De sueños y carteles

María Emilia Salto*

Hay una intersección en Neuquén donde hay que prestar, qué digo, regalar, mucha atención. Convergen cinco calles. Esto, para explicar a usted por qué recién ayer vi la leyenda en la pared. Simplemente, por mirar al costado en vez de adelante, alguien me decía, con aerosol negro, «Nuestros sueños no caben en sus urnas». Punto. Ni firma, ni dibujos, nada. Sólo su explosivo contenido.

Usted y yo podríamos discurrir, con lógica, que las urnas no están hechas para contener sueños, sino votos, y también reflexionar que todos tenemos sueños, y también que quien -quienes, puesto que la leyenda habla de grupo – la escribieron, expresan el descreimiento, el desencanto que muchos y muchas jóvenes sienten hacia la realidad que construye la democracia… Bueno. No me alcanza.

 

Algunos sueños, algunos apretaditos, podrían ser contenidos. Si estos pibes sueñan con ser parte de una banda de rock, la democracia debería poder brindarles el acceso a la música y a sus instrumentos. Si sueñan con algunas de las cosas bellas que los medios masivos de difusión y la avalancha de ofertas les refriegan, la democracia debería facilitarles el estudio, el puente que anule la brecha tecnológica, el trabajo a sus padres, o a él, o ella. Y así, varios sueños. La leyenda me hace pensar que si se sienten tocados por el tema electoral, es porque tienen edad de votar, o cerca. Y no parecen entusiasmados. Entonces, ¿qué rumbo tomarán sus sueños? Puedo pensar algunos, y no me gustan, porque si la democracia no tiene ni siquiera el principio, los instrumentos, para que a partir de ellos construyan su camino (y quizás descubran que no les gustan esos sueños si se hacen realidad, pero ésa es una experiencia a la que también tienen derecho), cabe pensar que tomarán atajos. Arriesgados. Destructivos. Y entonces, como corresponde, serán estigmatizados.

Y ahora le voy a contar de un cartel, que es semejante a muchos, pegados en paredes y postes de la ciudad vecina, Cipolletti, y que mi hermano Beby tiene encuadrado. Antes de transcribir parte del mensaje, le diré que Beby me informó que el «Movimiento Dignidad», que se atribuye el cartel, es un grupo de pibes y pibas dirigidos por un amigo suyo, (cosa que no me extraña, porque como periodista y como persona le ha dado y le da una mano a mucha gente) que se autocontiene en ese local de barrio humilde con actividades deportivas, artesanales, laborales, culturales. Y quiénes son esos pibes, mejor que lo diga el cartel.

En letra muy grande: «NINGÚN PIBE NACE CHORRO». Y más abajo: «Sra., Sr.: «¿Ustedes creen que por ser jóvenes pobres y mal vestidos ya nos pueden condenar? ¿Ustedes creen que porque vivimos en el Mapu, en las 1.200, el Managua, las tomas, o cualquier otro barrio de Cipo (usted sustituya por la zona de su ciudad que ya debe estar en su cabeza, esto lo digo yo) podemos ser discriminados, condenados o criminalizados? ¿Ustedes creen que está bien que por vivir en el centro y tener plata también haya quienes se creen que son dueños de la vida de los otros? Nosotros no le deseamos el mal a nadie. Quisiéramos que conozcan la realidad en que vivimos». Y en caracteres más grandes: «Y QUE RESPETEMOS LA VIDA. MOVIMIENTO DIGNIDAD».

Por esa rara capacidad del cerebro de relacionar cosas que aparentemente no vienen al caso, pensé en «la batalla por los perros» (o contra los perros) que se desarrolla en la ciudad de Neuquén. Sabrá de ella; trascendió nacionalmente. Cosa curiosa –o no– las imágenes de perros, perritos, perrazos, siempre estaban en los lugares más humildes. Como contribución a la batalla, dono el texto del «Operativo Dignidad», porque si esa pasión perruna se pusiera en las personas que viven allí…

Sí. Evidentemente, esos sueños no caben en ninguna urna.

 

 

*Diario Río Negro

 

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