FLORES PARA DOS TUMBAS PEQUEÑAS

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Por Juan Carrá
A un año del incendio en un taller clandestino de Flores en el que murieron dos nenes de 5 y 10 años, ayer se confirmó el procesamiento al empresario coreano Lee Sung Yop . En la ciudad de Buenos Aires, hay unos 300 mil trabajadores costureros que trabajan unas 14 horas. La mayoría son inmigrantes bolivianos que vienen en busca de futuro y terminan esclavizados. “Basta pararse en cobo y Curapaligüe para ver el método de reclutamiento”, dice el abogado que representa al padre de los nenes.
Hacía días que no hay luz. Esteban Mur no sabía por qué. Dice que pagó las cuentas a tiempo. Los trabajadores de Edesur habían dicho que era un trabajo de rutina, que el corte duraría unas dos horas como mucho, pero hacía cinco días que en ese abril de 2015 en la casa donde funcionaba el taller textil clandestino en el que trabajaban Esteban y su esposa, Corina; sus cuñados Victoriano y Amparo y el esposo de ella no había luz. En el sótano también dormían los chicos: Rodrigo y Adair Rolando, de 10 y 5 años. El lunes 27, en el colegio había asueto por limpieza. Se quedaron en casa, descansando con su tía Amparo. Una vela iluminaba el sótano. Miraban una película. Se durmieron. Quizás si la película hubiera sido más interesante, podrá pensar uno, pero eso ya no importa porque las llamabas encendieron el colchón. La tía terminó en el hospital. Los dos nenes murieron.
Un año pasó de aquello. Un año en el que se acumularon pruebas en el expediente que investiga el posible delito de trata de personas. El único procesado por la justicia federal: Lee Sung Yop, un empresario de origen coreano que dominaba la cadena de producción desde la entrega de materia prima hasta la venta. En el medio: el trabajo esclavo de los familiares de Rodrigo y Adair. Todos de origen boliviano, pobres y migrantes; víctimas de un entramado de explotación que se expande por los barrios porteños. Ayer, se confirmó el procesamiento del empresario coreano.
***
–Ese fin de semana estábamos todos aquí –cuenta Esteban, sentado en una de las dos piezas que alquila en Villa Celina, partido de La Matanza. Cuando dice todos se refiere a su familia, incluyendo a sus cuñados. Como en Páez no había luz, la idea era quedarse en Celina, juntos. Él y Corina con sus hijos dormirían en la habitación, como siempre: el matrimonio y los más chicos en la cama de dos plazas, Rodrigo y Adair en una cucheta. Para los demás, Esteban tendió unas colchas sobre el suelo de la pieza que hacía las veces de estar. Ahí durmieron Amparo y Julián. Victoriano en su pieza en el mismo inquilinato.
El domingo, Esteban se acostó un rato y cuando despertó preguntó por los chicos. Corina le contó que Julián y Amparo habían vuelto a Flores con ellos. A Esteban no le extrañó, los chicos –sobre todo Rodrigo– tenían una relación muy cercana con sus tíos. Ellos se quedaron en Celina.
—El lunes, nos quedamos nomás, limpiando. Victoriano decidió ir a reclamar por la luz.
En eso estaban cuando llegó Cristobal, un primo de Corina que trabaja como remisero. El llevaba la noticia del incendio. No tenía más detalles. Corina y un vecino fueron en el remís. Esteban se quedó con los chicos, pero al rato los llevó a con la mujer de un compadre y se fue a ver qué pasaba. Desde lejos vio la custodia policial, los bomberos. Bajó del auto asustado. Nadie decía nada. El humo todavía salía denso de la casa de calle Páez. Isabel Pintos, dueña del lugar, fue la que le avisó a Esteban que todos estaban en el hospital Álvarez.
—Ahí me enteré que los nenes habían fallecido.
Los medios hablaban de que se habían carbonizado. Recién cuando pudo verlos en la morgue judicial Esteban recuperó apenas el aliento.
—La médica nos dijo: “No se asusten, no se les quemó el cuerpo, no tengan miedo”. Me calmé un poco y entonces pudimos reconocerlos.
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Los Mur Menchaca llegaron a la Argentina en busca de progreso. Abandonaron Bolivia en tandas. El primero en llegar, hace unos diez años, fue Roberto Menchaca –tío de los nenes fallecidos–. Las cosas no fueron bien. Vivió en tiempo en la calle. Dormía en La Plaza de los Periodistas, en Nazca al 900, Flores, Ahí –contaron sus familiares a la Justicia– lo encontró el empresario Lee Sung Yop y le ofreció trabajar en uno de sus talleres textiles. Roberto aceptó. El primer lugar de trabajo fue un taller de tejido sobre avenida Gaona. Tiempo después sus dos hermanos, Victoriano y Corina, vinieron desde Bolivia a ese mismo taller.
En 2004, Corina había parido su primer hijo: Rodrigo. Madre soltera, en Bolivia no tenía un ingreso estable, entonces decidió buscar junto a Roberto la posibilidad de mejorar económicamente en Buenos Aires. Su hermana Amparo y la pareja Julián Rojas se quedaron al cuidado del hijo. En 2007, Amparo y Julián con el pequeño Rodrigo, se sumaron al resto de la familia al servicio de Lee Sung Yop.
El último en llegar fue Esteban. En 2009, decidió migrar a Buenos Aires en busca del mismo objetivo que los Menchaca: el progreso. Se encontró con su hermana Edit en Villazón. Ella y su marido –otro hermano de los Menchaca– le dieron el teléfono de Roberto como para que se contactara para pedirle ayuda en la llegada. Eso hizo desde la terminal de Liniers. Entonces se sumó al grupo que ya vivía y trabajaba en la casona de Paéz y Terrada. Esteban y Corina se pusieron en pareja. El primer hijo que tuvieron juntos fue Adair Rolando. Cuando Rodrigo y Adair murieron, en el taller ya no trabajaba Roberto: se había vuelto a Bolivia por la enfermedad de su padre, cansado por los malos tratos del “coreano”.
***
En enero de 2014, Roberto Menchaca se fue de la Argentina. En el taller de Páez quedaron Amparo, Victoriano, Julián, Corina y Esteban. De lunes a viernes, todos dormían en el sótano. También los chicos. El viaje desde Celina hasta Flores para que Rodrigo y Adair pudieran ir a la escuela era complicado. Los chicos se dormían en clases. Además tanto Esteban como Corina trabajaban hasta tarde en la noche. Mientras algunos dormían abajo, arriba el taller producía los pedidos que Lee Sung Yop había ordenado.
Esteban ya manejaba todas las máquinas. Corina, la remalladora, una máquina para poner cuellos de tejido; un trabajo más prolijo, de mucha precisión.
—Ahí es donde se fregó la vista. La máquina brilla y al esforzar la vista la haces trabajar mucho y al ser muchas horas tuvo que perder un lado de la vista, ahora mira con solo ojo —cuenta Esteban y otra vez, como cuando habla del accidente de su madre, usa el verbo tener.
Corina tuvo que ser operada del ojo. La prescripción médica de reposo era estricta.
–Pero entró laburo y el “Coreano” nos decía que tienen que laburar más y más, exigía el laburo. Yo le decía a Corina “Quédate para que vas a ir” y ella: “Pero no, necesitamos dinero”, decía. Es que con lo que yo ganaba tampoco la abastecía, éramos una familia grande ya había tres, con Rodrigo cuatro y nosotros… seis personas ya.
Esteban cuenta que cuando Corina estaba recién operada, el “Coreano” preguntó por ella:
—¿Corina dónde está?
—Está enferma, se fue al hospital, se hizo operar, está mal de la vista…
Lee Sung Yop no preguntó más. Tampoco le preocupó cómo una de las trabajadoras del taller en el que él manejaba la producción.
–Él traía prendas y decía “Cuánto hicieron, necesito prendas, quiero llevar”, lo único. A lo último traía traía y nunca llevaba prendas. Teníamos un montón de producción donde se quemó. Igual, si llevaba o no llevaba era lo mismo, no nos pagaba. Decía “No vendí, falta”, “Me trabajaron mal, estoy arreglando”. Teníamos varias peleas con él por eso. “Quiere plata, hacé 500 prendas y yo te pago”, decía y por más que nos esforzáramos para llegar a las 500 prendas nunca estaba el pago de parte suya. Nos quedábamos hasta las 4 de la mañana para entregar y no, era en vano. Nunca correspondía a su palabra.
***
“Trabajábamos unas 14 horas, de 8 de la mañana a 10 de la noche”, contó Esteban en la primera de tres audiencias que duró la testimonial. También dejó que las máquinas que había en calle Páez eran propiedad de Sung Yop. “Ahora entiendo que las máquinas nunca fueron de nosotros. Él nos decía que nos entregaba las máquinas y que con nuestro trabajo se las íbamos a ir pagando. Mes a mes nos descontaba el valor de las máquinas pero nunca nos dio un comprobante, ni una constancia que dijera que eran nuestra. Era todo de palabra”, explicó Esteban ante el juez.
Dos expedientes se iniciaron con la muerte de los chicos. Uno, caratulado incendio seguido de muerte, que tramitó en la justicia nacional con la intervención de la Fiscalía 22 a cargo de Eduardo Cubría y del Juzgado Nº 2 de Manuel Gorostiaga. El otro, en la Justicia Federal, en la que se investiga si existe delito de trata detrás de la historia de los Mur Menchaca. Nahuel Berguier, abogado que representa a Esteban Mur, explicó que la Fiscalía 22 solicitó que la causa por el incendio y las muertes se sume a la del fuero federal. El juez Gorostiaga hizo lugar al pedido. Desde entonces, el juez Rodolfo Canicoba Corral es quién tiene en su poder todo el expediente, con eje en la trata de personas con fines de explotación laboral.
En ella declaró Esteban, también Corina y Victoriano. Los tres dieron detalles de cómo funcionaba el taller de calle Páez. El nombre de Lee Sung Yop apareció siempre como el responsable de la producción. También como quien reclutó a Roberto –el primero de los Menchaca que llegó a la argentina– aprovechándose de su situación de vulnerabilidad económica, migrante.
“El señor coreano nos hacía dar miedo porque no teníamos documento argentino –contó Amparo Menchaca en una entrevista con el Programa Nacional de Recate–. A mi hermano Roberto lo traumó”. Ella conto su historia migrante y dijo que llegó a trabajar con el “coreano” a través de Roberto, su hermano. En el informe Amparo habló de las amenazas: Sung Yop les decía que no salieran de Páez, que la policía iba a deportarlos y que si el “niño Rodrigo” sería llevado a un hogar. También contó que dormían en el piso con una manta, hasta que pudieron comprar colchones y después una cama.
Las pruebas que se fueron incorporando a la causa alcanzaron para que Canicoba Corral procesara a Lee Sung Yop, de 55 años. En su declaración indagatoria, el empresario negó las acusaciones. “Hace uno nueve o diez años me dirigí a la calle Cobo en busca de un ayudante”, dijo ante el juez el acusado. Ahí conoció a Roberto Menchaca. Ahí, en Cobo y Curapaligüe, la esquina donde, según reconoció el empresario, “se juntan diariamente la gente que busca trabajo”. El abogado de la querella en este sentido expresó: “Basta pararse en Cobo y Curapaligüe para ver el método de reclutamiento que practican los empresarios textiles con los trabajadores bolivianos”. También dijo en su declaración que él solo conoce a Amparo y a Roberto Menchaca. Esto se contrapone con las constantes referencias que Esteban Mur y los Menchaca dieron sobre el contacto con el empresario.
La defensa apeló el procesamiento ante la Cámara y en sus argumentos intentaron deslindar a Lee Sung Yop de todo tipo de responsabilidad e hicieron especial hincapié en que Roberto primero y Amparo después estuvieron a cargo del taller y que ellos son los responsables de lo que allí ocurría.
La querella, contrarrestó en un escrito presentado el 15 de abril: “Lee era quien obtenía la plusvalía de lo que se producía en el taller de Páez. Si al precio final del producto textil, se le reducían los costos laborales y de producción, la diferencia era la ganancia de Lee. Es decir que carece de todo sustento el planteo defensista que prentende instalar a Lee como un mero intercambiador comercial. Lee había decidido para aumentar su ganancia, reducir los costos a través de un sistema de explotación a sus trabajadores que configura el delito previsto en Código Penal”.
En este sentido, Berguier explicó: “La situación de explotación es tan clara, que la estrategia de la defensa no es negar esa situación sino responsabilizar de ella a las propias víctimas. Esto es una operatoria habitual de quienes son responsables del delito de trata”.
Ayer, la Cámara confirmó el procesamiento del empresario coreano.
***
—A la edad de mi hijita, mi mamá tuvo que morir en un accidente de coche —dice Esteban y no duda cuando elige el verbo: dice “tuvo”, como si en su vida no hubiera otra opción más que la que marca el destino trágico. Desde ese día, con cuatro años, quedó al cuidado de Lidia, su hermana 20 años mayor.
Iba al jardín de infantes, terminó toda la primaria y no pudo hacer la secundaria por temas de dinero. Su hermana no podía sostenerlo económicamente. Se puso a trabajar, changas, en Tupiza, hasta que pudo empezar un camino solo.
—A los 15 años es cuando realmente salgo de casa, empiezo a vestirme por mi propia cuenta. Tuve que ir a Santa Cruz tuve que trabajar de zafrero. Cultivaba la caña. Sembraba, cosechaba. Estuve ahí hasta los 18 años.
Dormía en el ingenio junto a los demás zafreros en un campamento que montaban y desmontaban a ritmo de machete. Desde las 4 de la mañana a las 10 de la noche, por 18 pesos bolivianos la tonelada. Cuando ya no quedaba nada, levantar campamento y buscar otro ingenio. Nunca supo, en esos años, para quién trabajaba. Llegó de la misma forma que muchos de sus paisanos llegan a la Argentina para sumarse al ejército de costureros en talleres clandestinos: en las radios se anuncia trabajo y la paga. Se promete un adelanto de entre 2000 y 3000 pesos bolivianos (según Esteban, en esa época un sueldo en un trabajo de oficina oscilaba los 1200).
–Te dicen que podés ganar más dinero, entonces lo aventuré pero no me convenció porque era muy bruto el trabajo –cuenta.
Entre los zafreros conoció gente que empezaban hablar de migrar hacia Argentina. Parientes suyos se habían aventurado y, según contaban, volvían con dinero, hacían la diferencia. Esteban vio la oportunidad de crecer. Se aferró una vez más a esa posibilidad y dejó los campos para volver a Tupiza. Aún no tenía el dinero para viajar, pero sí la idea. Un taller de electricidad fue su puesto durante un año y entonces sí, emprendió el viaje.
Cuando llegó a la terminal de Linier no sabía nada ni de overlock ni de rectas ni de remalladoras. Llevaba solo una mochila con ropa y los tres mil pesos que le pedían en la frontera para la visa como turista. Desde la estación llamó a Roberto Menchaca. Ya lo conocía, pero no lo veía desde 2002. Roberto lo fue a buscar y le ofreció quedarse con ellos hasta que consiguiera algo.
—Él vivía en el taller de Paéz, donde se incendió. Ahí, también estaba Corina y Victoriano —cuenta Esteban– Yo llegue a vivir al taller. Busqué laburo de cualquier cosa y no pillé, pedían mucho el documento.
El dinero se le terminó pronto. Entonces empezó a trabajar en la costura: aprendió de cortes, moldes y rápido le agarró la maña a las primeras máquinas. También fue por entonces que empezó el romance con Corina y el deseo de ambos de vivir juntos, solos. El primer destino fue una pieza en Nazca y Gaona.
—No vivimos ni un mes. Nos botaron, aparecieron unos abogados y nos sacaron a todos. Entonces, volvimos a vivir con Roberto.
El poco dinero, las jornadas de trabajo extenuantes y el no tener un techo, ni intimidad se impusieron. Ese no era el “progreso” que había imaginado cuando dejó Bolivia.
***
La socióloga Verónica Gago, especialista en el estudio de talleres clandestinos, estima que hay unos 300 mil trabajadores costureros en la ciudad de Buenos Aires. La mayoría son inmigrantes bolivianos que llegan en busca de una mejora económica y social y terminan “empleados” en el circuito de una economía informal que en los últimos años se ha expandido y se ha convertido en una de las más rentables para quienes aparecen como los dueños de la producción. “Tanto las grandes marcas nacionales y extranjeras como una red de ferias populares forman parte de esa trama”, expresó Gago en el ensayo “Progreso clandestino”.
La aspiración de conformar sus propios talleres familiares es una de las claves para entender cómo muchos trabajadores terminan presos de situaciones de explotación laboral. En el caso de la familia Mur Menchaca –como en muchos otros– el componente migratorio y de pobreza conforma la base de la vulnerabilidad. Pensar en el progreso para ellos, para sus familias, los llevó a abandonar Bolivia. El progreso funciona como una cruz que arrastran por el calvario de la explotación laboral. El propio Estaban, aún hoy, lo vive de esa forma:
—¿Pensaste alguna vez en volverte a Bolivia?
—Con la familia ya no quise volver.
—¿Por cuestiones económicas?
—Volver me daba vergüenza, salir sin tener nada y con familia… Ahora, si quiero salir, tengo que salir con algo no con las manos vacías. Por ahora no quiero volver.

Ilustración Iñaki Echeverría

Fuente: Revista Anfibia

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