España

Un detallado análisis de la situación política en Epsaña, donde los partidos y sindicatos clásicos buscan reacomodar sus posiciones frente a las protestas y al surgimiento de nueva organizaciones políticas anticapitalistas.

“Al estudiar una estructura, es necesario distinguir movimientos orgánicos (relativamente permanentes) de movimientos que podrían denominarse coyunturales”, escribió el intelectual Antonio Gramsci. Partiremos de esa aseveración para intentar hacer una síntesis de la situación actual en el Estado español.

La crisis de 2008 abrió paso a una serie de cambios estructurales que condicionan toda una etapa histórica concreta y que resumiremos en tres puntos:

1- La aplicación acelerada de políticas neoliberales, concretadas en una combinación de recortes, en la privatización de los servicios públicos, en la destrucción de derechos sociales a todos los niveles y en la atomización destructiva de las relaciones colectivas pre-existentes, a través de la formación de un “ejército de reserva” estable, actualmente de seis millones de parados (desempleados).

Estas políticas han tenido como consecuencia una generalización de la miseria en todos los aspectos de la vida social, desde la cultura pasando por las condiciones de vida de la clase trabajadora, mientras que al mismo tiempo una minoría de la población se enriquece a niveles obscenos.
2- La apertura de un ciclo de luchas a raíz del 15M, que ha puesto en el centro de la agenda política sus reivindicaciones: la lucha contra la austeridad y la corrupción, así como la impugnación de la “democracia” actualmente existente. Estas luchas han sido capaces de esbozar nuevas formas de auto-organización antagonista y de fijar nuevos marcos simbólicos, pero incapaces (todavía) de hacer efectivas sus demandas y de consolidar una nueva correlación de fuerzas en el plano social.
3- Una crisis de régimen que se expresa fundamentalmente en dos planos: mutación del “sistema de partidos” surgido de la transición del franquismo a la democracia liberal, con la irrupción de nuevos actores, y una pérdida de legitimidad de los partidos tradicionales, así como la inestabilidad provocada por reivindicaciones independentistas, que reflejan tanto anhelos nacionales sin resolver como descontento por el actual modelo de Estado, centralista y que coloca a una nación (España) por encima de las demás (Galiza, Catalunya, Euskal Herria).
Estos son, por usar la expresión de Gramsci, los “movimientos orgánicos”. Veamos algunas de sus expresiones concretas y cómo afectan a la coyuntura actual.
En primer lugar, el gobierno de centro-derecha del Partido Popular (PP), encabezado por Mariano Rajoy, trata de vender que lo peor de la crisis ha pasado. El objeto es, por supuesto, político. Su pérdida de votos en las elecciones europeas (donde pasaron del 42% de votos en 2009, al 26% en 2014) y la desafección de su base social tradicional (las clases medias) les obligan a pasar a la ofensiva. Obviamente, la recuperación macro-económica es una ficción que ni mucho menos va a ir acompañada de una recuperación de los derechos sociales arrebatados a los trabajadores. Si el PP es capaz de convencer de que lo peor ha pasado y que una recuperación es posible, no podemos descartar una recomposición de la base social de la derecha. La “pata izquierda” del régimen, el Partido Socialista Obrero Español (Psoe), intenta hacer un cambio estético sin poner en cuestión los pilares fundamentales de las políticas neoliberales (prioridad de la deuda sobre el gasto social, rescates a la banca privada, poner la recuperación de productividad por encima de la recuperación salarial), colocando al frente de un avión incapaz de despegar a un nuevo líder, Pedro Sánchez, cuya principal virtud parece ser su juventud.
En el plano de la crisis “nacional”, el proceso catalán se enfrenta a un nuevo hito el 9 de noviembre, día en el cual el gobierno de CiU, encabezado por Artur Mas (partido histórico de la burguesía catalana), ha convocado una consulta declarada ilegal por la administración del PP. El proceso independentista ha adquirido una dinámica propia, con manifestaciones históricas y millones de personas en las calles y organizadas en diferentes espacios de la sociedad civil. La incógnita es ver qué harán los respectivos gobiernos. ¿Sacará los tanques a la calle? ¿Desobedecerá Mas la prohibición del gobierno y convocará igualmente el referendum, tal y como plantea la izquierda independentista ? ¿Aceptará la población catalana la prohibición del Ejecutivo central? Ocurra lo que ocurra, el proceso catalán porta potencialidades latentes en su interior, que abren grandes oportunidades para la apertura de un proceso constituyente en ese país. El eslogan de las CUP (la principal fuerza del independentismo anticapitalista) resume bien esa aspiración, que combina a la perfección las reivindicaciones sociales con las nacionales: “Independencia para cambiarlo todo”.
El ciclo de luchas sociales y laborales se encuentra ahora mismo en reflujo. Las “Mareas” (movilizaciones de trabajadores de la sanidad y de la educación, auto-organizados más allá de los sindicatos tradicionales que han sido capaces de movilizar conjuntamente a profesionales y usuarios) han conseguido ciertas victorias parciales refrendadas por los tribunales, como la paralización de algunos procesos de privatización o la revocación de decretos, pero se han replegado a sus centros de trabajo. Los sindicatos de clase tradicionales (CCOO y UGT) están completamente desaparecidos de la escena política, paralizados por la ruptura unilateral por parte del gobierno de los consensos entre capital y trabajo, por su incapacidad para implantarse en los nuevos sectores del mundo del trabajo, así como por la dureza con la que la crisis ha golpeado a buena parte de su base social tradicional (obreros industriales) y la percepción entre amplias capas de la clase obrera de que los sindicatos no les representan, de que son parte del problema o que, como mínimo, no son parte de la solución.
Hay dos buenas noticias en el último periodo que merecen ser destacadas. La primera, la retirada de la “ley del aborto” que planteaba restringir duramente los derechos de las mujeres sobre sus cuerpos y cuyo fracaso ha provocado la dimisión del ultraconservador ministro de justicia, Ruiz-Gallardón. Este intento del PP de reagrupar a su base católica se ha saldado con una victoria del movimiento feminista, ante el rechazo transversal que provocaba la reforma (solo el 12% de la población la apoyaba) y abre una crisis en la derecha, pues ciertos sectores se sienten “traicionados” por la retirada de la propuesta.
Por otro lado, Podemos, el proyecto donde participa la izquierda anticapitalista, sigue subiendo en las encuestas (algunas le dan ya el 20% de los votos) y se ha sumergido en un proceso constituyente, que combina herramientas telemáticas con espacios asamblearios. Podemos no es un proyecto acabado, si no una reapertura de la politización social a nivel masivo en donde conviven múltiples sensibilidades y aspiraciones. Obviamente, no se resolverán todos los debates en esta primera Asamblea, pero sí que se han esbozado dos perspectivas estratégicas diferentes, expresadas a través de diferentes documentos organizativos y políticos. Una que, reconociendo el potencial “politizador” de la vía electoral y la importancia de conquistar espacios en las instituciones, apuesta por la construcción de un proyecto arraigado en la vida cotidiana de la mayoría social trabajadora, asentado en las luchas y en sus espacios físicos compartidos, fundamentada en la auto-organización comunitaria desde abajo (que es la opción que apoya el que escribe). Otra, que considera que esa construcción no debe hacerse necesariamente en paralelo, sino que debe subordinarse a una victoria electoral inmediata en las elecciones generales (y por eso esta opción, encabezada por Pablo Iglesias, líder de Podemos, plantea no presentarse a las elecciones municipales), y que esa reconstrucción de las relaciones sociales en un orden pos-neoliberal (en las que se incluyen, con una centralidad importante, a las pequeñas y medianas empresas) debe iniciarse una vez se conquisten los aparatos del Estado y a partir de estos.
El Estado Español se ha convertido, junto a Grecia, en el laboratorio del cambio social en Europa, y, como en todos los procesos de estas características, en un campo lleno de oportunidades, miserias y dificultades. La política profana aparece cuando la historia se birfurca. Y en esas estamos.

*Brais Fernandez es militante de Izquierda Anticapitalista y participa en Podemos.

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