Venezuela: Asediada. Implosión multidimensional de una estirpe

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por Ramaris Vásquez

El asedio que Venezuela y su población sufren, hiere a América Latina y El Caribe, bajo el silencio cómplice de muchas naciones. Se trata de la implosión multidimensional de una estirpe libertaria histórica que consolidó la emancipación en América del Sur, y en este siglo, alentó el progresismo.

Internamente, tras una guerra independentista y una Guerra Federal, finalmente, se consolida la República, pero el Estado venezolano pagó a los terratenientes y oligarcas por la libertad de los esclavos, aunque ya había sido ganada a sangre y fuego. Esto confirma que la historia venezolana ha sido signada por la lucha de clases, y que la ambición de sus factores oligárquicos operantes, no ha cambiado con el tiempo.

La aparición del petróleo en Venezuela desplazó sus formas tradicionales de producción económica. Gobiernos dictatoriales ofrecieron concesiones a operadores extranjeros, que fueron acostumbrándose a una riqueza fácil, cuyo proceso de extracción, fue afianzando elementos transculturizadores que sembraron nuevos hábitos, socavando la cultura e idiosincrasias del país.

De la mano de gobiernos entreguistas, Venezuela fue parte del experimento que acompañó el Plan Cóndor en la región, y a través de factores entrenados en la Escuela de las Américas, contribuyó para que, al menos, desde 1945 hasta 1998, se produjeran profundas violaciones a los derechos humanos de la población venezolana.

El ascenso al poder de Hugo Chávez Frías, en 1999, precedido por una asonada nacionalista, y tras un proceso electoral que ganó con más de un 60% del electorado a favor, desplazó y pulverizó los partidos tradicionales en Venezuela, que llevaban 40 años en el poder, y que fueron concesivos con los capitales y poderes extranjeros. Un proceso Constituyente donde participaron todas las tendencias políticas, gremios y demás sectores nacionales, cambió la historia, y refundó la república con un proyecto político nacionalista.

El rango constitucional a los derechos humanos en Venezuela inicia un proceso reivindicativo. El acceso gratuito a estudios de primaria, secundaria, universitaria y pos grado, se masificó en el país, para nacionales y extranjeros residentes. La FAO reconoce alcances en materia de alimentación. Se suspende la pesca de rastra, se reivindican las etnias indígenas y se generan políticas públicas a favor de los derechos de la familia, la mujer y los niños, niñas y adolescentes, y la clase trabajadora.

El Estado se dinamizó. La industria petrolera se renacionalizó, los programas sociales denominados “Misiones”, llevaron a los estratos más bajos de la población –gratuitamente- salud, educación, formación política y empoderamiento popular, medios alternativos y comunitarios, atención a adultos mayores, vivienda, servicios públicos, y un sinfín de beneficios, extendidos a algunos países mediante alianzas regionales inéditas como Misión Milagro.

Esta nueva pléyade política asestó, junto a aliados regionales, un golpe certero a la influencia estadounidense en la región, con la consolidación de bloques estratégicos como Unasur, Parlasur y Celac. El freno al ALCA fue un puñal clavado directo al corazón estadounidense, que se topa con China, Rusia, Irán, Libia, Bielorrusia, el grupo de los No Alineados y otros aliados, en los esfuerzos soberanos impulsados desde Venezuela para la región, impactando la geopolítica mundial.

Una estirpe venezolana como esta, pone en peligro los intereses transnacionales. EE.UU acelera la implosión en Venezuela: Contribuyó al golpe de Estado de 2002, al “sabotaje petrolero” y -tras el asesinato de Hugo Chávez y el ascenso de Nicolás Maduro- infiltra elementos desestabilizadores en alianza con operadores internos que -incapaces de erigirse por la vía política- apelan al fascismo, la propaganda de guerra, y las “guarimbas” (manifestaciones violentas) que dejaron graves daños al país, cientos de muertos, lesionados, e incluso personas quemadas por civiles.

El premio Nobel de “la paz”, Barack Obama, decreta que Venezuela es una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y política exterior” del país más belicista del planeta (EE.UU), y Donald Trump lo ratifica.

Ante la imposibilidad de un cambio de gobierno que le favoreciera, EE.UU impulsa una bifurcación del poder político en el país y acelera una guerra multidimensional o “no convencional” de amplio espectro, reconocida por Idriss Jazairy, relator especial de la ONU en DDHH, y sobre la que António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, ha pedido evitar “una escalada violenta”, mientras las “sanciones” de EE.UU contra Venezuela continúan violando los DD.HH de su población.

El apoyo de una veintena de países al nefasto fin intervencionista, apunta a la apropiación de petróleo, oro, coltán, litio, paladium y otros recursos de alta valía en el espectro internacional, para reflotar las quebradas economías eurocentristas y garantizar recursos energéticos a EE.UU, que procura respaldar un dólar que pierde solidez mundial ante formas alternativas para transar.

En plena implosión interna, Venezuela, traicionada por varios países de la región -que históricamente, le deben a esta estirpe rebelde y libertaria venezolana, su emancipación y una reciente bocanada de progresismo- la garra yankee enfatiza su asedio ante una comunidad de naciones que se hace de la vista gorda, mientras el pueblo venezolano padece dentro y fuera del país y el derecho internacional sucumbe

  • Ramaris Vásquez

Periodista venezolana, con estudios de especialización en Derechos Humanos, de la Universidad Nacional Abierta.

Fuente: granma.cu

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