¿A QUIÉN LE IMPORTA LOS PANAMÁ PAPERS?

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Por Sergio Morresi
Ni el movimiento anticorrupción, ni los medios de comunicación, ni el campo político parecen muy interesados en la investigación de los Panamá Papers. El politólogo Sergio Morresi, autor de Mundo Pro, analiza porqué las revelaciones sobre las cuentas offshore “indignan” a los opositores pero no modifica, por ahora, el contrato electoral de Cambiemos con sus votantes.
Los detractores del gobierno que encabeza Mauricio Macri están indignados. Indignados con la alianza gobernante, a la que ven incumplir las promesas de campaña. Indignados con buena parte de la prensa, a la que acusan de no medir con la misma vara los casos de improbidad que salpican al nuevo gobierno y los que se desarrollaron en el ciclo anterior. Y, sobre todo, están indignados con “la gente” -esa categoría tan lábil- porque no se indigna lo suficiente ante la revelación de que el presidente de la Nación ocupa cargos directivos en compañías offshore en Panamá y no incluyó ese dato en sus declaraciones juradas.
Los defensores de la gestión de Macri también están indignados. Los indigna la indignación de la oposición, a la que presumen oportunista e hipócrita. ¿Desde qué lugar y con qué autoridad moral se puede señalar un (aparente) caso de corrupción cuando, desde el gobierno, se aseguró una y otra vez que ese no era un tema importante? ¿Cómo afirmar que las empresas offshore son el súmmum de la perversión cuando la sociedad entre YPF y Chevron se basó en ese andamiaje legal?
Incluso algunos analistas se indignaron. Se preguntaron cómo era posible que la ciudadanía argentina actuara como si hubiera sido sorprendida en su ingenuidad. ¿Cómo pueden haber resultado tan increíbles las revelaciones de la prensa?, ¿no deberíamos todos ya haber sabido, o al menos intuido, que quienes fueron protagonistas de la “patria contratista” iban a tener cuentas o compañías offshore, ya fuera en Panamá, en Suiza o en las islas Bahamas?
A la indignación conviene tenerla presente, aunque más no sea como telón de fondo porque, en la Argentina, el enojo ante lo que se percibe como ofensivo o injusto ha mostrado capacidad performativa en más de un ocasión. Sin embargo, también es necesario salirse del círculo del discurso indignado para indagar sobre los posibles efectos del “escándalo” de los documentos panameños.
El Partido Propuesta Republicana (PRO) nació con una perspectiva clara: acceder al poder. Para ello, fue delineando un proyecto en el que los políticos tradicionales del peronismo, el radicalismo y la centro-derecha convergieron con profesionales, líderes empresariales y miembros de ONGs. Juntos, estos actores conformaron un ethos de voluntariado, eficiencia y emprendedorismo (valores que, al menos en el imaginario, estaban asociados a esa pata “no-política” de PRO). La alquimia dio un resultado positivo. Hoy, apenas doce años después de lanzarse a las lides electorales, Mauricio Macri es el presidente de la Argentina.
Si bien el triunfo de PRO puede (y debe) ser explicado recurriendo al análisis de una multiplicidad de factores, al menos una parte de esa explicación puede hallarse en la eficiencia comunicativa de la que hizo gala el nuevo partido. Eso le permitió mostrarse como protagonista de un “cambio de aire”, como adalid de una “nueva política”, en la que el conflicto político podía ser procesado de un modo menos traumático porque sus miembros serían lo suficientemente prácticos (o pragmáticos) como para dejar de lado las disputas ideológicas. Esta nueva política, se anunció, serviría también para maridar el desarrollo económico con la probidad de los funcionarios y el respeto de las instituciones. Entonces, al menos en parte, el camino de Macri hacia la Casa Rosada estuvo relacionado con haber sabido enarbolar con convicción y poder de convencimiento las banderas de la eficiencia y la tranquilidad junto a las de transparencia y republicanismo. El país normal que había prometido Néstor Kirchner en 2003 con un poco más de mercado.
Pero, claman los críticos, justamente por eso, por haberse embanderado en las banderas prístinas de la calidad institucional y haber pergeñado una versión remozada de la causa contra el régimen, es que ahora Macri debería encontrarse en problemas. Ahora que se sabe que el presidente (y más de uno de sus colaboradores) ocultaron (u omitieron informar convenientemente) sus vínculos con empresas offshore, esas que tradicionalmente son utilizadas para evadir impuestos o blanquear sumas de dineros mal habidos. Ahora que existen pruebas de aquello que ya se sospechaba, ¿debería ser claro para todos que la “revolución de la alegría” era apenas una máscara? ¿El rey está desnudo y es un escándalo? ¿O no?
En Política y transparencia: La corrupción como problema público (Buenos Aires, Siglo XXI), Sebastián Pereyra presenta muchas ideas interesantes. Aquí vale la pena detenerse apenas en dos que, aunque no son los centrales de su tesis, sirven para nuestro argumento. La primera es que las denuncias pueden convertirse en escándalos sólo cuando son enunciadas desde un lugar percibido como neutral. La segunda es que los escándalos cobran centralidad en la política de un país sólo si se cumplen tres condiciones: la existencia previa de un movimiento anti-corrupción, una prensa que refleja una multiplicación de denuncias y la incorporación de los escándalos como un tema de campaña por parte del propio campo político.
La revelación de los Panamá Papers surgió de una investigación periodística internacional, lo cual dotó al enunciador del necesario halo de neutralidad. Sin embargo, ni el movimiento anti-corrupción, ni los medios de comunicación, ni el campo político parecen estar poniendo el foco en este caso. Más que procurar su centralidad, se podría decir que apuntan a su carácter sistémico y periférico. No se trata sólo del humor social o de la protección mediática, sino también de declaraciones de líderes oficialistas y opositores minimizando la cuestión. Así, aunque el rey esté desnudo, el escándalo no se produce.
Pero hay una cuestión más que conspira contra el potencial disruptivo del escándalo y es el pacto que PRO estableció con muchos de sus votantes: ser fiel a sí mismo.
PRO es el partido de la gente que “se mete en política”. Es el espacio en el que los empresarios, los emprendedores, los profesionales y “la gente nueva” tienen las puertas abiertas. De todos ellos se espera que al “meterse” lleven consigo saberes, técnicas, prácticas, estilos y discursos de sus mundos de origen que sirvan para transformar el ambiente en el que se meten. La sociedad civil aparece así como el reservorio técnico y moral que puede sanear y nutrir a la esfera política, a la que se presume anquilosada y descompuesta.
La política es lenta e ineficiente, se afirma, y es por eso que los CEOs aportarían celeridad y eficiencia. La política está llena de ideología, se dice, y los profesionales pueden traer consigo la asepsia técnica que le hace falta. La política es deshonesta, se asegura, y por eso la “gente nueva”, acostumbrada a brindarse por el otro, será fundamental para buscar mayor transparencia. Se podría discutir si la eficiencia es un valor en sí mismo. O si la ideología tiene un solo color y resulta contagiosa como un virus. Y también si la honestidad que parece brillar por su ausencia en la política reina acaso en otros ámbitos como el mercado. Pero sería una discusión más normativa que política. Lo cierto es que muchos ciudadanos argentinos de distintas orientaciones y extracciones sociales aprendieron, durante décadas, a mirar a la política como el lugar de la oscuridad y a pensar en la sociedad civil como un potente y luminoso anticuerpo. Es sobre esa imagen que se monta la identidad de PRO.
Las imágenes tienen un rol protagónico en la política. Es con ellas, y a través de ellas, que los líderes partidarios se comunican con sus adherentes (sus afiliados y sus votantes más fieles) y también con otros sectores de la ciudadanía. En el caso de PRO, la imagen del partido de lo nuevo, formado por outsiders honestos (que son honestos por el mero hecho de ser outsiders) y con capacidad profesional (que se lee como una capacidad necesaria para la administración de lo público, pero a la vez ausente de la política tradicional) fue fundamental. Fue ella la que permitió establecer un pacto con votantes que, al menos en principio, no se sentían cercanos a PRO, al punto de que sólo apoyaron la candidatura de Mauricio Macri en la segunda vuelta electoral.
En las últimas semanas, algunos analistas se han preguntado si estos votantes que no se identifican con PRO pero que terminaron prefiriendo a sus candidatos no estarían, acaso, profundamente desencantados. Si al difícil momento económico (cuyo comienzo coincide no por casualidad con el inicio del nuevo gobierno) se suma el descubrimiento de que importantísimos dirigentes de PRO (incluyendo al presidente de la Nación) tienen cuentas offshore no declaradas, ¿no se produce, acaso, una ruptura del pacto electoral?, ¿no es este el puntapié inicial de un acelerado proceso de desilusión que terminará llevando a esos ciudadanos hacia la oposición frontal?
Los hechos que contrastan con las imágenes previas tienen impacto y, eventualmente, pueden llevar a cambios en las percepciones y las actitudes. No obstante, hay razones que llevan a pensar que el de los Panamá Papers no sería uno de estos casos.
Las imágenes políticas no sólo sirven de plataformas para que se monten sobre ellas proyectos políticos. Son ellas mismas el resultado de prácticas y subjetividades en movimiento. La imagen de un partido político no es “sólo una imagen”, es parte constitutiva del partido. Cuando un hecho (por cierto, “hecho” es un concepto que cabría discutir) contrasta con la imagen, la imagen no se desvanece, sino que muta para incorporarlo, resignificarlo u obturarlo.
Ante el hecho de que “el presidente tiene una cuenta offshore no declarada”, la imagen del partido de lo nuevo se modifica sin desaparecer. El fenómeno puede ser incorporado como un error o un desliz que se corregirá. O puede ser resignificado como una práctica aceptable en su propio ámbito que sólo los opositores perciben como problema político. O puede ser obturado mediante el recurso de la sobreinformación acerca de otros hechos similares que afectan a la oposición.
Esto no quiere decir —por supuesto— que la imagen de PRO no pueda ser esmerilada por hechos y palabras. Lo que se apunta es algo más circunscrito: que los hechos panameños y las palabras de indignación que los enmarcan no producen el efecto corrosivo que algunos han imaginado y otros han demandado.
Cuando en los mentideros políticos se asegura (con un dejo de sapiencia sobradora) que tal o cual figura política “es de teflón” porque consigue despegarse de los problemas, parece que se adjudicase a la personalidad o a la fortuna una capacidad que es, en realidad, el resultado de un proceso complejo y relacional. Hay determinados asuntos que afectan en determinadas circunstancias a determinados líderes. Y otros que no. En este punto, es más probable que muchos de quienes votaron a PRO en el balotaje se sientan más preocupados por el empeoramiento de su situación económica (empeoramiento que quizás sea temporario como aseguran desde el gobierno, que confía en mejorar el panorama gracias al endeudamiento y las inversiones extranjeras) que por un hecho comprobable e indiscutible como el que señalan las revelaciones periodísticas acerca de las empresas offshore.
Las imágenes políticas suelen ser más resistentes que lo que a veces se supone. Si el peronismo es el partido de los trabajadores y los humildes, de nada servirá mostrar que es posible encontrar grandes empresarios, financistas y neoliberales en sus filas (y aún en entre sus dirigentes). Del mismo modo, si PRO es el partido de la gente nueva y honesta, de poco valdrá mostrar que el espacio reúne a muchos políticos con largas trayectorias o a personas que han cometido actos sospechosos o probadamente ilegales.
En este sentido, los hechos, aún los escandalosos, aun los que indignan, quedan —como dice un verso del poeta panameño Ricardo Miró— “lejos, cerca, como una lejanía”.

Fuente: Revista Anfibia

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