HAROLDO CONTI: DOS FRASES EN LATÍN

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Por Kike Ferrari*
Haroldo Conti tuvo muchos de lo que su colega y amigo Rodolfo Walsh llamó oficios terrestres: estudiante de seminario, maestro rural, camionero, pescador, piloto de aviación civil, profesor de latín, actor, director teatral, profesor de latín en un secundario porteño, guionista de cine, militante guevarista y, por supuesto, escritor. Pero si le pedían una definición sobre sí mismo, Conti no dudaba y recurría al latín, la lengua de sus estudios y también las de sus clases: Homo Viator, decía, un viajero.
Y así entendía su narrativa, como un río, agua en movimiento, naturaleza en circulación navegando entre las austeras asperezas con aires hemingwayanos de Sudeste, la bomba escondida tras costumbrismo provinciano a punto de estallar de Todos los veranos, Alrededor de la jaula y La balada del álamo Carolina; La claustrofobia urbana (¿Onetti?, ¿Arlt?) de En vida y Con otra gente y la belleza inclasificable, torrencial y militante de Mascaró, un cazador americano. Sin embargo, salvo algún esporádico viaje a La Habana invitado por Casa de las Américas, su vida transcurrió entre la ciudad y la Provincia de Buenos Aires. Como si, pese a los barcos y los aviones, el suyo no fuera un viaje hacia afuera, sino una aventura interior: al interior del lenguaje, al interior del pueblo, al interior de la revolución, al interior de sí mismo.
Sólo así puede explicarse la segunda de las frases en latín a la que alude el titulo. Porque si Conti era un viajero y un escritor, cuando llegó la noche oscura de la dictadura, cuando supo a los compañeros cayendo primero en manos de la Triple A, después de los Grupos de Tareas, debió haberse ido, desplegar las alas o las velas y buscar nuevo horizontes donde seguir viviendo y escribiendo, aprovechando que podía llevar consigo sus herramientas de trabajo: la cabeza, el lenguaje, unas cuantas hojas, una máquina de escribir.
Pero Conti, decide anclar y anclarse y en su escritorio, sobre una máquina de escribir que cabía en una valija y podría haber sido barco o avioneta decide cavar su trinchera, con un papel en el que se lee: Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt (Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán) y ahí se queda, en su casita del barrio de Villa Crespo, de donde será secuestrado por la patota del 601 de Inteligencia del Ejército el 5 de mayo de 1976, hace hoy 40 años.
Porque Conti, parafraseando sus títulos, decidió que su viaje sería alrededor de la jaula. Y que no lo haría solo: los viajes de la revolución y la literatura se hacen con otra gente.

* Escritor, miembro del comité de redacción de la revista La Granada, autor de Operación Bukowski (2004), Lo que no fue (2009), Que de lejos parecen moscas (2011) y Nadie es inocente (2014), entre otros.

Fuente: Notas

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