A 10 AÑOS: «NUNCA IMAGINAMOS QUE LA REPRESIÓN IBA A SER TAN TREMENDA»

Por Ivana Romero

Junto a Ariel Hendler y Juan Rey escribió Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo. El libro es una biografía y también un homenaje. Además, según Mariano, fue una forma de hacer el duelo por el asesinato de su amigo.

En Youtube circula un video de un chico morocho, de ojos claros, que fuma al costado de la ruta mientras explica por qué el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) está cortando la Autopista Buenos Aires-La Plata. Pocos meses después, ese chico sería parte de la historia sangrienta del país tras la caída del gobierno de Fernando de la Rúa a fines de 2001. Su nombre es Darío Santillán.

Nació en Don Torcuato en enero de 1981. Fue asesinado en la estación Avellaneda el 26 de junio de 2002 por la policía durante el gobierno de Eduardo Duhalde. Tenía 21 años. Las fotos o videos existentes que de a poco salen a la luz revelan la juventud de Darío, que escuchaba Hermética, que era demasiado tozudo (por eso le decían “El Cabezón”), que veía en el Che Guevara a una especie de hermano mayor que lo ayudaba desde algún lado a dar batalla todos los días en el Conurbano Bonaerense, en un momento donde la militancia territorial se revelaba como un espacio de resistencia, para quienes no querían ser tragados por el ojo negro de la crisis. Darío, entonces, fue un joven antes de convertirse en un ícono doloroso. De restituir su identidad política y su aspecto más humano se ocupa Darío Santillán, el militante que puso el cuerpo. Se trata de una investigación que Mariano Pacheco realizó junto a Ariel Hendler y Juan Rey. Sin embargo, para Mariano no se trató de una escritura ligera: Darío era su amigo, además de su compañero de militancia.
“Nos conocimos en 1998. Con otro grupo de estudiantes secundarios habíamos fundado la Agrupación 11 de Julio. Darío era alumno del colegio Piedrabuena en San Francisco Solano, y luego de conocernos tomó la iniciativa de formar un centro de estudiantes ahí. Él tenía un buen vínculo con su profesora de Literatura, Andrea Gallegos, cuya sobrina era parte de nuestra agrupación. A la vez, nosotros hacíamos un programa de radio en una FM comunitaria de la zona de Quilmes, donde por entonces trabajaba el padre Farinello. Y Darío siempre tuvo inquietudes sociales, así que empezamos a estar en contacto. Bah, más que inquietudes, lo suyo era un compromiso un poco raro para un pibe tan joven. Digo, por su convicción.”
–¿A qué te referís?
–A que desde adolescente tuvo actitudes que ya daban cuenta de que a él le interesaban los otros. A los 14, por ejemplo, hizo un curso de enfermería. Sus padres eran enfermeros, pero aún así no deja de llamar la atención. Por otro lado, los años noventa fueron una época dificultosa para la organización. Todavía había un fuerte imaginario social vinculado a la teoría de los dos demonios. Las inquietudes de los adolescentes en ese momento pasaban por revisar qué había ocurrido con la experiencia militante que nos precedía, la de los setenta. Nuestra formación, y la de Darío, estuvo permeada por esas experiencias, por lecturas sobre el zapatismo, los Sin Tierra, por los Redondos y por eso que llamaban canciones de protesta como Quilapayún, Víctor Jara o León Gieco.
–¿Cómo empezó Darío a participar del MTD en Don Orione?
–Para nosotros era muy difícil conseguir trabajo y si lo lográbamos, era en condiciones de absoluta precarización. Antes de terminar el secundario en el ’99, Darío vendía CD truchos cerca del Hospital Argerich, donde trabajaba su papá, por ejemplo. O sea, no había mucho más que planes sociales. Entonces la opción de hacer trabajo comunitario a partir de los planes sociales en nuestros propios barrios, se transformó en una posibilidad de viabilizar una militancia política. Él es fundador del MTD en su barrio. Existían movimientos de características similares en zonas aledañas, como Lanús, Florencio Varela e inclusive en San Franciso Solano, donde él vivía. En ese momento estábamos discutiendo cómo generar una dinámica en la Argentina distinta a la representación a través de partidos o sindicatos porque los criterios de representación clásicos estaban en crisis. Ahí los trabajadores ocupaban un lugar central.
–Pero en ese momento había casi cinco millones de desocupados.
–Estar desocupados no implicaba dejar de ser trabajadores. Las experiencias de las puebladas en Cutral Có, Plaza Huincul o General Mosconi demostraban que era posible impulsar dinámicas de revueltas populares que conformaran organizaciones de base, capaces de sostenerse en el tiempo.
–¿Se puede rastrear en esas experiencias el inicio del movimiento piquetero en nuestro país?
–Sí. Pero no es que asomó con claridad enseguida. Mucha gente se acercaba pensando que los movimientos de desocupados daban cosas. Cuando alguien se acercaba a preguntar: “¿Acá qué dan?”, Darío respondía: “Un puesto de lucha”, una frase parecida a una de Agustín Tosco. Teníamos que demostrar que la acción directa sería una forma de obtener réditos y de que nuestras reivindicaciones, que concretamente eran planes de empleo y condiciones dignas de vida, fueran escuchadas. Muchos vecinos no veían esto como viable. Pero en la medida en que se hicieron asambleas, movilizaciones y comenzaron los cortes rutas se desencadenó un proceso de organización de los desocupados que adquirió una dinámica piquetera. Darío hizo un gran trabajo en Don Orione en ese sentido. Finalmente, en la primavera de 2001 se incorporó al MTD de Lanús.
–¿Cuáles eran los reclamos el 26 de junio de 2002, cuando cortaron el Puente Pueyrredón?
–Había una exigencia de ampliar el plan jefas y jefes de Hogar que se había lanzado en enero y que por esa fecha aún no llegaba a mucha gente. Por otro lado, veníamos con aprietes y amenazas. En febrero de ese año habían asesinado a un compañero en Esteban Echeverría. A partir de la asunción de Duhalde, la situación era cada vez más dura y el gobierno había anunciado que no iba a permitir los bloqueos. Y ese es el otro motivo por el que avanzamos con los cortes: si no podíamos cortar iba a ser un retroceso muy grande para el movimiento popular. Frente al autoritarismo ascendente, necesitábamos dejar en claro que íbamos a seguir estando en las calles.
–¿Dónde estabas ese día?
–Cuando llegamos, estaba en el grupo de adelante. La consigna que teníamos era, en caso de represión, replegarnos por Avenida Pavón hasta Lanús. En nuestra experiencia, la represión avanza con el objetivo de dispersarte, y cuando te sacan del lugar, te podés ir. Pero ya habíamos pasado la estación y nos seguían disparando.
–¿Sabías que habían baleado a Maximiliano y  a Darío?
–No, yo sabía que había gente herida pero no cobré dimensión de que habían disparado con balas de plomo hasta llegar a la estación de Lanús. Ahí, el muchacho del puesto de diarios nos dijo que había escuchado en la radio que había muertos.  Una posibilidad era que Darío estuviera preso porque había 90 presos y no daban los nombres. Pero no estábamos viendo televisión sino organizando el tema de los heridos, de los abogados. Además, esa noche dormí en una casa que no era la mía por seguridad. Y recién entonces me enteré que lo habían matado.
–En el libro se indica que Darío y Maximiliano Kostecki no se conocían.
–No. Era uno de los primeros cortes a los que Maximiliano iba. Y hacía poco tiempo que estaba en el movimiento.
–Es difícil hablar de un balance por la dimensión de violencia que adquirieron los hechos. Pero a diez años de lo ocurrido, ¿qué evaluación hacen?
–Creo que fuimos un poco ingenuos, porque tendríamos que haber prestado más atención a lo que había ocurrido pocos meses antes, en diciembre de 2001. Pero nunca imaginamos que la represión iba a ser tan tremenda aunque sabíamos que era probable. Nosotros, los referentes, teníamos entre 17 y 20 años y no éramos un movimiento con una organización logística impecable, sino con la que podíamos en función de las circunstancias. En términos legales, fue importante el juicio de 2005 y la condena a cárcel perpetua al ex comisario Alfredo Fanchiotti y a su ex chofer y ex cabo, Alejandro Acosta, aunque, claro, estamos denunciando la posibilidad de que pasen a una cárcel de régimen abierto. Ahora hemos adquirido un perfil más territorial que piquetero, privilegiando el trabajo cultural y educativo de base.
–¿Por qué participaste de la escritura de este libro?
–Es un homenaje. Y es una forma de dar a conocer la experiencia de la que participó Darío para mostrar que, a pesar del menemismo y la crisis, a partir de los ’90 también hubo otras formas de resistencia y construcción política. En el plano personal, fue un modo de hacer el duelo. Recién ahora me permito decir que pude hacer el duelo por la muerte injusta de un compañero y de un militante. Pero también, de un ser querido.

Fuente: Tiempo Argentino

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