CROMAÑÓN Y ONCE: RESPONSABILIDAD QUE NO ES LA MISMA PERO ES IGUAL

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Por Santiago Mayor
Este martes se conoció la sentencia por la Tragedia de Once. Los responsables empresariales y políticos recibieron las penas más altas mientras que el maquinista Marcos Córdoba, una de las más bajas. Este miércoles se cumplen 11 años de la Tragedia de Cromañon. Los músicos son los principales condenados. Los responsables políticos, están libres.
La doble vara de la Justicia no es una novedad. Dependiendo la causa, la presión social, política y mediática, toma decisiones que lejos están de ser ecuánimes. Cromañon y Once lo ponen de manifiesto.
Hace 11 años 194 personas murieron en la tragedia no natural más grande de la historia de nuestro país. Callejeros, una banda que venía en ascenso, tocó en un lugar que dejaba gusto a poco luego de haber llenado un estadio como Excursionistas o la catedral del Rock: Obras Sanitarias. Era el boliche República de Cromañon, gerenciado por Omar Chabán.
La historia de la bengala, el fuego en la media sombra del techo, la puerta de emergencia cerrada y lo que sobrevino después esa trágica noche, es conocida.
Pero una vez pasado el estupor y la tristeza, vino el momento de buscar responsables. Los medios de comunicación comenzaron a hacer conjeturas respecto a una cultura que no conocían, no conocen y no van a conocer jamás pero que, por joven, por rebelde, por rockera, buscaron condenar.
Qué quién tiró las bengalas, que por qué hacían esa estupidez, qué como tocaban en un lugar que era inseguro para tanta gente. Cromañon hizo saltar la mugre y la vergüenza. Pero nadie se quiso hacer cargo que durante años se condenó a la juventud a ir a recitales en antros de mala muerte, sótanos y sucuchos mucho más peligrosos que Cromañon. Que la cultura de la pirotecnia viene de la cancha y que en los años 90 explotó en los recitales de rock. Alcanza con ver los videos del recital de Los Redondos en Racing o el Ojo del Huracán de La Renga (apenas unos meses antes).
Pero, como sosteníamos en un artículo anterior, “nadie dijo nada, ni nosotros, ni los músicos, ni los medios, ni el poder político. Nadie controló”. La bomba pasó de mano en mano y le explotó a una banda que esa noche vio como todo se desmoronaba.
Responsabilidad legal a los músicos sin duda les cabe, en tanto organizadores del evento. Pero poca diferencia hizo para la Justicia que ellos mismos perdieran familiares aquella noche, que ayudaran -junto a otros tantos pibes y pibas- a sacar gente que se estaba asfixiando. Las penas más altas fueron para la banda. En cambio los inspectores que dejaron funcionar un lugar en pésimas condiciones, policías coimeros y los responsables máximos del gobierno porteño jamás tuvieron que pagar o sufrieron condenas apenas simbólicas en relación a la culpa que les cabe.
Se podrá decir que Aníbal Ibarra debió dejar de ser jefe de Gobierno. Si, también Juan Pablo Schiavi dejó su cargo de secretario de Transporte tras la tragedia del 22 de febrero de 2012, pero eso no lo eximió de ser condenado a ocho años de prisión. Porque las 51 víctimas de Once fueron también por su responsabilidad. Por dejar hacer o por ser parte del negocio. Poco importa. Fue y es responsable igual que el empresario Cirigliano y tantos otros.
Independientemente de las apreciaciones subjetivas sobre la sentencia de este martes, hay algo claro: el fallo condenó con mayor severidad a los responsables empresariales y políticos mientras que el último orejón del tarro, el maquinista Marcos Córdoba -a quién en un comienzo se intentó cargar con toda la responsabilidad-, fue condenado con una pena menor. La “condena social” jugó, en este caso, un papel fundamental. Desde el principio el eje estuvo puesto en la política y la empresa concesionaria.
Lo opuesto sucedió con Cromañon donde en septiembre de este año se ratificó la condena a los músicos impuesta por la Cámara de Casación en 2012 (tras revertir la absolución en primera instancia). En Cromañon -por ahora- pagaron los perejiles. En Once, afortunadamente, no.
En Cromañon la Justicia vio una responsabilidad, en Once, otra. Dos tragedias que no son lo mismo, pero son.

Fuente: Notas

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