Cuba: Braulio Curuneaux y el canto de su ametralladora

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Junto a él, dos hombres de su dotación, aferrados a su querida ametralladora, murieron el 27 de noviembre de 1958, destrozados por un cañonazo; pero el enemigo no pudo pasar. Aun después de muertos ganaron la batalla
Autor: Ernesto Pérez Shelton
A la Comandancia de La Plata, poco antes de salir para Guisa con una tropa, el máximo jefe del Ejército Rebelde mandó a buscar a Braulio con la ametralladora:
–¿Cuántos hombres tienes, Curuneaux?
–Ocho, Comandante.
–¡Un capitán y ocho hombres!, exclamó Fidel en tono de broma y rió. A lo que respondió Braulio:
–Sí, Comandante, pero cada uno vale por diez.
Ese era el espíritu de aquel hombre que hoy cumpliría 90 años.
Braulio Eustasio Curuneaux Betancourt, Tito, nació un viernes santo en el central Soledad (actual municipio de El Salvador), Guantánamo, el 29 de marzo de 1929. Sus padres fueron Fabián Curuneaux Trimiño y Luisa Betancourt Linares. A Tito lo criaron sus abuelos maternos. Casi un niño trabajó en labores agrícolas, cortó caña y eventualmente cumplió tareas en los talleres del central. Montaba a caballo y cazaba con un fusil marca u. Estudiaba de noche, porque deseaba superarse, ser mecánico automotriz, aviador y oficial del Ejército, como su tío, el primer teniente Gabriel Lalo Curuneaux Trimiño.
Ingresó al Ejército de la República como recluta el 22 de marzo de 1948, en el cuartel Moncada, Santiago de Cuba. Calificó con resultados notables en la Escuela del Soldado, se destacó como tirador y fue destinado al pelotón de ametralladoras del batallón de infantería. Contaba con 19 años, era un mulato achinado de baja estatura (1,61 m), serio, estudioso, responsable.
Durante el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, junto a otro soldado, recibió la orden de detener al coronel Álvarez Margolles, jefe del regimiento, quien se negaba a aceptar el golpe: «Señor coronel usted está arrestado», dijo Braulio con voz firme. Los oficiales golpistas asumieron el mando en el cuartel. Fue ascendido y enviado a la Escuela General de Sargentos en Managua, La Habana. Se graduó con altas calificaciones, experto tirador de fusil y ametralladoras calibres 30 y 50.
En la madrugada del domingo 26 de julio de 1953, durante el ataque al cuartel Moncada, recibió la misión del comandante Morales de ejercer la defensa desde los altos del club de oficiales con una calibre 30, desde donde disparó a los atacantes apostados en el Hospital Civil y el Palacio de Justicia.
Fracasó el asalto y, en la mañana, los jefes principales, ausentes en el combate (Chaviano, Chaumont, Lavastida y otros), ordenaron asesinar a los heridos y prisioneros. «Quien pelea con valor, por lo que cree su deber, no mancha su honor, asesinando después prisioneros indefensos», así comentaría Curuneaux a Rafael Calderín Betancourt, Felo, su hermano por parte de madre. Toda la vida se sentiría abochornado y arrepentido de haber apoyado el golpe de Estado. Él, como otros –entre ellos el propio comandante Morales, el capitán médico Tamayo, el primer teniente Sarría– no estuvieron de acuerdo con los crímenes y poco después fueron trasladados. Braulio, destinado hacia Holguín, resultó involucrado con posterioridad en un delito común, licenciado y sancionado a seis años de prisión.
El 30 de noviembre de 1956, en la cárcel de Boniato, protagonizó junto a los revolucionarios del Movimiento 26 de Julio, Carlos Iglesias Fonseca (Nicaragua), Raúl Menéndez Tomassevich y otros, la espectacular rebelión y fuga en los momentos en que ocurría el levantamiento de Santiago de Cuba, en apoyo al desembarco de los expedicionarios del Granma. En lo adelante, su participación en el movimiento clandestino, con el seudónimo de Eduardo Rodríguez, así como su incorporación al Ejército Rebelde se haría sumamente compleja, era tenazmente buscado y conocido por los cuerpos represivos.
Cuando asesinaron a Frank País, el 30 de julio de 1957, en unos apuntes que le fueron ocupados, constaba la autorización para la partida de Braulio hacia la Sierra Maestra: «Curuneaux que se vaya».
En carta a Fidel, enviada por René Ramos Latour, Daniel, explicaba: «Espero que hoy (20-11-1957) pueda salir el sargento Curuneaux, que tantas veces hemos tratado de enviar y que no se había podido lograr por lo difícil que resulta sacarlo de Santiago…».
EN LA SIERRA
En las filas insurgentes participó en múltiples e importantes acciones de la Columna No. 1 José Martí. El 5 de diciembre, en el combate de El Salto, el Comandante le entregó una 30 a Braulio y, según César Suárez, comenzó así «su cantar de la ametralladora», sacaba de ella ráfagas cortas de cuatro, tres, y hasta de uno y dos disparos aislados. Ese mes tomó parte en una operación en los llanos de Manzanillo, al mando del entonces capitán Raúl Castro Ruz.
En febrero de 1958, participó en el segundo combate de Pino del Agua. En San Ramón ya era teniente, cuando Fidel le entregó el mando de dos dotaciones de calibre 50, llegadas en la expedición de Cienaguilla, encabezada por Pedro Miret. Recordó Rafael Mompié que el Comandante en Jefe, echándole un brazo por el hombro a Curuneaux, bromeaba con él después de haber probado ambos las ametralladoras, antes del combate. Días después participó en una acción cerca de la cárcel de Manzanillo, junto a los capitanes Paco Cabrera y Delio Gómez Ochoa.
Durante el rechazo de la Ofensiva de Verano de la tiranía (Plan ff, Fase Final o Fin de Fidel) se distinguió en decisivas batallas y combates, bajo el mando directo del líder de la Revolución, o indistintamente del comandante Ernesto Che Guevara, Eduardo Sardiñas, Lalo, y Ramón Paz Borroto. El tableteo inconfundible de la mortífera máquina en la desembocadura del río La Plata, las dos batallas de Santo Domingo, El Jigüe, alto de Meriño y Las Mercedes, entre otras acciones, las informaciones de Radio Rebelde, los comentarios de combatientes y la población en general convirtieron en leyenda al capitán con su inseparable arma. Testimonió Álvarez Zambrano El Negro, que en Santo Domingo Braulio recibió un papelito de Celia Sánchez, donde Fidel lo ascendía a capitán, y agregaba: «Van dos tabacos de premio».
Con posterioridad, en la importante acción de Cerro Pelado, Curuneaux combatió con las dos ametralladoras calibre 50.
Sobre los resultados finales, Fidel escribió el 27 de septiembre de 1958: «(…) según informes por diversas vías, el enemigo sufrió 67 bajas entre muertos y heridos (…) fue uno de los combates donde hubo más precisión, más coordinación entre las distintas armas (…)».
En Guisa, durante la batalla, el Jefe de la Revolución recorrió las posiciones rebeldes:
–Curuneaux, ¿tú crees que pasen?
–Por mi posición no, Comandante.
Fidel escribió a Radio Rebelde: «Curuneaux hecho un león: ha abierto en un firme más de 200 trincheras»… El bravo capitán había minado, además, el sector de la carretera que defendía, donde voló un tanque y las fuerzas bajo su mando rechazaron el ataque de tres refuerzos enemigos apoyados con tanques, artillería y aviación. Allí cayó, resistiendo el tercero, firme e imbatible (…) «ha sido una gran victoria, aunque nos costó la pérdida del mejor oficial (…)», diría Fidel.
Al caer gloriosamente en combate en la loma del Heliógrafo o del Martillo (hoy de Curuneuax), en la carretera de Bayamo a Guisa, el legendario capitán contaba con algo más de una veintena de aguerridos combatientes de vanguardia, entre otros, Gonzalo Camejo, Alcibiades Bermúdez, Leopoldo Cintra Frías, Polo, y una escuadra distinguida de mujeres del pelotón Mariana Grajales.
Junto a él, dos hombres de su dotación, aferrados a su querida ametralladora, murieron el 27 de noviembre de 1958, destrozados por un cañonazo; pero el enemigo no pudo pasar. Aun después de muertos ganaron la batalla.
La victoria de Guisa abrió el camino a Santiago de Cuba. Los días de la tiranía estaban contados.
Fuente: granma.cu

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