¡CÓMO NOS ROBARON!

Ni el árbitro, ni el juez de línea, ni el que tiró la moneda: el director artístico de la humareda. Pues a todos los que vimos “Ciudad de Dios”, ese recorte ensangrentado de la favela sin voz, nos inyectaron la misma imagen canalla desde esa pantalla “testigo” de una supuesta verdad, que no tiene un carajo que ver con esta realidad.

A esa construcción falaz, la derrumbamos en una jornada que no olvidaremos jamás, porque ni un solo minuto nos sentimos visitantes, en esa comunidad que nos hizo sentir importantes. Marchando en malón, todos con la camiseta de la Selección, caímos desde nuestras villas argentinas para interpelar a las miradas mezquinas que sólo observan con el ojo diestro, para poder vendernos su relato siniestro. Asaltantes, asesinos, narcotraficantes y cretinos protagonizan el repetido guión de todas las películas de ciencia ficción que estigmantizan al mundo villero, replicando la lógica de cualquier noticiero. Pero lejos de toda esa cultura de la muerte, hoy tuvimos la suerte de vivir nuestra propia historia real, en el marco de nuestro propio mundial, sobre el césped de un potrero espectacular, donde todo el estadio era una gran popular. Surcando la tierra de Pelé, en el mismísimo cumpleaños del Che, salimos con bombo, silbato y pancarta, por los pasillos de Santa Marta, cantando todos juntos una misma canción: “Mire, mire qué locuraaaa, mire, mire qué emociónnn, ¡hoy las villas te mostramos lo que nunca muestra la televisión”. Y así fue, de la mano de René, porque Houseman no sólo nos acompañó como entrenador, sino que volvió a la cancha como jugador, para que los aplausos taparan al altoparlante, cuando el partido se puso picante. Sumergidos en “la zona más peligrosa”, vivimos una tarde maravillosa, al ritmo del piberío que no dejaba de cantar: “¡Messi y Neymar, Messi y Neymar!”. Para el resultado, van a tener que esperar, porque sea lindo o sea feo, no lo van a saber hasta ver el video, que todavía está en proceso de edición, para que no se pierda ni un solo segundo de tanta emoción. Desde la mañana, en todo momento, en cada ventana y en cada departamento, se asomaban por los caminos para saludar a los argentinos, hasta que una invasión de vecinos marcó el final del partido: “¡El pueblo, unido, jamás será vencido!”. Nada que escribamos será suficiente, para compensar el cariño que recibimos de la gente, mientras alentábamos la unidad y nos enamorábamos de esa Ciudad, que ojalá algún Dios ilumine… Cómo nos robaron, el día que fuimos al cine.

Fuente: La Garganta Poderosa

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