Cerro rico, Potosí

  

El famosos Cerro Rico (Sumaq Urdu, en quechua), ubicado a las afueras de la ciudad de Potosí, Bolivia, fue descubierto por los invasores europeos en 1543. Este cerro de los Andes Meridionales ya funcionaba como un centro de explotación minera a manos del Imperio Inka hace centenares de años. Recorrimos la mina Rosario junto a un guía local y te contamos la realidad actual del Cerro y de los mineros que en él trabajan.

 

Poca plata da Potosí que tanta plata ha dado.

El cerro no quiere.

Durante más de dos siglos, el cerro escuchó gemir a los indios en sus entrañas. Lo indios, los condenados de los socavones, le suplicaban que agotara sus vetas.

Y por fin el cerro maldijo la codicia.

Desde entonces, misteriosas caravanas de mulas llegaban en las noches, se metían en el cerro y se llevaban,

a escondidas, los cargamentos de plata.

Nadie podía verlas, nadie podía atraparlas;

y el cero se fue vaciando noche a noche.

Cuando alguna mula se quebraba una pata, porque era mucho el peso del mineral, algún escarabajo amanecía cojeando penosamente en el camino.

Eduardo Galeano

Memoria del fuego: Las caras y las máscara

Tenía 5.183 metros sobre el nivel del mar y la cima del cerro formaba un cono perfecto. Los españoles vieron en él una inmensa fuente de riquezas y no tardaron en comenzar a explotarlo. Claro que no eran ellos quienes se aventuraban a ingresar al interior del Cerro para extraer toda la plata que se escondían en sus venas. El Cerro Rico de Potosí fue trabajado por millones de indios y negros esclavos que eran obligados a entregar sus días, su fuerza de trabajo y sus vidas a la extracción de los metales preciosos que durante siglos enriquecieron a Europa.

El Cerro Rico de Potosí tiene hoy una altura de 4.800 metros sobre el nivel del mar; ha perdido su forma cónica a causa de siglos y siglos de explotación minera. En él existe una gran cantidad de minas de donde se extraen principalmente zinc. «Ya no queda nada en el Cerro de Potosí, la conquista se ha llevado toda la plata y ahora sólo podemos sacar zinc y de muy mala calidad» nos cuenta Walter, el guía que nos acompaña.

Walter tiene 24 años, es potosino y trabajó durante 1 año en la mina Rosario del Cerro Rico cuando tenía 21. Es ágil y rápido caminando por los pequeñísimos pasillos de la mina, saluda a cada minero con quien nos cruzamos y le ofrece la coca o el alcohol que trajimos como regalos.

Walter nos comenta que en el Cerro todas las minas que existen están manejadas por cooperativas de trabajo; las cooperativas están formadas por mineros socios que ya han trabajado más de 15 años en el Cerro. «Pero puedes empezar a trabajar sin ser socio; yo empecé como ayudante. Ganas mucho menos… pero para ser socio tienes que trabajar de 10 a 15 años, así funciona». Los mineros no-socios ganan alrededor de 50 bolivianos por días; los socios, en cambio, ganan cerca de 200 bolivianos por jornada de trabajo.

La vida del minero es increíblemente sacrificada; es un trabajo que en relación con el ingreso promedio de cualquier trabajador boliviano está bien pago, para nuestro guía eso explica por qué tantos jóvenes potosinos buscan trabajo en las cooperativas.

Históricamente el Cerro Rico ha sido la tumba de millones de trabajadores; primero fueron los indígenas latinoamericanos, luego los negros esclavos y con los años los trabajadores bolivianos. «Las condiciones del trabajo de los mineros son terribles. Hay que empujar afuera de la mina los carros que llevan las piedras con el zinc, que pesan una tonelada… y son tres mineros empujando un carro de una tonelada».

A medida que nos internamos más y más las temperaturas cambian drásticamente; el aire es escaso, por momento hace mucho frío y cuesta mover el cuerpo, luego la temperatura aumenta abruptamente y hace tanto calor que respirar se hace difícil. Así trabajan los mineros de Potosí. «Antes teníamos 38 muertes por año; ahora hay accidentes cada tanto, porque las paredes internas de cerro se desmoronan, pero en promedio sólo hay una muerte por año. El trabajo es muy difícil, pero las condiciones han cambiado.»

Walter se muestra conforme con algunas medidas del actual gobierno boliviano:»antes de Evo el sueldo básico de cualquier trabajador estaba en 400 bolivianos (58 USD aproximadamente), con nuestro presidente ya hemos llegado a los 600 bolivianos de sueldo básico».

Al relatar las penurias de la vida y el trabajo diario de los mineros, Walter se esfuerza por aclarar el grado de responsabilidad de los conquistadores europeos, primero, y de los gobiernos bolivianos, después, en la explotación indiscriminada del Cerro y su consecuente costo en almas humanas.

La explotación de los recursos naturales latinoamericanos por manos foráneas tiene su origen hace más de 500 años, pero se ha sostenido a lo largo de siglos y aún hoy persiste. Los capitales extranjeros reproducen la lógica imperialista que permitió el desarrollo máximo del capitalismo. En este marco, la vida del minero sigue siendo inmensamente difícil, un trabajo insalubre que muy pocos logran soportar; la explotación extranjera ha logrado vaciar al cerro de sus materiales más valiosos y hoy sólo queda zinc de mala calidad. Pero Bolivia es un país en proceso de cambio, que está viviendo la época de transformación social más importante de las últimas décadas de su historia; las calles de Potosí gritan a través de sus paredes, su apoyo a Evo y al proceso que lleva adelante.

También allá abajo, en las entrañas del Cerro Rico, los mineros esperan cambios, mejores condiciones de vida y de trabajo. A pesar del cansancio, el calor, la falta de aire, corren tiempos de esperanza en las minas potosinas, y mucho confían en que las mejoras se acentúen y se abran nuevos tiempos en la historia actual de nuestra hermana Bolivia.

 

 

 

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