En Chile gano el facsismo

El voto al empresario derechista Sebastián Piñera es parte de la polarización y de la expresión de un voto castigo a la ausencia de un proceso real de cambio. El triunfo de la derecha podría constituirse en un “viento de cola” para las democracias formales, si éstas, no se atreven a modificar la relación de fuerzas radicalizando sus procesos políticos sociales.

por Santiago Díaz

Tras 20 años de gobierno de democristianos y socialistas que con un discurso progresista llevo a la práctica el legado pinochetista de libre mercado, entrega de riquezas al capital extranjero, fortalecimiento de los grupos económicos y discretas políticas de bienestar social, el votó popular castigó a la Concertación
Tras dos décadas sin que el oficialismo lograra diferenciarse del testamento pinochetista, un importante segmento del electorado prefirió la versión original a la copia de la “oculta” sumisión ideológica de los principales cuadros de la Concertación a los postulados de la dictadura pinochetista.
La gravedad del resultado y las consecuencias, aún más negativas que depara el futuro, para la clase que vive del trabajo se pueden presentir en los festejos. Detrás del triunfo y del discurso conciliador de Piñera, hay gritos revanchistas del sector más fundamentalista del fascismo. Celebran la victoria con consignas anticomunistas, levantan imágenes y bustos de Pinochet y se preparan para ir por más.

El voto momio

La derecha chilena se inclinó por Piñera que sin ocultamientos manifestó sus preferencias políticas por el dominio del mercado neoliberal como única fuerza decisiva para manejar los destinos de los chilenos.
Los “momios” votaron al hombre que ni siquiera se atrevería a pensar una nueva Constitución, sin los parches y enmiendas a la Constitución que dejó la dictadura pinochetista.
La derecha no se equivocó, Piñera jamás plantearía una urgente recuperación del rol del Estado en materias tan sensibles como la educación y la salud, la previsión y dignidad del trabajo, el transporte y el destino de la principal riqueza mineral chilena: El cobre.

El voto del común denominador chileno

En Chile no existió una clara diferenciación entre la Concertación, que con una sucesión de cuatro gobiernos de centro derecha y centro izquierda (Patricio Aylwin, Ricardo Lagos, Eduardo Frei y Michelle Bachelet) solo se diferenciaron en matices y formas de los planteos de fondo de Piñera.
En ese camino, los herederos políticos del pinochetismo organizados en la Unión Demócrata Independiente y la Renovación Nacional supieron aprovechar las diferencias que fueron desvaneciéndose en los 20 años de gobierno de la Concertación hasta tornarse casi imperceptibles para el común denominador del pueblo chileno.
La apatía, el desinterés por la política del sector mayoritario del pueblo y sobre todo de la juventud chilena, tiene una razón de ser en la invisibilidad ideológica y la política de desmovilización y despolitización de masas promovida por la Concertación.

Implosión y sumisión

El terrorismo mediático como parte de la contraofensiva capitalista ahora busca el quiebre y la atomización de la unidad entre los demócratas cristianos y lo socialistas. Con la probable implosión de la Concertación la derecha se relame.
En la democracia cristiana, un sector importante prepara sus bártulos para acercarse al nuevo gobierno derechista. El sector neoliberal del socialismo se disputa contradicciones con el sector del hijo del legendario guerrillero Miguel Enríquez. Ambos, se enfrentan con las convulsiones de los viejos socialistas que no pueden entender como su partido perdió la brújula de Salvador Allende.
Se puede prever que Piñera como presidente, vaya aún por más. En materia de relaciones internacionales, operará un retroceso, al alineamiento contradictorio con los Estados unidos, le sucederá una alineación automática con Washington.
De esta manera Chile, se sumará al campo a favor de la contraofensiva capitalista norteamericana donde ya juegan por el pacífico con la excepción de Ecuador, los gobiernos de México, Colombia, Perú y Costa Rica.
De hecho, la supremacía de la derecha se verá facilitada por la descomposición y atomización del centroizquierda, y la ausencia de una izquierda que por fuera del consignismo y estrategismo pueda transformar la crisis sistémica en crisis revolucionaria uniendo y organizando un frente de unidad popular.
Frente sin el cual no habrá hombres o nuevos partidos en condiciones de desafiar la hegemonía de la derecha. La contraofensiva capitalista ganó un nuevo round en el fin de la década. Deberíamos aprender la lección que nos depara esta derrota para evitar una mayor convulsión que erosione nuevas democracias formales en nuestro continente.

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