EGIPTO: EL GOLPE QUE APOYAN MILLONES

Por Ezequiel Kopel

Un año y cuatro días duró el mandato del primer presidente constitucional de la historia de Egipto. Doce convulsionados meses en los cuales el electo candidato de la “Hermandad Musulmana” Mohamed Morsi acordó con los militares, reformó la constitución, buscó una particular islaminización de la sociedad, fracasó en la estabilización económica del país y realizó todo tipo de extravagantes declaraciones que pusieron nerviosos tanto a seculares como militares. Hasta que se le acabo el tiempo, o mejor dicho, hasta que una extraña amalgama integrada por fuerzas tan disímiles como un ejército desprestigiado, dirigentes opositores que no se presentaron a las últimas elecciones, una policía que se ausentaba llamativamente de las calles de El Cairo, representantes religiosos en busca de la influencia perdida, millonarios financiando movimientos de protesta civil y dos decenas millones de personas, decidieron que el tiempo del electo mandatario de la nación árabe más populosa de la tierra había llegado a su fin.

 

Con las cartas sobre la mesa y la mayor movilización popular en la historia del país pidiendo la dimisión de Morsi, la cúpula militar egipcia (elegida por el mismísimo presidente luego de una aplaudida purga en los altos mandos a cambio de inmunidad judicial y la garantía de que el presupuesto del ejército no tendría revisión del parlamento) aprovechó la protesta para recuperar la influencia perdida un año atrás. ¿Cómo gobernó Morsi? Mal: su administración fue mala tanto en lo socio-económico como en lo político (enfrentamientos religiosos, intentos de superpoderes, inseguridad rampante, alto desempleo, faltantes de combustibles, cortes de luz y más) pero fue un gobierno democrático, elegido en la elección más transparente de la historia de Egipto y vencedor, además, de dos elecciones parlamentarias y un referendum constitucional. Es decir, Morsi encabezó el partido más votado en las últimas cuatro elecciones democráticas de Egipto. Entonces: ¿Por qué los mismos egipcios que habían exigido democracia en 2011 y colocado a la Hermandad Musulmana en la presidencia en 2012 (13 millones de votos) ahora pedían la interrupción del gobierno constitucional y estaban dispuestos a apoyar un golpe de estado?. Porque al fallar la oposición en organizar un frente democrático que reflejara los deseos de la mayoría, la gente creyó que la opción era salir a las calles para desestabilizar la hegemonía de la Hermandad Musulmana ante la ausencia de una genuina oposición política. Además, el caudal político de Morsi no estaba grabado en piedra, el presidente no supo crear una estructura para sostener el mismo y descubrió, como antes lo había hecho Hosni Mubarak, que el poder militar solo se preocupa por sus intereses: no es una cuestión ideológica para ellos, sino política. Mientras justifican su intervención en la vida política del país argumentando que ellos articulan el “deseo del pueblo”, los militares nunca han sido una “avanzada” por la democracia y su únicos dos objetivos han sido la opinable “estabilidad nacional” y, más importante aún, su intocable lugar de privilegio dentro de la sociedad egipcia (económico y social).
Con tanques en las calles  y soldados rodeando el palacio presidencial, la mayor autoridad militar, el general Abdul-Fattah el-Sisi, ni siquiera pronunció el nombre de Morsi para anunciar que el presidente había sido depuesto y la constitución suspendida. Pero a la vez, decidieron no repetir los mismos errores cometidos cuando derrocaron a Mubarak e impusieron a un ignoto juez como autoridad interina mientras ellos manejan todos los hilos desde atrás.
¿Cómo reaccionó Estados Unidos? Con cautela y confusión . Quienes en un primer momento pidieron la vuelta de Morsi y  usaron la palabra “golpe” para describir la movida fueron los mismos que a los pocos días hicieron desaparecer esa misma definición de los comunicados de la Casa Blanca. ¿Por qué? Porque a pesar de haber financiado a numerosos movimientos de oposición a Morsi durante el año que duró su gobierno, los Estados Unidos fueron sorprendidos por la movida militar: las millonarias ayudas económicas que llegaron a Egipto desde los países del Golfo luego del golpe (12 billones de dólares de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait) junto al declarado apoyo de Qatar y Siria, con correspondientes cartas de felicitaciones, dejan en claro que ellos no fueron los únicos consultados previo a la interrupción del orden democrático. Además, para que USA continúe con la millonaria ayuda militar a Egipto (1.3 billones de dólares) no puede calificar al golpe de estado con su verdadero nombre pues una resolución actual del Congreso estadounidense prohíbe la ayuda a países donde el orden democrático haya sido interrumpido.
También es cierto que la  llamada “Primavera árabe” no ha dado la última de sus sorpresas en Egipto. Luego de los dictadores militares han venido los islamistas para que después el mismo “islam político” pierda la mayor parte de su apoyo en sólo un año de gobierno y termine siendo remplazado por el ejército pero esta vez con amplio apoyo civil. Lo que le sigue es una incógnita, aunque dos situaciones están más que claras: si una “revolución” dedicada a promover el orden democrático tiene que apoyarse en los fusiles de los militares para lograr sus metas, una nueva definición de democracia debe ser enunciada y, más importante, ahora los millones de seguidores de la Hermandad Musulmana en Egipto están más que seguros que no pueden acceder al poder por medios democráticos.

Fuente: Agencia Paco Urondo

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