Haití: “Crisis social y política en Haití”

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por Henry Boisrolin. -

El primer elemento que sorprende a más de uno, es el silencio mediático casi absoluto que se mantiene sobre el actual proceso de lucha que se desarrolla hace 7 semanas en Haití, y protagonizado fundamentalmente por las masas empobrecidas. Es menester señalar, que este silencio es más notorio en los medios de la región latinoamericana y caribeña que en los de los países centrales, como en los EE.UU., por ejemplo. Y este comportamiento es más sorprendente cuando, salvo algunas excepciones, los medios alternativos y progresistas prácticamente ignoran o ningunean esta lucha que, sin lugar a dudas, es una insurrección popular generalizada. Una insurrección surgida en medio del colapso de casi todas las estructuras neocoloniales impuestas desde la primera ocupación militar norteamericana de Haití (1915-1934). Por tanto, está claro que el principal enemigo que enfrenta el pueblo haitiano en las calles exigiendo no solamente la salida de un presidente sino el fin de un sistema de explotación y dominación neocolonial, es el imperialismo norteamericano; es decir, está luchando en contra del enemigo de todos los pueblos oprimidos del mundo.

Ante tal constatación, es obvio que dicho silencio no ayuda al avance de la lucha antiimperialista a nivel regional. Por el contrario, representa un obstáculo ya que eso indica en los hechos que el pueblo haitiano es tratado como marginal, y la lucha popular como si fuera subalterna, creando así una asimetría inadmisible entre las otras luchas, tales como la chilena y la ecuatoriana. En efecto, estas dos últimas despertaron inmediatamente un interés generalizado y todos entendieron que la solidaridad a las mismas era impostergable y necesaria. Decisión política más que correcta, excelente, diría. Ahora, ¿por qué no ocurrió lo mismo con la lucha haitiana? Sobre todo, cuando en distintas manifestaciones en Haití aparecen en signo de apoyo las banderas de Venezuela, de Ecuador, etc.

Pregunta más que pertinente, cuando hace más de un año hubo un primer estallido insurreccional que duró 3 días -6, 7 y 8 de julio de 2018- luego que el gobierno había decretado por orden del FMI un aumento en los precios de los combustibles. La respuesta popular fue tan contundente que, minutos después, paralizó Puerto Príncipe, la capital, y otras ciudades, con barricadas en varios puntos estratégicos, enfrentamientos con las fuerzas represivas con un saldo de varias decenas de muertes, quema de algunos establecimientos estatales y comerciales, como así también de varios móviles policiales, etc.

Ante la envergadura de la reacción popular, el “presidente” tuvo que anular el decreto y pidió la renuncia de su primer ministro. Pero tales decisiones no fueron suficientes para calmar a la gente. Asimismo, se registró el 17 de octubre del año pasado, día del aniversario del asesinato de Jean-Jacques Dessalines, el fundador de la patria, una manifestación gigantesca con más de 3 millones de personas en las calles, sobre una población de 11 millones. Luego, los días 18 y 23 de noviembre otras manifestaciones espectaculares indicaban que la crisis desatada no era solamente un problema de aumento del precio de combustibles, sino más bien la de un sistema de dominación que no podía reproducirse como antes y un pueblo que había dicho BASTA. Los de arriba no podían seguir dirigiendo como antes y los de abajo no querían seguir subsistiendo como antes. Una característica fundamental de toda crisis revolucionaria. De ahí, el surgimiento de un consenso acerca de algunas exigencias populares, tales como la renuncia incondicional del presidente y su detención, el cierre del parlamento, la formación de un gobierno de transición por 3 años excluyendo a todos los actores pro imperialistas, la elección de una asamblea constituyente para la redacción de una nueva Constitución y la realización de una gran Conferencia Nacional entre las organizaciones populares representantes de todos los estamentos de la sociedad con alguna participación en la actual lucha. Cabe recordar que, en febrero de este año, el país estuvo paralizado por violentas manifestaciones durante varios días. Lo mismo ocurrió en junio cuando fue difundido un Informe de la Corte Superior de Cuentas de Haití donde el presidente y sus acólitos figuran entre los que provocaron y se beneficiaron del despilfarro de los fondos del programa Petrocaribe. Un programa creado por el gobierno bolivariano y lanzado en 2005 por el comandante Hugo Chávez Frías, para ayudar a la resolución de varios problemas que afectan a sociedades como la haitiana. En rigor de verdad, los reclamos acerca de una rendición de cuentas y de un proceso judicial en contra de los responsables del despilfarro de 4.2 mil millones de dólares, habían surgido con fuerza mucho antes de la divulgación de ese Informe. De alguna manera, el país estuvo sacudido en todos los rincones a partir de la conformación y las protestas desarrolladas por los llamados Petrochallengers a principio de este presente año. El tema Petrocaribe es parte integrante y fundamental de la actual crisis y del movimiento de resistencia.

Ahora bien, después de tantos meses de lucha continua, la crisis alcanzó niveles inusitados. Hoy la consigna de “Peyi Lock” (“País Bloqueado”), es una realidad insoslayable. Prácticamente nada está funcionando, incluidas las instituciones gubernamentales. El presidente no puede circular libremente por las calles. En los últimos días, su caravana fue tiroteada en distintos puntos de la capital. Los centros educativos están cerrados, las Embajadas extranjeras no pueden abrir sus puertas normalmente, lo mismo ocurre con los centros comerciales y financieros. Hay barricadas bloqueando las rutas nacionales, no se puede acceder a la capital como antes. Los manifestantes en varios lugares ante la represión salvaje y criminal de los agentes de la Policía Nacional (PNH) y de paramilitares, dejando un saldo de más de 35 muertos, después de haber sufrido masacres perpetradas por bandas armadas creadas y manipuladas por miembros del gobierno y del actual partido en el poder desde 2011, el PHTK, incendiaron a algunas dependencias policiales, tribunales y sedes municipales, domicilios y negocios de algunos dignatarios del régimen. El país está bloqueado, y la lucha alcanza semana tras semana nuevas dimensiones. Además del monopolio de la violencia de las armas hasta ahora bajo su control y la complicidad de unos representantes de sectores económicamente poderosos, el único sostén real que mantiene todavía a Jovenel Moïse como “presidente”, proviene de lo que allá se denomina Core Group. Este engendro mafioso está conformado por los embajadores de los EE.UU., de Canadá, de Francia, de España, de Brasil, de la UE, del representante especial del Secretario general de la ONU y el de la OEA. Y esto, a pesar de la falta de legitimidad de un “presidente” elegido en una elección fraudulenta donde oficialmente se informó que participó sólo el 21% de un electorado de 6 millones 200 mil personas, y que Moïse había cosechado menos de 500.000 votos. Por otra parte, el Core Group sabe que hubo masacres en algunas barriadas populares confirmadas por investigaciones nacionales e internacionales, donde fueron acusadas algunas personalidades del gobierno y del PHTK, manifestaciones gigantescas reclamando la demisión de este “presidente” que no dirige prácticamente nada, un “presidente” que hizo ingresar al país a una decena de mercenarios extranjeros para reforzar su seguridad. Además, el Core Group sabe que no hay gobierno en Haití desde la sanción revocatoria de Jean Henry Céant como primer ministro tomada por los diputados oficialistas en marzo pasado, ya que ninguno de los candidatos propuestos por Moïse para reemplazar a Céant pudo ser ratificado tal como lo exige la Constitución. En este contexto, Haití se encuentra a modo de “comando automático”, con funcionarios tomando en total ilegalidad decisiones demagógicas y sin impacto real capaz de hacer funcionar el aparato estatal. Ni siquiera pudieron reabrir algunas oficinas que fueron cerradas por los manifestantes. Sin embargo, el Core Group, al no contar con un recambio capaz de evitar un descalabro total e irreversible del actual sistema, llama al “diálogo” y pretende que Moïse que ya tiene 2 años y medio en el poder, ha de terminar su mandato de 5 años. Para esos procónsules, la única solución pasa por respetar el mandato del “presidente”, luego realizar esos mismos tipos de elecciones fraudulentas manejadas por ellos. Una prepotencia inadmisible, que fue rechazada por todo el arco opositor, desde la derecha hasta la izquierda revolucionaria y antiimperialista.

Entonces, ¿por qué tal silencio? Para mí, la respuesta no es simple, es bastante compleja y no es única. Según mi opinión, hay toda una serie de explicaciones que van desde la convicción que el pueblo haitiano necesita de ayuda humanitaria y no de solidaridad hasta formas propias de racismo. Es decir, hay una especie de visión de lástima hacia el pueblo haitiano basada en la existencia de pestilencias colonialistas todavía vigentes entre varios luchadores latinoamericanos. También hay una confusión establecida entre un estado calificado de fallido y un pueblo supuestamente fallido. Y al no ser poseedor de riquezas, tales como grandes reservas de petróleo, por ejemplo, Haití, de alguna manera, no despierta la atención como tampoco interés. Es así, que habíamos visto la participación de militares latinoamericanos a partir de decisiones adoptadas por gobernantes tales como el presidente Lula, el presidente Néstor y Kirchner, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el presidente Rafael Correa y el presidente Evo Morales, durante 13 años (2004-2017) en la MINUSTAH (Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití). Una Misión que era una ocupación disfrazada de ayuda humanitaria, que cometió masacres en barriadas populares, donde algunos de sus miembros violaron hasta niñas de 12 años, que manipuló elecciones, que reprimió varias manifestaciones populares que exigían su retiro inmediato. Una Misión que era una creación del imperialismo norteamericano al hacer votar la Resolución 1542 en el Consejo de Seguridad de la ONU, violando abiertamente lo establecido en la Carta misma de esta Institución mundial para el envío de tropas militares en un país miembro.

Por todo ello, pienso que sería importante una profunda reflexión y autocrítica para superar tal comportamiento tan nefasto y contradictorio al internacionalismo revolucionario. Así, también, la lucha popular haitiana podría salir de su aislamiento, y tendría en su camino un obstáculo menos para terminar con el tutelaje impuesto y conquistar su soberanía y su derecho a la autodeterminación. Afortunadamente, contamos con una historia maravillosa que nos avala, que nos fortalece y nos guía, y nos da la convicción que la victoria es posible.

 *Henry Boisrolin Coordinador del Comité Democrático Haitiano en Argentina

Fuente: RPL

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