El Mundo: La Guerra Fría del siglo XXI

0 01 22 02 lucha por hegemonía

La política exterior de Biden no tendrá grandes variaciones en comparación con la de Trump: el estilo será diferente, pero la rivalidad geopolítica entre EEUU y las otras dos potencias continuará.

Por Omar José Hassaan Fariñas

Biden y la continuidad de la geopolítica estadounidense

En el año 2008, se dio una “splendid little war” (una pequeña guerra) entre Rusia y Georgia, conocida como la Guerra de Osettia del Sur. La guerra solo duró cinco o seis días, y finalizó como muchos sabían que finalizaría: derrota contundente de Georgia. Para entonces, ya casi trece años atrás, me hice una pregunta: ¿Por qué el señor Mikheil Saakashvili – el entonces Presidente de Georgia – decidió lanzar una guerra contra una potencia militar que disfruta de una ventaja cualitativa y cuantitativa aplastante en relación con sus propias fuerzas militares? De inmediato, recibimos una respuesta a este interrogante por parte del mundo occidental, tanto de la prensa como de los políticos, los lideres y los mal llamados “think tanks”: es una agresión injustificada por parte del villano tradicional del Siglo XXI, el malvado Vladimir Putin.

Este breve conflicto, a pesar de que pocos ahora lo mencionan y lo toman en consideración, es uno de los eventos que marcan el inicio de la Guerra Fría actual, la que nadie quiere “catalogar” como una, pero todos sabemos que es así. La Guerra Fría actual – entre Estados Unidos por un lado, y Rusia y la China por el otro – es un conflicto geopolítico que se mantiene “frío” en el enfrentamiento militar y bélico, pero si incluye enfrentamientos directos en ámbitos como la diplomacia y la lucha económica (particularmente entre Estados Unidos y la China).

No obstante, fue este breve enfrentamiento militar entre Rusia y un “proxy” de Washington – el gobierno de Saakashvili– que puede tomarse como un “punto de inflexión” en el cual desde entonces, se sabe que el futuro de las relaciones internacionales estaría dominado por una nueva guerra fría. Para entonces, si nos podemos recordar, uno de los temas más importantes de la agenda gringa en la geopolítica internacional era el de la expansión de la OTAN, y no necesariamente a ámbitos como el sureste asiático, ni tampoco en África, sino justo en la región de influencia del antiguo Pacto de Varsovia, justo el mismo espacio geopolítico en el cual habita Rusia. Es como si fuera que Rusia pretenda desestabilizar el gobierno en México o Canadá, o cualquier parte de Centroamérica, y las acciones (el “grito en el cielo”) de Estados Unidos si algo así sucediera.

Antes de la guerra entre Rusia y Georgia, la OTAN (o sea, Estados Unidos) había decretado la independencia de Kosovo, y en la reunión de la OTAN de ese mismo año, ofrecieron garantías que Georgia y Ucrania pronto formarán parte de la señalada alianza militar gringa. Las capacidades bélicas de Georgia fueron creciendo drásticamente con la compra de armamentos de los países de la OTAN, y los que no se le vendían por parte de la alianza, se los vendía la Entidad Sionista, con el sello de aprobación de Washington, naturalmente. Con solamente el acelerado crecimiento de equipamientos militares no-defensivos, ya Rusia tenía suficientes razones para preocuparse. El diseño gringo era “instigar” una crisis entre ambos países con la finalidad de justificar la expansión de la OTAN hasta la frontera rusa. Naturalmente, el interés de Estados Unidos no poseía relación alguna con la “integridad territorial” de Georgia, sino con el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan, que conecta el mar caspio con el mediterráneo. Si Osetia del Sur y Abkhazia salen del control de Rusia, Estados Unidos pudiera “cerrarle” el chorro energético a la China, entre otras “ganancias” geopolíticas bien codiciadas.

El conflicto obligó a Rusia a demostrar sus “colmillos”, los mismos que luego tendría que demostrar una vez más en Ucrania pocos años después, con otra “jugada” de Estados Unidos, esta vez con la ambición de arrebatar de los rusos el puerto de aguas profundas de Sebastopol, el mismo que desde 1783, contiene la base principal de la Flota rusa del Mar Negro. En pocas palabras, estos conflictos tienen que ver poco con las pequeñas republicas ex – soviéticas, y todo con los esfuerzos gringos de “estrangular” a Rusia geopolíticamente, para así poder consolidar su hegemonía global.

Esta rivalidad geopolítica es la que aun define una gran parte de las interacciones en el sistema internacional en la actualidad, y no va a desaparecer simplemente porque el Señor Trump salió – por los momentos – de la Casa Blanca. Desde la guerra mediática del Oeste contra la vacuna rusa contra el Covid-19 – Sputnik V – y hasta el uso de la OPAQ como instrumento político para acusar a Rusia de “envenenar” a supuestos disidentes que trabajan para las potencias occidentales, todos estos son productos secundarios de la Guerra Fría EEUU-Rusia y EEUU-China.

Es menester comprender que al analizar eventos y sucesos en el ámbito internacional, siempre podemos encontrar un ángulo o una relación, directa o indirecta, con las rivalidades geopolíticas entre Estados Unidos por un lado, y Rusia y la China por el otro. Aun en conflictos que de primera instancia no exhiben estas características, como por ejemplo el conflicto entre Azerbaiyán y Armenia sobre la región del Alto Karabaj (Nagorno Karabaj), o el conflicto entre Egipto y Sudán por un lado, y Etiopia por el otro sobre la represa “Renacimiento” en el Nilo Azul, poseen una relación indirecta con la rivalidad geopolítica entre las tres potencias, de una manera u otra.

Por esto es que la política exterior del señor Biden no demostrará grandes variaciones en comparación con la política exterior de su antecedente, el señor Trump. El estilo será diferente, pero la esencia será la misma, y la rivalidad geopolítica entre su país y las otras dos potencias no verá muchas variaciones. Seguramente, la intensidad y agresividad contra Rusia aumentará en este periodo, pero más o menos se mantendrá la misma postura brutalmente agresiva contra ambos países, quizás con un énfasis en la guerra contra Rusia, en primer lugar por el odio visceral que los demócratas poseen contra Rusia y Putin, pero quizás la verdadera motivación de dedicar toda la ira gringa contra Rusia es que la China ya – efectivamente – se les “escapó” de las manos a los gringos. En pocas palabras, es más fácil pelear indirectamente contra Putin, que directamente con la economía del gigante chino.

Pudiéramos ver ciertas diferencias entre la administración del Señor Trump y la nueva del Señor Biden. La actual administración estadounidense (Biden) tratará de recuperar su relación con la OTAN y la Unión Europea, dos tareas que serán bastante difíciles, pero por lo menos serán más fáciles que “controlar” a la China o “neutralizar” a Rusia. Recuperar el rol “positivo” en el ámbito multilateral pudiera ser otra, aunque en realidad – y esto se nos suele olvidar por lo tan desagradable que fue el periodo del Señor Trump – Estados Unidos NUNCA realmente respetó o tomó en consideración el derecho internacional y el multilateralismo. El Señor George Walker Bush, por ejemplo, tuvo menos consideración con el multilateralismo y el trabajo mancomunado internacional que el Señor Trump, solo que fue más hipócrita y de doble moral que el propio magnate gringo (bueno, en realidad ambos son “magnates gringos”). Veremos, durante los próximos cuatro años por lo menos, un cambio de “estilo” en la aplicación, pero seguirá siendo la misma agenda, con los mismos objetivos y métodos, quizás con un poco mas de “decoración diplomática” y menos declaraciones “bombásticas” y el empleo obsesivo e incontrolable del twitter y el llamado “social media”.

Ahora bien, a pesar de que el periodo “Biden” será otro de “Bussiness as Usual” al mejor estilo gringo, existen ciertas realidades que toda la maquinaria de ese país no podrá alterar, ignorar o negar. Ya todos nosotros las sabemos, aquí solamente indicaré ciertos elementos que resaltan este punto de manera indirecta, y quizás así el lector llegará a las mismas conclusiones que yo he arribado recientemente, a saber:

La China es el primer país que logró llegar a la parte oscura de la luna;

La China prácticamente controla un gran parte de los procesos productivos globales (la economía de producción);

La China actualmente se ha colocado como un verdadero rival y potencial sustituto de los dos grandes centros financieros mundiales: Nueva York y Londres;

La economía china pudiera superar la economía gringa antes de lo esperado (ya no se habla sobre “si” logrará superar la economía norteamericana o no, sino “cuando”);

Con la Supercomputadora cuántica “Jiuzhang”, la China supera a Google y logra la supremacía cuántica en base a fotones, en vez de superconductores de metal;

La China es la única gran economía que logó crecimiento económico positivo durante el 2020, impulsado por su eficaz gestión de la pandemia y su economía pos-cuarentena. China creció un 6,5% en el último trimestre de 2020, lo que completa la serie con una marca anual de 2,3%.

El reactor experimental de fusión nuclear chino “HL-2M Tokamak”, activado en el 2020, es prácticamente un “sol artificial” que genera temperaturas de 150 millones de grados Celsius. La energía de fusión nuclear es una promesa que durante décadas varios países han intentado hacer realidad. Ahora, la China está más cerca de lograrlo.

Un submarino chino nombre “Fendouzhe” llegó al lugar más oscuro y profundo de la Tierra: la Fosa de las Marianas, a 10.909 metros de profundidad (11 kilómetros);

A pesar de la pandemia y la guerra destructiva de Estados Unidos contra el país asiático, la presencia de la economía china en América Latina y África ha incrementado en el 2020.

Lo más impresionante de la lista que acabamos de presentar no es su contenido, sino el simple hecho de que no es exhaustiva, y se puede extender por unas cuantas páginas más. Esto indica que los esfuerzos de la administración del Señor Trump no lograron “frenar” el ímpetu de crecimiento y diversificación del gigante asiático, pero más importante, deja otro elemento bien claro, aunque casi nadie lo aborda: Estados Unidos pasó de ser la potencia que posee una vanguardia que sostiene su propio “momentum” de desarrollo e innovación, a tratar de frenar el desarrollo y la innovación de los otros, con la esperanza de que no la alcancen, y así poder seguir alegando que posee una supremacía y una hegemonía que ya perdió. Obama, Trump, Biden o quien sea, ya no hay como frenar a la China. Igualmente, Obama, Trump, Biden o quien sea, ya en el Kremlin no reside un liderazgo triste, patético y débil como el del Señor Boris Yeltsin, quien besaba muy indignamente la mano de la señora Madeleine Albright (canciller gringa del Señor Clinton), sino un liderazgo del tipo más peligroso que pudiera existir para la hegemonía gringa: sagaz, paciente, prudente, metódico, quirúrgico, y que exhibe templanza, providencia pero a la vez fervor y perseverancia.

Entonces, estimados lectores, recomiendo que no busquen las diferencias entre los señores Trump y Biden, sino la evolución sociohistórica de la lucha gringa por mantener su elusiva hegemonía, y cómo ciertos países luchan para impedir la imposición de esta. Es de notar que aquí ni siquiera logramos abordar temas anti-hegemónicos como las potencias en ascenso, entre ellas tenemos a los turcos y los persas, o el futuro de otra potencia mundial como la India, incluso ni mencionamos como un país tan limitado en su proyección de poder como Venezuela logró aguantar la embestida gringa que buscaba el anhelado “regime change”, y no lo logró durante el periodo “Trump”. Lamentablemente, todo eso será para otros momentos y otros artículos. Por ahora, el asunto es bastante simple: sale un gringo de la Casa Blanca, y entra otro. Diferentes “estilos”, pero en el fin, el país y su población, son las mismas.

Fuente: alainet.org

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