El amor entre revolucionarios.

rosas-rojas

Hoy en el día de los enamorados, aunque el hecho haya sido comercializado por el capital, posteo una historia de amor que no tiene precio. Este posteo es en homenaje a los compañeros caídos y a los que sobrevivieron. Esta historia de amor de una pareja de militantes revolucionarios en plena gesta de la lucha por la libertad es ahora de Ustedes. Subo el capítulo tres de la novela “La violencia del amor” de Santiago Santurme. La compañera y el compañero al que se refiere está historia de amor sobrevivieron. Sólo ellos saben que en su recuerdo se trata de reflejar a todos los compañeros que no están, pero que siempre están llegando en cada lucha diaria por el pan, la paz, la libertad y la felicidad de todos.

Nunca se supo si se trataba de dos personas distantes entre sí. Sí eran diferentes o sólo sí tenían gustos parecidos. Tampoco se supo si se profesaban declaraciones incoherentes a través del antiguo oficio de los gestos. De último, lo único que se sabía era que en lo más hondo de la conciencia estaban encasillados en un común denominador que los unía. Nada hacía presagiar que los idiomas y los lenguajes solidarios de la piel le jugarían un atajo al destino. El cordón umbilical que los ataba, alimentaba y retroalimentaba en el himeneo permanente con la solidaridad del maíz, no era otro, que el cordón de la lucha permanente por cambiar la relación de fuerzas entre las clases, y eso los edificaba como compañeros y punto.
Claro que secretamente en el fondo de la materia esto no contaba para nada. Cuando se trataba de enhebrar el temblor y la adrenalina que se profesaban secretamente en los charcos desnudos donde las lunas sacaban las uñas infinitas de la piel. Lo cierto o comparable es que aseguran, que ella y él se conocieron quizás por azar. Tal vez hasta podríamos decir que se conocieron por una consecuencia lógica, que dependía única, armoniosa y exclusivamente de la militancia de ella o de la de él, o viceversa.
Ni las laderas desconcertadas de las anchas esperanzas anudadas en los cerros, pueden contar como se buscaron el orillo. Cada uno a su manera buscaba apropiarse de mayores conocimientos y de fuerza para servir a la clase que producía las riquezas para que otro las goce. Así, entre crepúsculos y amaneceres, casi sin darse cuenta entrecruzaron sus orígenes de flor y contraflor al resto. En asambleas, mate amargo, apuntes, centro de estudiantes, agrupación, poesía y partido de por medio, comenzaron a sentirse a contramano del perfume de la camaradería militante.
Él, había cursado materias en la Facultad. Ella, aún cursaba. Quizás sin presentir el mañana fuera de la química ideológica, como vía para tener un ojal en común, ataban y desataban historias de baldosas anónimas y trataban de dar elementos a los rincones, que cultivaban el mudo oficio de testigo. Sin querer se inventariaban besos de otros, molotov, abrazos, 11,25, caricias, fragancias, sueños, asambleas y los “cuídate” propios, que cuidaban, a su vez, la revolución y el socialismo.
Con esos trozos de historia en común en los bolsillos agujereados de los sueños, edificaban presagios, esquinas, miedos, corazones, casamientos proletarios, intersecciones, almuerzos, pintadas, postres, y un planeta colorido, brillante y erpiano de papelitos azules y blancos donde proyectarían sus vivencias. Sin más trámite que la urgencia, tal vez se acomodaron el fierro en la cintura. Quizás, ambos se controlaron el bulto a la altura de los riñones, y se arreglaron la ropa, para que nadie se diera cuenta que portaban la “cuatro y medio” constructora de sueños.
Alguna vez, quizás hasta se miraron un poco de más y bajaron la vista trepanando el suelo seco con el rubor inocente de la vergüenza. A lo mejor anudaron racimos de esperanza en una ginebra o una sangría con un par de sándwich de milanesas en el Parque 9 de Julio. Tal vez, amasaron en forma de mensajes prehistóricos brotes de ilusiones que trepaban al infinito, por el piolín cartero del barrilete que siempre llevaban en las anclas de los ojos cuando partían al alba.
De más está decir que por razones de laburo y militancia, fueron moldeando la arcilla de los encuentros y las tempestades cerámicas de los desencuentros. Entre reunión de equipo y trabajo de base en la villa o ingenio fueron descubriendo como buscarse. El oficio de esperarse y enumerarse no acarreo un gran despliegue de formación. Rápidamente se echaron de menos y lo que es mejor aún, aprendieron a cuidarse las espaldas mutuamente.
Por razones humanas fueron reconociéndose hasta en la sombra. Los tics, guiños, agachadas, códigos, gustos, olores, y secretos fueron deshojándose con el correr de la agujas del tiempo. De tanto pasar el tiempo juntos o de extrañarse no más por extrañarse, se fueron amasando en huidas y desconciertos. Cierto día, en un cruce de calle cualquiera y con la complicidad de un semáforo piola, el corazón marinero de él, echó amarras sorpresivamente en lo que creyó un puerto firme. Latiendo a mil los corsarios del ventrílocuo izquierdo bajaron por los puentes incendiados de los brazos y tomaron por asalto el dique desnudo y desierto que se hamacaba en el mar sereno de las manos de ella.
Por metros, o por tiempo inmemorial, la enredadera de los sueños de él o ella, casi sin querer se enroscaron y serpenteándose entraron al ojal infinito de lo desconocido. En la cerrazón del ovario inexplorado de las serpientes en celo, inconscientemente se inauguraron los potros desbarrancados de la ternura. Con los ríos desbocados, la anatomía del miedo se hizo presente. Sin más trámites que los inventarios de las pulsaciones desflecadas descubrieron una red de secretas confesiones que fingían dormir temporalmente. Sin querer la vida estalló, y con la voluntad del código Morse, la memoria tembló de goce viajando de un extremo a otro de la sangre.
Tal vez por pudor, tabú, miedo, o el ruido ensordecedor de los latigazos de la moral y proletarización, segundos después, tantos las aguas del mar sereno de ella, como el corazón marinero de él, se confabularon para encallar el teléfono mágico que les conectaba los pulsos dispersos del alma. Con una fracción de segundo haciéndoles corcheas en el alma, emprendieron una tocata y fuga, y siguieron midiéndose desde los ojos ciegos de la distancia.
Como al pasar, transcurrió el tiempo cronometrando esdrújulas y bemoles, sueños y contradicciones que alimentaban sueños en las tareas de masas y de las otras. Con la violencia del amor a flor de piel pintaron estrellas rojas de cinco puntas, repartieron volantes, leche, frazadas, juguetes, carne, pollos y esperanzas. Repartiendo el amor, cada cual a su manera, tomaron ingenios, fábricas, obras en construcción, escuelas, universidades, radios, comisarías, cuarteles, pueblos. Como por cuestiones de seguridad, no debían contarse las cosas que hacían, se ponían felices sólo por verse y sentirse vivos.
Como seres humanos, comenzaron a ofrendarse con confesiones de pareja. Las confidencias los acercaban o los alejaba de acuerdo a lo que estimaban como análisis objetivo de la realidad. Aunque, en el rescoldo de la siesta, la ficción se esfumaba, y el cuerpo de la subjetividad les tiroteaba los pájaros de la razón. Contradicción a contradicción fueron fraguando la arcilla de la felicidad militante que expondrían orgullosos en los días de la libertad que devendrían. Así, fusa tras poema, gatillo tras libertades, surcos tras ríos de luciérnagas, fueron construyendo nuevos silos donde madurarían las experiencias individuales que socializaban con un mate y biscochos azucarados.
Así como caían los almanaques, se sucedían las experiencias de los combates diarios por la paz. En esa canoa a la deriva, en la medida que se confrontaba la teoría con la práctica iba fraguándose la esperanza. En las reuniones de célula encontraban el soporte, el análisis, la radiografía de la situación internacional, regional o nacional, a partir de la cual se fijaban las tareas y el arduo cobijarse en el útero sagrado de la orga. En los informes de frentes se chequeaban el orillo y quedaba al desnudo la inseguridad fuera del vientre leal del aparato por el cual temblaban de amor y entregaban todo.
En las prácticas militares con las correderas atascadas y las pulsaciones a mil segregándose se echaban fuego por los cuatro puntos cardinales. Con las prácticas de desarme, la conciencia se desvanecía contradictoriamente. Los choques eléctricos del alma se entremezclaban entre el deber inalámbrico de la insurrección y los pumas en celo de la especie.
Con el arma simbólica en la mano derecha cobijándose a la altura del hueco del ángulo de la cintura y la pierna derecha, y con pierna izquierda metiéndose sin disimulo entre las piernas del supuesto enemigo a desarmar, la vida crecía en cada pulsación secreta. La mano izquierda aprendiendo a palpar de arma, recorría el bajo vientre. Los muslos y la entrepierna se abrían a la impaciencia por dominar el acto sublime de desarmar al otro para armar el sueño. Arrancándose las vendas del deseo se conectaban las secretas pulsaciones y las miradas sedientas se encontraban confundiéndose entre los alientos. Sin querer, en cada reconocimiento del terreno del otro, la bahía, las lomas turgentes, la península o el resto de los accidentes geográficos de ambos sentían el ronronear de los pumas en celo.
Citas, días, noches, y otras yerbas, se sucedían con la intensidad de los sedientos de sed y justicia.. Todo era evidente. Hasta “natural” si se quiere. Por amor y con alegría, se combatía contra el odio y la muerte. La militancia era una condecoración de panes protegidas con la azúcar solidaria. Todo era un trigo desbordado de espigas y polen, hasta que alguna vez, y por razones obvias del compromiso cotidiano, alguien no fue o no estuvo en el lugar preciso. Ellos, que ese día estaban juntos en la misma tarea, esperaron. Aguardaron con la intranquilidad de los pétalos de la clandestinidad perfumándoles la espera. Claro que no esperaron nada más que los cinco minutos de rigor. En ese tiempo, las sirenas le cosían dudas al miedo.
Sin saber como, se fueron en silencio por el sur de la brújula sin norte de la incertidumbre. Caminaron en zigzag como mimetizándose. Siempre a contramano y por la acera donde se estacionan los autos, llegaron a una plaza cualquiera. Las sirenas seguían cosiendo el aire. Los pájaros de la plaza estaban tranquilos. Las palomas buscaban maíz entre el polvo del ladrillo. Todo era tranquilidad cerca del monumento a San Martín. En el centro de la plaza el rumor del viento daba un concierto místico, y entre fusas y corcheas, ellos, se miraron y midiéndose los temblores, se sentaron a despellejar los miedos y las horas.
Cerca de los juegos un par de niños jugaban a ser niños. La inocencia no se daba cuenta de nada, porque simplemente no tenían nada de que darse cuenta. Sólo reían ajenos a todo. Alimentaban la alegría remendando el temor de él y ella. Entre corridas, carcajadas, y muecas casi mágicas de los duendes y coquenas de la plaza, a ella y a él, se les fue bajando la adrenalina casi sin que se dieran cuenta.
No se sabe sí por la tranquilidad, por la tensión nerviosa o por lo que produce en cada ser humano el terror al contacto con la muerte, las mariposas de la libido dejaron atrás los desafíos cómplices y los desconfío mutuos y revoloteando el jazmín de la siesta se mostraron. Ronda tras ronda las uñas sin tiempo del puma en celo fue arando surcos de crepúsculos y amaneceres. La piel joven de ambos sintió el estremecimiento de las caricias en las arrugas. Sin querer fueron cayendo en la luz de la trampa, que apilando genes y las viejas locomotoras del futuro levantaron el arco iris que se debían los pasajeros de las mieles del mañana más humano por el cual luchaban.
Tal vez en esa plaza Sanmartiniana un poco más tranquilo, él, creía que por momentos atrapaba la presa en la telaraña artesanal que fabricaba. A lo mejor, ella, sabiéndose transitoriamente a salvo, lentamente se fue subiendo a la metamorfosis y sin saberlo se asumió como araña. Sin mostrarse, ella, alimentó con la materia prima más brillante que haya creado nunca, la geometría del paisaje que él tejía y destejía pacientemente en torno a ella.
Entre azahares la boca carnosa de ella comenzó a entreabrirse como la única flor del jardín de la república. El aliento a cigarro negro de él cortó hasta los brotes del pino viejo que resistía detrás de ellos. La creciente bajaba ovillando todo lo que encontraba a su paso. Un rechinar de frenos los sacó del encantamiento. Ambos miraron al otro lado de la plaza. Allí estaban los mismos uniformes de siempre tratando de demorar el parto. Con los sentidos transitándoles hasta las huellas digitales, se abrazaron. Y por lo bajo pensaron que de pasarles algo, en ese mismo instante en otras plazas, en otras calles, aulas, fábricas, surcos, villas, campos o esquinas, sin protocolo y de incógnito, el sabor ingobernable de lo nuevo venía pariéndose a pesar de ellos.
Ellos se sabían parteros. Es más, se asumían como parte de la aspiración subjetiva y no sistematizada del hombre nuevo, que planteara el Ché, y por eso, estaban dispuestos al todo o nada. Ambos se dijeron al oído “avompla”, y a pesar de ello, volvieron a sentir miedo. O mejor dicho, el miedo les creció normalmente y se hizo sentir del todo, cuando las madres, después de atrapar a sus hijos dispersos por el arenero de la plaza, comenzaron apretarlos contra su pecho y a correr con los estandartes de los ovarios en alto.
Ahí mismo, las bandadas de pájaros y palomas, comenzaron a rasguñar los pechos de ambos como queriendo regresar a la posición fetal que ostentaban, cuando aún no pensaban, que más tarde o más temprano que nunca, la conjunción entre masas, partido, ejército, guerra popular y prolongada, huelga general e insurrección coronarían la lucha por amor a la especie con una revolución triunfante.
Más apretados se sintieron libres de todo. Tal vez, pensaron que a pesar de todo, antes que la revolución triunfase, ellos, merecerían sin ninguna tregua tomarse por asalto. De una u otra forma, en cualquier baldosa de aquella plaza, mientras las gorras del odio revisaban documentos y baúles, y ellos se medían, el sol derretía las caricias y el beso que faltaba y los bajaba al rojo vivo por enormes canaletas buscando el molde de las bocas donde debían tomar forma. Así, permanecieron y se transcurrieron. Y sin que las caricias, ni los besos tomaran formas, decidieron irse acariciándose clandestinamente esa mezcla rara de presente de entrega por todos y futuro incierto desbordado de alegría.
Así, se fueron sucediendo uno a uno los hechos. Hubo otros encuentros fugaces que incendiaban hasta la fiebre de la libertad. En esa asimetría de la vida, el corazón de ella y el de él, nacían y morían en cada encuentro.
Marchas mezcladas con brindis de cumpleaños; actos relámpagos articulados con fiestas de fin de año; repartos mimetizados con asados; caños tratándose de sentirse pez en el vino alegre de las peñas; traspaso de fierros con bolsos llenos de vendas impregnadas de “Untisal” que olían a esa mezcla rara de cansancio, dolor y resurrección para el tercer tiempo; documentos, trenes, citas no cubiertas, plazas, comedor universitario, todo servía para inaugurarse.
Extrañarse no era una cuestión filosófica, ni ideológica, ni de rutina. Extrañarse era como celebrarse. Será por eso que los encuentros de militancia tomaban forma de corriente eléctrica, o de chispa que encendía espontáneamente los carbones de los motores secretos de las aguas interiores.
De esta manera, casi sin proponérselo siquiera y después de cualquier tarea, y en cualquier instante de cualquier día y de cualquier hora, ella y él, o él y ella, con las glándulas del gusano de seda al acecho, que para ese entonces cada uno trasladaban clandestinos en sus labios de estrellas rojas, segregaron el líquido viscoso que en forma de hilo fino y brillantes vistió de luceros la piel desnuda de ambos.

Fuente: Santiago Díaz www.latribuna69.org

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