Argentina: El pueblo enfrenta al Covid en las calles para no morirse de hambre

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por Jorge Falcone*

“En poco tiempo hemos distribuido kilos y kilos de comida, en cientos de mesas de ranchos. Hemos picado, cortado y lavado cantidad enorme de comida que llega porque lxs humildes que están un poquitito mejor colaboran con quienes estamos peor. Hemos amasado amor por toneladas y sabemos que solo hasta ahora hemos laburado muchísimo más que cientos y cientos de politiquerxs que andan dando vuelta por ahí, a salvo del hambre, del Covid y de la bala de la yuta. Nuestro laburo nos llena de orgullo, un orgullo que solo es porque es colectivo”.

 Olla Popular “Sólo el pueblo salvará al pueblo”, Barrio Los Hornos, La Plata.

 El imperativo de desaprender para entender

Mal que nos pese, difícilmente lxs argentinxs mayores de edad hayamos vivido un momento de la historia tan propicio para perder los últimos vestigios de inocencia.

Cualquiera sea el origen y la magnitud real de la viralidad de la peste que nos azota, es irrefutable que nos ha cambiado drásticamente la vida. Lxs más agorerxs conjeturan que ha de ser para siempre, y algunxs hemos comenzado a soñar que volvemos a abrazar a un ser querido o nos asoleamos en una playa remota (no hace falta que sea Honolulú)

La inconcebible concentración de capital financiero trasnacional y la insustancialidad de muchos gobiernos que protagonizaron la llamada Década Larga Progresista de Nuestra América nos ha depositado en este páramo que muchxs intentamos atravesar con cierta hidalguía, aunque las derechas más ultramontanas se postulen para enderezar el curso de la Historia.

Ya está. Mediante el incuestionable argumento del cuidado – y salvo en contadas latitudes, como Chile o EEUU -, el conservadurismo de toda laya ha conseguido vaciar los espacios públicos, incrementar en ellos su presencia represiva, y confinarnos en un limbo dizque privado sujeto al blindaje mediático ejercido contra toda noticia digna de ser celebrada, donde impera una nueva sociabilidad asentada en redes sometidas al más absoluto control del capitalismo global (quien dude de ello, pruebe a rever en Youtube el filme que más le conmovió o a escuchar en Spotify su melodía favorita sin suministrar ningún dato de su tarjeta de crédito… y será interrumpidx a cada instante por ridículas ofertas de coaching para obtener paz interior mientras se extingue el planeta o aprender en tres semanas la lengua del amo, si no por basura reggaetonera de la peor estofa)

Como rezaba una antigua canción, “estamos prisioneros, carcelero”[1]. Y el peor aspecto de dicho cautiverio acaso no consista en la estricta – y aparentemente justificada – restricción de la libre circulación, sino en los lastres materiales y subjetivos con que cargamos.

En primera instancia, la eficaz y sistemática depredación socioeconómica de la Patria, sostenida con fugaces interrupciones desde que escuchamos el Comunicado N°1 de la Junta de Comandantes (24/3/1976), sumado al sistemático bombardeo contra la última identidad política que supo amalgamar vida e ilusiones del pueblo argentino, y a la ausencia de utopías evidentes capaces de reponer un horizonte de esperanza colectiva.

Conste que nadie está expresando aquí que no existan pueblos en lucha ni experiencias encomiables. Baste con señalar la solidaridad global a toda prueba puesta de manifiesto en cualquier emergencia por un pueblo como el cubano, a pesar de que soporta un bloqueo de más de medio siglo; la lealtad chavista de las comunas bolivarianas; la inaudita generosidad del MST, que dona toneladas de alimento sano y de su propia cosecha a lxs menesterosxs de Brasil; la lenta pero efectiva expansión de los caracoles zapatistas; o el semillero de novedades que contiene el Confederalismo Democrático kurdo. No pues. Aquí se habla de la vacancia de un programa nodal que nos aúne en toda latitud.

En Argentina, al pesadillezco cuatrienio macrista le siguió una oportunidad histórica en la que la gran mayoría depositamos expectativas. Cierto es que aquellos nobles propósitos enunciados por el presidente en su discurso de asunción se estrellaron contra una plaga hasta ahora ingobernable. Pero mucha tinta ha gastado la ciencia política discurriendo en torno al vínculo entre los avatares del devenir y la voluntad para sortearlos.

Un ejemplo muy poco feliz de esto último, que no puede ni debe ser atribuido a inexorables circunstancias históricas que nos exceden ni a la furia vengativa de una naturaleza mancillada, es la genuflexión con que viene “negociándose” una deuda odiosa, ilegítima, y ahora centenaria. Salvo que la mansedumbre de una opinión pública escarmentada a fuerza de cuartelazos de atrocidad creciente o disciplinamiento mediático basado en contabilizar estadísticas de contagio en naciones más desgraciadas que la nuestra esté dispuesta a transferir al resto del planeta la responsabilidad exclusiva del cóctel de recesión / desocupación /  hambruna que ya promete la post pandemia.

Con qué cabeza desovillar entonces un presente tan complejo. Algunxs pensadores decoloniales consideran que con la Conquista de América se perdió el pensamiento holístico y multicausal de los antiguos pobladores de estas tierras, aunque no pocas mentes de la región hayan procurado – desde disímiles perspectivas – conjurar esa herencia malinchista[2], o lo sigan haciendo: José Carlos Mariátegui, Gunter Rodolfo Kusch, Norma Giarracca, Enrique Dussel, o Rafael Bautista, por nombrar sólo un puñado.

En tanto, las Guerras de Quinta Generación[3] destinadas a consolidar nuestro sojuzgamiento se conciben en academias militares multidisciplinares. El último nostramericano que lo tuvo en claro se llamó Hugo Rafael Chávez Frías.

Es un hecho trajinado: No puede inteligirse cabalmente el Siglo XXI con categorías perimidas del Siglo XX o anteriores.

Resulta perentorio asimilar, por ende, que la pretensión de crecimiento exponencial que la modernidad ha legado al pensamiento occidental es a todas luces suicida, que “a esta hora exactamente”[4] (como escribiera alguna vez el magistral poeta Armando Tejada Gómez) en las usinas intelectuales del Norte Global se consolida la convicción de que, si no todos somos iguales, corresponde sacrificar gente. Y esto es así puesto que el neoliberalismo no implica en modo alguno el triunfo del capitalismo sino su más rotundo fracaso, en la medida en que ya no le alcanza con las mediocres tasas de crecimiento que reportan los Estados de Bienestar.

¿Resulta verosímil en consecuencia que la codicia del 1% mundial conduzca nuestra civilización al suicidio?

Contra dicha evidencia corresponde volver a aprontar las gomeras de David.

 “Argentinos, a las cosas” (*)

Así como en setiembre de 2001 el capital financiero transnacional aprovechó el atentado a las Torres Gemelas para reciclar el sistema-mundo a su favor, últimamente ha hecho lobby sobre la OMS para otorgar el status de pandemia global a un virus que quizás en otras circunstancias no lo hubiera merecido.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) señala que la recesión motivada por la pandemia es un fenómeno global cuyo impacto “modificará la interdependencia de la economía mundial” y “las modalidades de la división internacional del trabajo”. Y que dadas las debilidades que la estructura productiva de América Latina ha acumulado en los últimos 40 años, esta crisis conduciría a “la reprimarización de las economías de la región”, lo que en nuestra latitud encuentra un inmejorable ejemplo en la iniciativa de exportar porcinos criados en el más insalubre hacinamiento, masivamente repudiada – entre otras voces – desde el pronunciamiento colectivo “No queremos transformarnos en una factoría de cerdos para China, ni en una fábrica de nuevas pandemias” (https://pactoecosocialyeconomico.blogspot.com/2020/07/no-queremos-transformarnos-en-una.html), y hace pocas horas por agricultorxs nucleados en la UTT que se manifestaron ante la cancillería bajo la consigna “Fábrica de chanchos + Monocultivo de soja transgénica = Hambre”.

La crisis civilizatoria en curso encuentra uno de sus factores causales en el tránsito de un capitalismo productivo a uno financiero.

Lxs amigxs de la plataforma periodística digital El Megáfono nos brindan una muestra concreta de lo que implica la red financiera sobre todas las actividades, eslabones de la cadena y fracciones sociales. Y el impacto dentro de las propias compañías de capital que aumentan sus ingresos por el financiamiento más que por el comercio de bienes. Es decir, la mercancía principal, el comercio principal, es el intercambio del dinero mismo: “Las ventas por internet aumentaron un 84% en abril, según la Cámara Argentina de Comercio Electrónico (CACE), en comparación con un mes promedio del primer trimestre del 2020, así como un crecimiento del 38% en órdenes de compra y un 71% en unidades vendidas. Durante la cuarentena, el gigante regional Mercado Libre incrementó, a través de su plataforma de pago, las ventas de supermercados a casi 1 millón de transacciones mensuales y un acumulado de 20.000 millones en lo que va del año, lo que representa un crecimiento del 80%en relación con los números previos al aislamiento. En el primer trimestre de 2020, Mercado Pago, con un total de 272 millones de dólares, representó el 41,7% de los 652 millones de ingresos netos de la empresa a nivel global. En el período, la fintech de la empresa mostró un crecimiento del 45,2% en términos interanuales”.  Un dato por demás ilustrativo es que, en este contexto, Jeff Bezos – CEO de Amazon – ganó 13.000 millones de Dls. en un día (!)

Debido a ese imaginario voraz de progreso ilimitado es que a su vez vienen produciéndose estragos irreparables de carácter socio ambiental sobre el planeta. De ahí que cada vez se alcen más voces raigales para conjurarlo, como la de la poeta mapuche Adriana Pérez Pinda, quien sostiene que “tenemos que aprender a caminar la tierra como seres vivos”, o la de la activista afro colombiana Francia Márquez, que exhorta a entender que “el territorio es la vida, y la vida no se vende”.

Esa es, en todo caso, la causa de los males globales, y el COVID 19 una de sus múltiples consecuencias.

Como oportunamente lo pronosticaran desde ángulos contrapuestos del arco ideológico local el Intendente Mario Ishii y el dirigente social Juan Grabois, el 2° semestre en Argentina presenta una perspectiva de incremento exponencial de la pobreza, conflictividad social, el delito, y toma de terrenos. Esto último ya ha comenzado a producirse en el Barrio Aeropuerto de La Plata, en el Barrio El Rincón de Villa Elisa, y en el Barrio Numancia de Guernica (foto que ilustra esta nota), donde en el curso de una semana ya se han asentado alrededor de 3000 personas con un promedio de edades que oscila entre los 20 y 40 años, lo cual pone de manifiesto la dimensión de la emergencia social que padecen muchxs compatriotas privadxs de un techo.

La proyección de que 9 millones de compatriotas privados de todo ingreso o cobertura social se hayan acogido al Ingreso Familiar de Emergencia permite especular acerca de lo que podría llegar a generar un posible colapso de la asistencia que brinda el Estado.

Sin ir más lejos, Alberto Fernández expresó recientemente en conferencia de la CEPAL que “se necesita un Plan Marshall para América Latina, Caribe y África”.

En tanto, su gobierno procura salir al cruce de tan afligente situación con un blanqueo de capitales, una moratoria de gran alcance, y reactivando la obra pública. Pero si se tiene en cuenta la ya mencionada negociación perdidosa de la deuda externa (BlackRock y 29 fondos aliados acaban de rechazar la última y genero$a oferta del Ministro Guzmán, lo que disipa la ilusión de poder transcurrir todo este mandato sin sobresaltos) y la probabilidad de que, una vez encarrilado el tema, se soliciten más préstamos, la perspectiva se torna intranquilizadora.

Por su parte, a través de jornadas nacionales de lucha y ollas populares, bajo la consigna “Somos esenciales”, organizaciones sociales afines al gobierno exigieron un “salario universal” para contener los efectos de la crisis que impactan sobre los sectores más vulnerables de la población. Proponen que este proyecto se solvente a través del impuesto a las grandes riquezas, representadas por el 0,25 % de la población del país, que acumula patrimonios de 114 millones de dólares. Pero, aún sintiendo desoídos hasta ahora sus reclamos fundamentales, continúan otorgándole una tregua al gobierno en la lucha callejera.

En materia de política internacional, el Ejecutivo también capituló ante el Norte Global decretando que todo pronunciamiento antisionista será considerado un acto de antisemitismo, justo en momentos en que el espurio pacto Trump–Netanyahu se propone anexar al Estado de Israel el 30% de Cisjordania, iniciativa que probablemente se concrete antes de las elecciones estadounidenses de noviembre. A ese gesto se ha sumado a posteriori la condena al gobierno bolivariano de Venezuela en la ONU por supuestas violaciones a los DDHH.

A distancia considerable de los enjuagues palaciegos – se llamen ausencia de un programa o doble comando del destino nacional -, en “el hondo bajo fondo donde el barro se subleva”[5], se ha acabado la paciencia.

Y cada vez más argentinxs – empleadxs, sub empleadxs o sujetxs a una humillante asistencia social – siguen ganando las calles de los municipios del conurbano profundo, allí donde los teléfonos de emergencia repiten indiferentes mensajes grabados y los hospitales rebalsan de infectadxs, porque saben que si no enfrentan al virus en esa intemperie peleando un plato de comida para sus hijxs, bajo el techo más precario lxs aguarda la parca ostentando la máscara del hambre.-

*Integrante de la OLP-Resistir y Luchar

(*) Célebre exhortación del filósofo español José Ortega y Gasset.

Fuente: RL

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