ENTRE EL RACISMO Y EL DESINTERÉS: EL GOBIERNO DE MACRI

Por La Tribuna de los Sin Voz

Los terribles acontecimientos de la semana pasada en las villas Soldati y Lugano pusieron en jaque al gobierno macrista. Entre otras consecuencias, el Jefe de Gobierno quedó al descubierto al hacer explícita una manera de pensar que caracteriza su concepción de la realidad. Durante las primeras declaraciones tras la brutal represión a cargo de la Policía Federal y la Metropolitana en el Parque Indoamericano, Mauricio Macri responsabilizó a las víctimas de la represión, “acusándolos” por su condición de inmigrantes (principalmente bolivianos y paraguayos) y vinculándolos con el narcotráfico.

Las declaraciones de Macri no son producto de un desliz, ni de las “emociones” del momento. Son la expresión de una posición de clase que no sólo se desinteresa por el presente y futuro de los sectores populares, sino que además condena a quienes arribaron a nuestro país en busca de nuevas posibilidades.
Al responsabilizar a los inmigrantes “ilegales” de la supuesta “inseguridad” en las villas, Macri recurre a argumentos racistas similares a los que utilizan todos los grupos xenófobos que construyen su mensaje en base a la discriminación y el rechazo del otro. El Jefe de Gobierno de la ciudad demuestra además, que otro rasgo característico de su inagotable ignorancia es el de desconocer los derechos atribuidos por la Constitución Nacional a las poblaciones extranjeras que habitan el territorio argentino.

Los nefastos comentarios de Macri que conciben a los inmigrantes como delincuentes, tiene su correlato en las prácticas concretas de su gobierno que desconoce las necesidades urgentes de los sectores populares de la Capital Federal y que incita a la violencia directa cuando avala la actuación por mano propia y privilegia la supuesta seguridad de “los vecinos” sobre las vidas de los jóvenes, viejos y niños “usurpadores”.

Las patotas macristas: la mano armada de la discriminación

Ante la imposibilidad de disponer de la Policía Federal (tras las primeas muertes durante la represión el gobierno nacional se negó a volver a enviar a la Federal) y con una fuerza propia ineficiente como la Metropolitana, Mauricio Macri recurrió a la histórica práctica de los punteros políticos afines, y puso en acción a “sus hombres” en la ocupación del Parque Indoamericano.
Los delegados de los asentamientos denunciaron que luego de la retirada de las fuerzas policiales, grupos armados de hombres (que según se han conocido pertenecen a las barras bravas de Huracán y Boca Jr.) arremetieron contra las familias instaladas precariamente en el lugar. La estrategia del gobierno macrista fue presentar el conflicto como un enfrentamiento entre los “decentes vecinos de los monoblocks” y los “ilegales delincuentes del asentamiento”. Pero un análisis más profundo de los hechos nos permite ver cómo tras los tiros y las piedras entre vecinos se esconden decisiones políticas que responden a la concepción del gobierno macrista de los pobres y de las villas.

La negociación: los problemas de fondo

El sábado pasado organizaciones sociales, delegados de la toma, representantes del Gobierno de la Ciudad y del Gobierno Nacional se reunieron para negociar una salida al conflicto en Villa Soldati. Por un lado, se logró un acuerdo por garantizar alimentos, agua y servicios sanitarios a los vecinos que están viviendo en el Parque. Por el otro, todavía no se consiguió una solución al problema estructural de la vivienda; el Gobierno Nacional se comprometió a otorgar terrenos, los vecinos a pagar por las tierras y construir con sus propias manos las viviendas, y el Gobierno de la Ciudad  sostuvo la actitud de confrontación al negarse a garantizar un plan de construcción de viviendas y retirándose de la reunión.
Desde La Tribuna de los Sin Voz hemos seguido los conflictos por el territorio que involucran al movimiento campesino en diversas provincias del mal llamado “interior” del país. Pero el conflicto por la tierra excede a la problemática campesina y al modelo productivo vigente; en las ciudades, las disputas se dan por el derecho a la vivienda.
“No vamos a tomar edificios ni viviendas particulares, queremos una vivienda digna” enfatizaba el delegado Alejandro Salvatierra el sábado pasado; los muertos de Soldati y Lugano querían un lugar para vivir, luchaban por el derecho a un pedacito de tierra donde construir una vivienda.
Más allá de las pujas entre el Gobierno de la Ciudad y el Gobierno Nacional, cabe decir que el de la vivienda es un problema estructural que tiene mucho años de historia como consecuencia de siglos de capitalismo y décadas de gobiernos que no han podido dar una solución estructural a esta problemática. Al igual que el hambre, la falta de viviendas aqueja a aquellos sectores que quedaron excluidos del reparto de las riquezas; familias de trabajadores desocupados o subocupados que nunca pudieron (ni podrán) acceder a un crédito hipotecario para cumplir con ese “sueño de la casa propia” que pregonan tantas publicidades.
La lucha es por el derecho a una vivienda digna y, en este escenario, es también por un lugar en la agenda política, por desinvisibilizarse, por surgir de los márgenes y hacer oír el grito de quienes estar cansados de ser olvidados, hartos de no ser escuchados y dispuestos a todo por una vida un poquito mejor.

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