¿CIENCIA? A DONDE VAMOS NO NECESITAMOS CIENCIA

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La elegía del intelectual profesionalizado
Por Andrés Rolandelli*
El proyecto macrista de convertir a Argentina en algo que no ha podido ser desde que emergió el peronismo hace más de 70 años está plagado de dificultades. Con el resquebrajamiento del orden neoliberal a escala global, a su plan maestro le están fallando las variables externas que lo harían sustentable en el mediano plazo. Más allá de estas dificultades, lo cierto es que hay una determinación férrea de la actual gestión por llevar a cabo este programa. Su accionar no se afinca en tradiciones clásicas de discurso. Al asumir que el ejercicio del poder no opera ni se deja performar bajo la rúbrica de ninguno de los esquemas retóricos conocidos, sean laicos o confesionales, el macrismo es profundamente contemporáneo en tanto reconoce la principal fuerza que determina la actualidad del momento: la técnica.
Como una vanguardia desenfrenada sin retaguardia alguna que la contenga, el poder performativo de la técnica es el principal agente de cambio a escala global, y se muestra capaz de dejar sin efecto cualquier discurso ajeno a sus designios ya sea de orden religioso, moral o estético. El avance de la ciencia en todos los campos de la naturaleza desde el siglo XIX hizo de su fundamento gnoseológico, la física newtoniana, el criterio incuestionable de verdad. En términos de su eficacia performativa, poco significó el relevo de esta teoría por parte de la relatividad de Einstein. La física mecánica, así como su aplicación al campo de lo social, siguió rindiendo frutos como ciencia aplicada. De allí la búsqueda de leyes sociales de igual jerarquía que las de la naturaleza. La teoría marginalista de Marshall en economía, la teoría pura del derecho de Kelsen, el darwinismo social de Spencer, la psicología conductual de Pavlov, fueron algunos de sus principales hitos.
El siglo XX se conformó en gran medida a la luz de este movimiento. Sin embargo, para ello debió disputar con otras tendencias que cuestionaban algunos de sus principios. La fenomenología, el existencialismo, el psicoanálisis y el marxismo fueron algunas y no pocos creyeron que el siglo XX sería del marxismo. Como se sabe, la historia demostró lo contrario. A partir del 1989 lo que quedó en pie como proyecto global fue el neoliberalismo. Este, más allá de permitir todas y cada una de las derivas modernas y posmodernas, se sustenta en un cariz neopositivista que opera como su última ratio. Poco importa que en Harvard, Oxford o La Sorbona haya departamentos de estudios marxistas, feministas y culturales. Las ciencias sociales a las que se les reconoce capacidad performativa sobre los diferentes ámbitos de la realidad reportan a un revival positivista. En la actualidad, son los principios gnoseológicos derivados de la biología, más precisamente de la neurociencia, los que marcan la pauta. A diferencia de lo acontecido en el pasado, este neopositivismo no traslada su método a otra entidad diferente de la naturaleza, llamémosle social, humana o del espíritu, en busca de resultados análogos. Sino que, ahora, la mayoría de los ámbitos correspondientes a estos campos son abordados a partir de un fundamento neurobiológico. Este se constituye como su principio apodíctico. El mundo corporativo lo comenzó a usar en el terreno de los recursos humanos, la publicidad y el marketing desde hace más de medio siglo. El coaching fue una de sus principales y más populares inventivas. En política, las llamadas campañas científicas han hecho lo suyo. Apoyándose en encuestas pueden asir, mensurar y eventualmente manipular el comportamiento social con fines electorales. En la economía, no pocas de sus afirmaciones recientes se sustentan en los avances de las neurociencias tal como la tópica de las neuronas espejos. En uno u otro caso la justificación -por ejemplo- del libre mercado o de los comportamientos electorales no radica en fundamentos filosóficos iusnaturalistas, historicistas o de cualquier otra índole, sino en un fundamento biológico que permite explicar una conducta. Aquellas reflexiones que se asuman como científicas, pero no suscriban a este paradigma, quedan como un exotismo o relegadas al lugar de la crítica sin reconocerle gran capacidad explicativa y, mucho menos, performativa.

Macrismo, recorte y neurociencias
El carácter contemporáneo del macrismo radica en el privilegio otorgado al discurso neurocientifico por sobre cualquier otro. Su estela se percibe en las diversas iniciativas de políticas públicas que propugna. La incorporación de técnicas de gestión del mundo empresarial en la administración pública constituye uno de los casos más evidentes. En las áreas de educación y salud se perciben sus ecos. Pero su impacto principal acontece en el área de comunicación. No son pocas las figuras importantes del actual gobierno que públicamente adhieren a este paradigma. Los consejos de Durán Barba fueron en esa dirección y mostró resultados muy concretos: la derrota del otrora imbatible peronismo. Su principal discípulo, el jefe de gabinete Marcos Peña, al igual que el ministro de educación Esteban Bulrich, también lo hacen. Parte de este mosaico es el reconocimiento al laureado neurocientifico, el radical Facundo Manes, funcionario del gobierno del PRO en provincia de Buenos Aires, y los fragmentos entrevistos de este discurso en el planteo económico del socialdemócrata formado en Londres, también radical, actual embajador en Estados Unidos y ex ministro de Economía del primer gobierno de CFK: Martín Lousteau. Aunque el PRO admite la existencia de otros discursos fuera de esta retórica, como las de su filósofo oficial Alejandro Rozitchner, quien dice provenir de la droga y el rock, fuente de su credo en el entusiasmo y el optimismo. Conjuntamente con Marcos Peña, Rozitchner decretó que el pensamiento crítico es un exceso. Como corolario esperado, tal sentencia operó como justificación para el recorte en el principal organismo que financia la investigación científica en Argentina, el CONICET, dentro del cual se incluye el financiamiento a las ciencias sociales y las humanidades.
En este contexto quedó reducida una de las formas por las cuales se profesionaliza la actividad intelectual en la Argentina. Fuera de la institución quedaron un millar de potenciales investigadores de todas las disciplinas, la mitad de ellos correspondientes a las ciencias sociales y humanas. A esta cifra se le irán sumando año a año aquellos que aún son becarios. En todos los casos estamos ante adultos jóvenes que invirtieron en promedio de cinco a siete años más de estudio luego de obtener su título de grado, para lograr doctorados y en algunos casos postdoctorados. Para todos ellos el paso siguiente era la carrera de investigador, la cual fue negada, no en razón de una mala performance sino aduciendo cuestiones presupuestarias. A pesar de lo trágico de la situación para todos los becarios, los que pertenecen a las ciencias duras tienen mayores posibilidades de inserción en el mercado laboral que sus homólogos de las sociales y humanas. Acá no sólo se juega una cuestión vocacional que implicó tiempo y energía, sino la posibilidad de una supervivencia económica.

Una defensa ineficaz
La discusión y el debate en torno al recorte apoyado también por Lino Barañao no se hicieron esperar. Las sociales y las humanidades fueron las disciplinas más raleadas, debido a la supuesta inutilidad de financiar muchas de sus investigaciones. Ante la crítica proveniente de las redes sociales y medios clásicos de comunicación, surgieron diversas voces a contrarrestar el ataque. Entre los argumentos en defensa, hubo cuatro tipos interesantes para destacar: el cultural, el científico natural, el institucional y el comparativista.
Dentro del argumento cultural, cuando se ha tratado de las áreas humanísticas de la literatura y la lingüística, se dejó entrever cierta apelación a la figura de Borges, criterio incuestionable de autoridad, como ejemplo de alguien que en su trayectoria se abocó, entre otras cuestiones, al estudio de las letras nórdicas. Lo que se omite en este argumento es que si Borges hubiera querido formar parte de los actuales sistemas de investigación le habrían exigido requisitos y condiciones que no poseía. Para empezar, un título universitario. Poco hubiera importado que hubiera publicado varias de sus obras más relevantes. Este caso anecdótico ilustra cómo el abordaje científico que la academia establece para las áreas humanísticas y sociales implica un canon que no admite determinados registros discursivos. Formas ensayísticas, literarias o partisanas son instancias de conocimiento no admitidas en la academia a no ser como objeto de estudio. Innumerables tesis e investigaciones son rechazadas o se las somete a reformas porque se considera que su abordaje no reporta a los criterios científicos legitimados. De allí que la apelación a figuras del campo literario es un uso injusto, aunque puedan contrabandearse algunas singulares argumentaciones. Nobleza obliga a reconocerlo.
La estela argumental derivada del campo de las ciencias naturales consistió en refugiarse en los avances que determinados científicos y proyectos de investigación de las ciencias duras han logrado producto del financiamiento del CONICET. En no pocos casos lo que comenzó siendo un proyecto de ciencia pura terminó por convertirse en uno de ciencia aplicada. De allí que se establece una analogía, expuesta de manera no del todo convincente, según la cual algo similar podría ocurrir en las áreas sociales y humanas. En ella también se establecen analogías que intentan descubrir leyes del comportamiento de la dinámica social como acontece en la naturaleza, apelando de esta manera a un argumento de sesgo positivista.
El argumento institucional radica en la excelsa performance de muchos becarios aspirantes a formar parte de la carrera de investigación que, habiendo cumplido con lo que se les pide, tal como la publicación de artículos científicos en revistas especializadas, formar parte de proyectos de investigación, etc, quedaron afuera. En definitiva, un argumento burocrático que cae por la fuerza de su propio peso. El sistema de becas del CONICET fue un sistema que no estipulaba un ingreso seguro a la carrera de investigador, a pesar de que se haya aducido una cuestión presupuestaria, sin contemplar el mérito.
El criterio comparativista alude a la inversión en ciencia y tecnología que determinados países realizan y el lugar que Argentina estaría ocupando en el mundo y cuál es el modelo a seguir. Más allá de la composición de esa inversión en ciencia pura y aplicada, además del sitio que en ella deben ocupar las diversas áreas, lo que se omite en este argumento es que esa inversión depende de una cuestión estratégica: un modelo de desarrollo con consenso político a largo plazo. El que proponía el kirchnerismo, a pesar de las dificultades, desaciertos y la necesidad de rectificarlo, requería de una política pública de ciencia y técnica como uno de sus principales puntales. En dicho marco, el financiamiento a las ciencias sociales y las humanidades corría a la saga de ese proyecto, aunque nunca quedara del todo explicitado el rol que estas debían ocupar. La propuesta del PRO, aún omitiendo la crisis económica y los eufemismos discursivos para no dar cuenta del proyecto que buscan llevar adelante, no la necesita en la misma medida. Las diferencias entre un modelo de acumulación que ponga el énfasis en el desarrollo industrial y otro que solo busque ajustar una economía acorde al presupuesto ortodoxo de las fronteras de la producción tiene su correlato en el impulso que se propugna a la ciencia y la técnica. Y por eso, en no pocos casos se presenta hacia la opinión pública la figura paradójica del cientista o intelectual antisistema que pretende financiamiento del sistema que critica.

El tabú
Ninguno de los casos antes expuestos puede responder cabalmente a la pregunta por la supuesta utilidad de financiar dichas actividades, por el simple hecho de que, medidas en esos términos, las ciencias sociales y las humanidades no la tienen. Que se haya apelado a esa lógica amparados en los cánones de las ciencias naturales no constituye una razón convincente. Más aún, es posible que haya sido el huevo de la serpiente por el cual se construyen las interpelaciones que justifican lo innecesario de financiarlas. En este sentido, lo dicho por Lino Barañao en el 2008 en relación al “carácter teológico” de las ciencias sociales y humanas fue una advertencia a la que pocos de los involucrados prestaron la debida atención. El zeitgeist neopositivista que anima a las neurociencias ya estaba operando, previo a la llegada del macrismo al poder. En este marco, el cuestionamiento a ese centro de imputación según la cual no todo debe ser mensurado acorde a un principio pragmático de utilidades resuta inocuo ya que el sistema se estructuró sobre él. Métodos pragmáticos terminan por exigir resultados de igual índole. Que la gestión kirchnerista no haya exigido tales resultados no significa que la actual no pueda hacerlo. De hecho, es lo que está haciendo cuando orientan en otra dirección una lógica institucional ya establecida, incluso conteniendo a una de sus principales figuras, el ministro de ciencia y técnica del anterior gobierno. Se ha señalado el carácter inoportuno de haber tomado dichas medidas debido al irrisorio costo fiscal que suponían -200 millones de pesos-. Más allá de considerar a esta como uno de los tantos “errores tácticos” del PRO, producto de su inexperiencia, no por ello entra en contradicción con sus fines estratégicos. Un modelo neoliberal en un país periférico como Argentina no requerirá, de consolidarse, una política pública de ciencia y técnica robusta.
Lo que emerge como un tabú del que poco se habla, es que las ciencias sociales y humanas han creado, en la mayoría de los casos, una red burocrática para nada seductora. Quienes la habitan invierten cuantiosas cantidades de tiempo en cumplir con formalismos vacuos, sin poder -en la mayoría de los casos-, estructurar una idea original. No en razón de falta de talento, sino del tiempo y energía que insume estar en la institución académica. Es más importante cumplir con plazos y estructurar un criterio productivista de creación intelectual que generar ideas audaces e innovadoras. Se debe cuidar la forma y la extensión de lo que se cita sin ahondar en excesos barrocos. El paroxismo al que ha arribado esta situación resulta en que es más importante la elaboración de un paper -bajo la premisa del publish or perish-, que un libro. El bien emblemático con el que se augura la tradición humanista moderna ya no vale. Sin poder cumplir con el fin pragmático que impone este modelo, tampoco se permiten desvaríos estéticos. En otras palabras, se produce algo insípido y sin utilidad. A no pocos de estos casos están orientados los dardos retóricos que pretenden desfinanciar las ciencias sociales y las humanidades.
De esta manera, lo que estas tengan para decir respecto de sus áreas de estudio y pueda trascender las fronteras académicas es cada vez más escaso, cuando no nulo. En tanto régimen de mecenazgo, el CONICET estableció pautas que desvirtuaron la naturaleza propia de los estudios sociales y humanos. La posibilidad de dialogar, cuando no interpelar a los sujetos y situaciones se encuentra, por lo menos cercenada.
Desde esta rúbrica, la interpelación al mundo político provino, en no pocos casos, de la adulteración de juicios morales y estéticos presentándolos como científicos, o desde una aparente exterioridad neutral, ignorando crasa y vulgarmente las características propias del fenómeno del cual se dice poseer un saber experto. Los litros de tinta que las diversas disciplinas de las ciencias sociales y humanas han vertido, en su anhelo de que el fenómeno político y social se ajuste a los objetos que ellas han construido, no estaría funcionando. Si antes la excusa era esa anomalía llamada peronismo, que impedía la existencia de un sistema de partidos coherente con ejes bien definidos y acuerdos macros de largo plazo, lógicas institucionales impolutas, una sociedad civil robusta con una ciudadanía empoderada, buenos esquemas de representación no contaminados por el clientelismo y tutti quantti; en la actualidad los hechos de corrupción que comprometen al presidente mismo, las lógicas antirrepublicanas en lo que hace a la designación de jueces de la corte suprema, el deterioro creciente de la economía, las vigencia de lógicas clientelares pero de otro signo, la hipertrofia del Estado, etc, habilitarían a pensar que la alianza CAMBIEMOS también lo sería. Sin embargo, posiblemente haya que reformular el enfoque, considerando que el fenómeno político en la Argentina y en no pocos lugares del mundo rebasa ampliamente los objetos que se han construido para asirlo. A no ser que baste con una imputación moral, válida aunque no científica. Ciertamente que hay excepciones. Existen profesionales de las ciencias sociales y las humanidades que han producido textos que permiten interpelar el pasado y la contemporaneidad, trascendiendo desde esta los confines de la academia, de igual manera que no pocos han asumido compromisos institucionales en el sector público, jerarquizando la función del Estado.
Si los cambios que están aconteciendo en Argentina y el mundo seguirán apelando a un sustrato neopositivista como su última ratio es algo que no se puede saber con certeza. Se requerirá para comprenderlos, habitarlos y performarlos (si es que eso acaso pueda ser mensurado), estrategias más audaces que el solemne alejandrinismo al que fue sometido el pensamiento en las formas académicas institucionales de la Argentina y el mundo.
La elegía del intelectual profesionalizado, comprensible por quedarse sin financiamiento público, como la de todas las víctimas de la actual coyuntura económico y social, no debe cesar si se encuentran nuevos modos de financiamiento. Su letanía debería realizar una autocrítica respecto de las formas académicas institucionales a las que fue sometida la dignidad del pensamiento en las últimas décadas. En no pocos casos es desde estas que se lo interpela.Tengamos la honradez de reconocerlo. La política, las sociedades y sobre todo la técnica deben ser repensadas a la luz de paradigmas más sagaces. No es poco lo que está en juego.

* Politólogo UNR, docente, autor de Carl Schmitt y la deriva moderna

Fuente: Revista Crisis (Artículo completo en la página web: http://revistacrisis.com.ar/notas/ciencia-adonde-vamos-no-necesitamos-ciencia)

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